REVISTA LUGARES N. 82
Pág. 16-17
Por: Gabriela Pomponio
REVISTA LUGARES
VIEJOS BOLICHES
Son un punto en el mapa que no es ni pueblo ni paraje. Apenas
hoteles de pocas -o ninguna- cama. Casi museos que, abiertos o cerrados,
evocan otros tiempos, o mejor dicho otras distancias.
Cuando unir la costa con la cordillera llevaba días enteros, los hoteles
estaban justamente "a una jornada" uno de otro. Por eso Santa Cruz
tuvo muchos de ellos. La mayoría fue cerrando a medida que mejoraron
autos y caminos. Simplemente dejaron de tener sentido. Pero basta
ingresar en alguno de los que permanecen abiertos y observar esa mezcla
de pulpería, almacén y club social para comprender la importancia
que tuvieron a comienzos de siglo. Todavía se puede jugar a la sortija,
tomar una ginebra o un café y charlar con la familia que atiende el
lugar. Su historia, sin embargo, se rastrea mejor en los libros y
en la memoria de quienes anclaron alguna vez en aquellos refugios
ruteros.
De Anécdotas, Apuestas y Amores
En su libro El vasco de la carretilla, una historia patagónica real,
Patricia Halvorsen evoca la historia de Guillermo Isidoro Larregui,
un vasco que había perdido su trabajo en la Standard Oil, e hizo una
apuesta temeraria en el boliche de Mata Amarilla: llegar en carretilla
a Buenos Aires. Partió en 1935 y llegó al año siguiente. Parece que
fue recibido con grandes pompas y salió en la portada de Critica y
La Nación.
Mata Amarilla -cerca de Tres Lagos- formaba parte de una sociedad
integrada por Bach, Broderson y Jensen que poseían además los boliches
de Punta del Lago y La Leona. A fines de los años '20 se separaron
y cada uno se quedó con una propiedad. La Leona pasó a manos de Bach.
Se cree que el sitio -aún vigente- data de la década del '10. Los
registros de 1917 dicen que pertenecía a un tal Sanandrés, pero seguramente
no fue el primero.
Más al sur, sobre la ruta 5, La Esperanza esconde una historia de
amor mestizo. Fue fundado por el escocés William Ness en 1889 que
se enamoró del lugar y tomó como compañera a una mujer tehuelche con
quien tuvo dos hijas que heredaron su apellido.
La reina del sur
En la década del '20 el boliche de Pablo Farrays tenía fama propia:
"La reina del Pueyrredón". Así llamaban a su esposa los indios del
lago que quedaron pasmados al ver una mujer tan rubia y tan blanca.
Emma Miglio, una italiana de armas tomar, había conocido a su marido
en el barco que la trajo de Montevideo a Buenos Aires. Se enamoraron,
ni bien tocaron tierra se casaron y partieron hacia el sur.
En 1917 levantaron el primer boliche en un cañadón cercano a Comodoro
Rivadavia que hoy lleva su nombre. A los tres años partieron hacia
el lago Pueyrredón. Las cosas marcharon de maravillas y más tarde
compraron la estancia La Peninsula y vendieron el negocio a Gerardo
Mondelo.
Los boliches eran verdaderos centros de noticias entre las historias
que llevaban y traían los viajeros. "Si el bolichero tenía buenas
relaciones con las estancias cercanas, su gente bajaba a festejar
acontecimientos sociales. Pero en general era sitio de peones, mercachifles
y gente de paso", explica Nohra Fueyo, historiadora de San Julián.
Recuerdos de El Cordillerano
"Dos días había que manejar por la ruta 40 desde San Julián hasta
Lago Posadas", recuerda Manuel 'Pocholo' Lada, quien condujo el colectivo
El Cordillerano entre las décadas del '60 y '80. Los hoteles eran
paradas obligadas, además recibían la correspondencia de los lugareños.
"Todos almorzábamos en el Riera y dormíamos en el Bajo Caracoles,
que para entonces podía albergar a 10 o 12 personas", cuenta Pocholo,
que cambió la adrenalina de la carretera por la tranquilidad de su
estancia La Oriental.
Para entonces muchos se habían reconstruido en chapa pero conservaban
la austeridad original y el tipo de comida que, según él, dejaba bastante
que desear. Como aquella vez que en el Olnie les sirvieron yegua por
vaca...
Sobre la ruta 40, Las Horquetas es uno de los más antiguos. Un poco
más al sur, sobre la ruta 25 llegando a San Julián, está el hotel
Bella Vista. Fue construido en 1943 por Marko y María Marinkovic sobre
el antiguo hotel Tres Huellas. Alex, el hijo de estos inmigrantes
croatas ha seguido la tradición familiar y conserva el sitio con orgullo.
Si anda por allí, pare y repare en los detalles. Está por cumplir
60 años y no cambió ni un pelo. |