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USHUAIA EN INVIERNO


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VERSION EN INGLES
PATAGONIA
REVISTA LUGARES N. 80
Pag. 74 - 84
Por: Ana Slimovich
Fotos: Alejandro Peral


REVISTA LUGARES

USHUAIA EN INVIERNO



USHUAIA EN INVIERNOUshuaia, ahora que la conozco, pronuncio su nombre distinto, con "sh", "Ushu-áia", como la Ilamaban los yámanas hace miles de años, esos indios que podían decir "bahía que penetra hacia el oeste" con una sola palabra: Ushuaia. Hoy en día quedan dos, Ursula y Cristina Calderón.

Los yámanas andaban desnudos y en mi cabeza no logro unir este dato con este frío, así que me veo obligada a abandonar mi forma de razonamiento habitual, que se vuelve inútil en este confín, ya casi fuera del mundo. Hace siete años que en Ushuaia no nevaba tanto. No hacemos más que Ilegar y el viento empieza a soplar con fuerza. Tormenta de nieve para el fin de semana, anuncia el pronóstico. Y no sé si ponerme triste o contenta.

USHUAIA EN INVIERNONos subimos al auto para que Luis nos conduzca a Cumbres del Martial. ¿Tormenta de nieve, cómo será? El desconcierto es total: aterrizar en el último aeropuerto del mundo, tormenta de nieve, el canal Beagle color metálico, las casitas fueguinas, las curvas ascendentes y el blanco que no se termina ni en la entrada del hotel, ni en ningún lado. Huelo a paraíso.

La habitación tiene la cama más grande que yo haya visto. Afuera hay un cuento viviente. El banco vacío en el deck de madera, los copos cayendo suaves, la baranda cubierta con una capita de nieve y las lengas, incólumes, recibiendo un invierno más.

USHUAIA EN INVIERNOLa llegada a Ushuaia se digiere con lentitud; tal vez hay que dejar pasar la noche para que se asiente. Probando el frío, que asusta más de lo que hiere. Viendo caer la noche temprana, iluminada por ese brillo blanco que lo cubre todo. La Cabaña, el restaurante del Hotel, se hace cargo de nuestro estupor y nos mima: una tabla de ahumados patagónicos, una fondue de queso con vegetales y una mousse de chocolate. Siento paraíso. La nieve revolotea enloquecida en una tormenta muda, pacífica.

A la mañana, oscura todavía a las 9, la capa que cubre la baranda es llamativamente más alta. Desayunar de noche, hasta eso propone Ushuaia. En el trayecto al Parque Nacional vamos viendo amanecer La ciudad se despertó antes, las oficinas públicas abrieron a las 8 v los chicos ya están en la escuela.

USHUAIA EN INVIERNOEl Tren del Fin del Mundo nos espera. La locomotora lanza sus primeros bramidos de vapor y el tren comienza a abrirse camino entre la nieve. La voz de Mariana, nuestra guía en este paseo, se escucha por los parlantes, acompañado las imágenes que se suceden, asombrosas, del otro lado de la ventana.

Este recorrido lo hacían presos y guardias, cien años atrás, también en tren, pero sentados sobre los leños que cortaban en el bosque, recibiendo al viento helado como su única libertad. En 1896 se decidió que los presos poblarían este paraje desolado. Qué mejor cárcel que la de la distancia, el mar helado y las montañas. Fueron ellos los que construyeron la ciudad, sus calles, sus puentes, sus edificios, a cambio de una retribución mínima, enseñanza primaria y una severa disciplina.

En 1910 se habilitó el tren que hoy continúa corriendo a lo largo del río Pipo. Primera parada en la Estación Cascada La Macarena, que ahora no se ve porque está congelada. Sobre la ladera, unos percherones -esos caballos peludos y de patas anchas- escarban la nieve para encontrar comida.

Abajo, cruzando un puente que pasa por alto el río, la réplica de una choza yámana pretende llevarnos más atrás en el tiempo. Pensar que andaban desnudos. No había ropa que resistiera seca, así que no quedaba otra que andar en piel. Siete mil años evolucionando hasta conseguirlo, con el fuego como aliado; lo llevaban hasta en sus canoas, donde pasaban la mayor parte del tiempo. El fuego y la grasa de los lobos marinos, que usaban como alimento y ungüento para el cuerpo, aislante eficaz, hasta que en el siglo XVIII llegaron los barcos europeos y se desató la casa masiva de lobos.

Esta circunstancia y las enfermedades que trajeron sus tripulantes fueron las mayores causas de la desaparición aborigen. Continúa el paseo, nos metemos en un bosque de lengas grisáceas con algunos brotes aislados de verde: son los farolitos chinos, que viven a costa de la savia del árbol. En la Estación del Parque Nacional el tren pega la vuelta y el paisaje se ve a la inversa, como para fijar la belleza en el inconsciente.

USHUAIA EN INVIERNOSon las tres y media de la tarde cuando Hernán Ferrari nos pasa a buscar con una 4x4 de la organización Canal. El sol rasante, que se deja ver de tanto en tanto, tiende a desaparecer detrás de la cordillera. Lo perseguimos por el camino que va hacia los Altos del Valle, pero nada, se va, inmutable. Cuando llegamos a destino es casi de noche, la luz está encendida en la cabaña del Gato Curuchet.

Apenas entramos, Carmen llama a su marido: ¡Gaaatoo! "¡Ya voy, estoy en el baaañoooo! ! ! ". No puedo evitar reírme cuando lo veo salir, con una luz de minero en la cabeza, camisa a cuadros, jardinero azul y las herramientas de plomero en una mano. ¡Es la personificación de Mario Bross! Y me río más. A los ocho años el Gato hizo un dibujo: una casita, un arbolito, el sol y unas montañas. Ahí se dejó ver su destino. ¿Había dibujado un perro? "No me acuerdo, pero el destino igual quiso que ahora esté rodeado de 55 huskies, siberianos y alaskanos, que cada tanto se ponen a ladrar todos a la vez". "Se comunican", dice Marcelo, uno de los chicos que trabaja junto al Gato, entrenando los perros.

Con tanta naturalidad lo cuenta que es evidente que los entiende. Mientras el Gato prepara los trineos y Ale lo acompaña con cámara en mano, nos quedamos con Carmen sentadas junto a la cocina a leña, tomando unos mates para aliviar el frío interno. Carmen trabaja en una línea aérea y vendiendo pasajes conoció a su esposo. Ahora vive de travesía en travesía con un Gato y muchos perros. Hace dos años estuvieron en Alaska, de donde el hombre se trajo el título de deportista del año en el torneo John Beargrease, un cartero que repartía la correspondencia recorriendo 700 km. en trineo. Curuchet es el primer musher sudamericano que gana un premio; nadie podía creer el ingenio para resolver los problemas de la carrera sin los medios adecuados, característica forzosamente argentina.

Carmen también utiliza su inventiva y sus manos para fabricar arneses y polainas, porque los nuevos quedaron atrás con el dólar. Los trineos hace rato que son "made in casa". ¿Y para qué usan los arneses? -pregunto-. Para escalar en verano y hacer ski-shoring -me contesta-. ¿Ski qué? No me termina de explicar que ya lo quiero probar. Me calzo las botas de esquí de fondo, todo el abrigo que puedo, el arnés, los esquíes y me enganchan con una soga a Karut, uno de los perros. ¡Flexioná las rodillas!, escucho que me gritan todos cuando Karut se lanza a correr a toda velocidad.

Primera caída. Karut espera algo impaciente y enseguida me tironea para seguir la senda que atraviesa el bosque. No puedo creer lo que estoy haciendo; me caigo de tanta felicidad y nervios. A esa altura Karut me mira sin paciencia y yo le quiero explicar, pero no sé cómo hacerlo. Para cuando volvemos a la cabaña casi nos vamos entendiendo. Cinco ingleses y un peruano, que habían hecho un paseo con el Gato de día, esperan para hacer la excursión del Fuego Blanco.

USHUAIA EN INVIERNOFaltábamos Karut y yo. Ahora son 32 perros y cuatro trineos. La preparación de la salida es un ritual, los perros ladran excitados, el Gato, Marcelo y el Garza (otro de sus ayudantes), les hablan en código, amagan con los trineos animándolos y, de repente, perros y mushers juntos, arrancan. Nos deslizamos silenciosamente por entre miles de lengas hasta un claro que alguna vez fue ocupado por un glaciar y ahora es un turbal: terreno de musgos que colman las aguas hasta absorberlas por completo.

Pura blancura, las montañas brillantes más lejos, una estela boreal sobre nuestras cabezas. Es el paraíso. Paramos para encender un fogón y tomar un "chocolate montañés", o sea chocolate caliente con un toque de cognac. Los ingleses sacan fotos con su cámara digital. Se les nota, como a mí, que no pueden creer lo que es este lugar. El Gato desaparece; lo encuentro mirando las estrellas como si fuera por primera vez. En la cabaña nos espera un guiso de cordero calentito y bien calórico. Comemos contentos.

Tormenta de nieve. El mundo despierta completamente blanco. Sólo nosotros circulamos por la ciudad. Claro, es sábado y nadie tiene que ir a ningún lado. Salvo nosotros, que nos vamos al Cerro Castor a esquiar. Lo bueno de las nevadas es que no mojan, ni molestan, más bien embellecen y dan sentido a los inviernos. El frío sin nieve es mucho más aburrido.

Gastón Begué nos recibe en el complejo. Convida con café y nos cuenta todas las novedades del centro de esquí que, junto a su padre, está llevando adelante desde el '98. Ya terminaron de construir el nuevo edificio de 300 m2 donde funciona la guardería y al que se va a mudar la escuela de esquí. Llegamos justo para la fecha en que se inaugura el Snow Park con saltos y rails. Después de dos años de investigar la montaña decidieron que el mejor lugar para hacerlo era entre el snow-bar La Barra y la cota de 870 metros. ¡Pero basta de hablar!

¡Vamos a esquiar! -propone Gastón-, y nos abastece de un equipo completo y nuevísimo para salir a recorrer las pistas repletas de una nieve noble, sobre la que nos deslizamos como si hasta ella lo disfrutara. El tiempo corre más rápido que nuestros esquíes, así que los abandonamos y nos prometemos volver sí o sí, única manera de dejar el cerro sin que duela tanto.

Cuando el clima es el dueño de un lugar, ningún sentido tiene ir en contra de sus deseos. Sobre todo si se está en un hotel como Las Hayas, con esos ventanales que parecen los marcos de un cuadro. La nieve cayendo del cielo tiene el mismo efecto hipnótico del fuego, lo único que se puede hacer en su presencia es mirarla caer. Un pasillo transparente atraviesa la montaña; al cruzarlo se llega a la pileta, al jacuzzi, al sauna y al gimnasio, que quedará para otro momento, prefiero el agua caliente con vista a Ushuaia.

Me acerco a la pileta que presiento deliciosa, pero al tocar el agua con el pie me resulta helada. ¡No puede ser me digo, es Las Hayas! Y justo antes de desilusionarme se me acerca la encargada del área para avisarme que la temperatura del agua es de 28 grados. No me reconforta la explicación, me voy al jacuzzi que tiene 32. Más tarde compruebo que el secreto es alternar entre una y otro.

Kaupé completa el hedonismo del día. Ernesto prepara maravillas en la cocina y Tesi las trae a la mesa. Un ceviche de vieyras fresquísimo, centolla y merluza negra con salvia y limón. En el wine bar inaugurado en noviembre del año pasado, cuando Kaupé cumplió diez años, una pareja de habitúes -que hasta tiene sus nombres grabados en copas- paladea un vino antes de comer. En la mesa contigua, otra pareja va por el tercero de los seis pasos que componen el sample seafood. Un ritual que combina platos y vinos. Todos somos cómplices del placer que provoca comer tan bien.

Tierra Mayor casi no se ve desde el camino, la tapó la nieve. Como a todas las casas y a todos los autos. Gustavo Giró hijo nos da la bienvenida con un chocolate caliente. El tamaño de la taza me deja leer sin apuro los recortes de diario colgados en la pared que cuentan sobre Gustavo Giró padre, fundador del centro invernal en el '76.

USHUAIA EN INVIERNOCinco minutos más tarde estamos afuera, caminando con raquetas sobre un colchón de un metro de nieve blanda. Nos enterramos hasta la cintura con cada paso, y eso que tenemos raquetas. Gustavo se para en la punta saliente de un cerro y pega el primer salto. La nieve se vuelve un juguete, y saltamos como niños, sin cansarnos, sin parar.

De regreso vamos a conocer Nunatak, el refugio de montaña que también forma parte de la propiedad familiar. Otra vez tengo un cuento viviente delante de mis ojos: el puentecito de madera con tintes de nieve, las estalactitas de hielo colgando del techo, la chimenea encendida. Dan ganas de quedarse pero hay que volar para llegar al catamarán, que zarpa a las 3 en punto. Saludamos y nos vamos a conocer el Beagle desde adentro.

La ciudad se hace chiquita y aparecen islas repletas de lobos marinos, de palomas antárticas y cormoranes. Una nueva voz va narrando las imágenes y aportando datos que ayudan a descifrar esta geografía austral. El faro del fin del mundo resulta que no lo es -el que vemos se llama Les Eclaireurs- porque el verdadero está en la Isla de los Estados. El contoneo del barco nos deja un poco mareados. Con esta sensación de inestabilidad vamos a cenar a Volver, restaurante casi museo que funciona en una casa que tiene más de cien años y se salvó de ser demolida. En las paredes se exhiben objetos llenos de historia y del gramófono sale la voz de Gardel.

Esta vez a Hernán de Canal lo vemos tempranito, a las 9 y media de la mañana, con su Land Rover preparada para recorrer los lagos off road. Tito, también de Canal, se sienta atrás con nosotros. "Exprimílo, que sabe de todo", recomienda Hernán hablando de su amigo. Hace tres años que T`ito cambió el subte porteño por las 4x4, estudia turismo en la universidad y pone en práctica sus conocimientos todos los días, un lujo bien elegido. Tito dice que la mejor vista de Ushuaia es la que se tiene desde Playa Larga, pasando el barrio de las 645 viviendas -en esta ciudad de 50 mil habitantes los barrios se llaman por la cantidad de viviendas que tienen-. En verano, en los tres días de calor -entre 18 y 20 grados- que hay al año, la gente se va a bañar a esa bahía. La temperatura del agua nunca supera los 8 grados.

Llegamos al paso de Garibaldi y desde aquí el lago Escondido se deja ver en toda su extensión. Un anillo verde de coihues lo rodea. Ushuaia tiene otra cara de este lado de la cordillera, donde no nieva tanto. Por una huella cercada por bosque alcanzamos la costa del lago Fagnano. Tito nos enseña la regla básica para distinguir árboles en Tierra del Fuego: "Si tiene hojas es coihue, si no tiene hojas es lenga". Suerte que no le tocó ser guía de selva. Los árboles que se talaron para que pase el camino siguen allí caídos, congelados.

En verano el verdor de los árboles vivos contrasta con el gris de los muertos. En algunas zonas no fue la mano del hombre sino los castores los que tiraron abajo una buena porción de bosque. En 1947 se introdujeron 25 parejas de tales mamíferos roedores para desarrollar la industria peletera; hoy la comunidad castora tiene 250 mil miembros. Al no tener depredador natural, estos verdaderos ingenieros de la naturaleza dedicados a construir diques en los ríos, se reprodujeron hasta volverse plaga. Recursos Naturales paga $5 la cola de castor y u$s 7 la piel entera.

Una vez en el refugio, a orillas del Fagnano, Hernán y Tito preparan todo para el almuerzo y nosotros nos vamos a caminar al lado del agua, hasta una laguna congelada. Volvemos justo para disfrutar de una buena picada y un portentoso bife a la parrilla. Además de dominar el volante, estos chicos tienen buena muñeca en la cocina.

El sol brilla radiante en nuestro último día la nieve comienza a disolverse y las calles se vuelven peligrosamente resbaladizas. El Presidio de Ushuaia ayuda a enriquecer el concepto que me voy armando sobre la isla, en cambio el Museo Yámana me va a dejar pensando de por vida. Agradecemos al clima por permitirnos conocer una Ushuaia con cielo despejado y desde arriba, a 800 metros de altura, desde la avioneta del Aeroclub.

Sobrevolamos la ciudad a modo de despedida; los centros invernales parecen miniaturas en el valle, en contraste con la imponente cumbre del Monte Olivia. Aterrizamos para volver a despegar enseguida, esta vez hasta alcanzar los 10 mil metros y volver hacia el norte, a casa, desde el lugar en el que el mundo parece atesorar su última guarida.





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