Revista LUGARES Nro. 39
Pag. 68 - 75
Por: Soledad Gil
Fotos: Federico Quintana
REVISTA LUGARES
LA TIERRA DEL VIENTO
La siguiente parada, un clásico ineludible, fue Esquel y el Parque Nacional Los Alerces, abordados en nota aparte. Miramos el mapa. Nada por aquí, nada por allá. Nos intrigaban esas dos manchas celestes en el medio de la provincia. Los lagos Musters y Colhué Huapi, y el bosque petrificado entre ambos.
La ruta hasta allí, la 20, es asfaltada. No buscamos más excusas y allá fuimos.
En el camino se nos empezaron a encarnar en la mirada los pastos amarillos amos y señores de la Patagonia, los coirones. Comenzaron a estar por todos lados y ya no nos dejaron. A pocos kilómetros de Gobernador Costa, el pueblo en el que hicimos base, está el puesto de Nueva Lubecka. Fue una estancia importante y conserva su estafeta de correo hecha de piedra, con un buzón rojo original, olvidado hace décadas, salvado de la fiebre de pintar de azul los buzones que toda la vida fueron colorados. Además del encanto de un lugar que está como siempre fue, sin privatizar, el puesto impresiona por su tamaño, en ese paraje remoto que estaba comunicado mucho antes del e-mail y la Internet.
Antes de llegar a Sarmiento, divisamos el lago Musters, con sus veleidades de océano en medio de la meseta. Es inmenso, azul marino, y la fuente principal de agua potable de la ciudad de Comodoro Rivadavia. El otro, el Colhué Huapi es más inaccesible, y parece estar en proceso de secarse puesto que, como reseñara el Perito Moreno en su Viaje a la Patagonia Austral se trata de "una gran laguna, pero sumamente baja, con aguas sucias, arcillosas, de color blanquizco terroso".
El Musters, en cambio, es -en palabras de Moreno- un "lago interesante que no ha sido bautizado por quien lo ha visitado (...) y le he dado en mi mapa la denominación de lago Musters, en honor del distinguido viajero que cruzó la Patagonia de extremo a extremo y que bien merece este recuerdo. En su homenaje espero que los que por primera vez lo vieron, adopten y conserven el nombre que me he permitido aplicarle".
Sarmiento es un pueblo impecable de ocho mil habitantes, fundado en 1897. Se cuenta entre las áreas de regadío más australes del mundo. Su clima restringe un poco la variedad de cultivos, pero el suelo es bueno, y por eso ocupa el segundo lugar en la producción agrícola de Chubut.
Visitamos la Granja San José de Carmen Ojeda de Rioja y José Rioja, oriundos de Comodoro, pero felices con sus tomates, pimientos, y celestiales frambuesas que tuvimos el honor de cosechar y degustar in situ.
Luego hicimos lo propio con un sabroso queso tipo gouda de la Chacra Abuela Mercedes.
Además del bosque, en los alrededores de Sarmiento, hay manos pintadas (a 45 km. al oeste de la ciudad y a 1 km al sur de la ruta 26 sobre el lecho del Río Seco) y las cuevas de Sarasola, socavones extraordinarios de origen volcánico que pueden visitarse con el permiso de los propietarios de la estancia Los Manantiales, a 35 km al oeste de la ciudad, también por la 26.
Por la misma ruta, a 38 km al sur de Sarmiento se encuentra el Bosque Petrificado José Ormachea, de unos 65 millones de años de antigüedad.
La explicación nos la dio Juan José Valera, guardaparques del bosque. "Hace 95 millones de años, cuando en el cretácico superior la Patagonia estaba habitada por grandes dinosaurios y cubierta por vegetación, aún no se había elevado la Cordillera de los Andes y los vientos húmedos del Pacífico afectaban a toda la región", nos dijo.
Unos 30 millones de años después, en el terciario inferior, un descenso en la región permitió el ingreso del mar, y aportó gran cantidad de especies marinas. Al retirarse el mar, las comunidades de árboles quedaron sepultadas en pantanos y lagunas. Luego, grandes nubes de cenizas volcánicas cubrieron la región, creando un ambiente propicio para su petrificación, que consiste en la sustitución del tejido vegetal por microscópicas partículas de sílice. Algunos árboles llegaron a sobrepasar los 100 metros de altura.
Una cosa es el bosque desde lejos y otra es caminar por sobre sus astillas. Aún sabiendo que de eso se trataba, no logramos evitar la sorpresa del ruido a piedra que producen los restos de madera. Se trata de una música insólita en un paisaje lunar, en donde vetas de rojo destacan los dominantes ocres.
Caminamos organizando nuestras sinfonías particulares, hasta que llegamos al tronco hueco. Allí intentó convencerme Omar, el hijo de Juan José, de que entrando por un extremo podía salir por el otro, en sencilla ceremonia que algunos llaman "el segundo nacimiento". Lo intenté pero no me animé a hacer fuerza. No porque lo que no quebraron 65 millones de años fuera a romperlo yo con mi cadera, sino todo lo contrario: más temía quedarme atascada y convertirme en otro fósil del bosque. De modo que me conformé con asomarme y saludar para la foto.
Volvimos a Gobernador Costa para ir al día siguiente a Río Pico, sobre la ruta 19. Es un pueblo de madera que chirría, donde el viento hace remolinos y la gente saluda gentilmente. Allí estuvo más de un mes el director Alejandro Agresti y el elenco de su película El viento se llevó lo qué. Eligieron como escenario el mejor lugar. Un bar de madera que rebautizaron La Madrileña, y al cual sucumbimos sin saber de su abolengo cinematográfico.
Río Pico está al sur del lago Vintter y muy cerca de un complejo de lagos que llevan nombres numerados del uno al cinco. Es paraíso de pescadores: en la desembocadura del río Vintter hay salmón encerrado o salmón del Pacífico con ejemplares de hasta 16 kilos. En los lagos hay truchas Arco Iris y Marrón, con devolución obligatoria. Para hacer base, dos buenas opciones son el camping Arco Iris sobre el lago 3 y las cabañas La Bahía del lago 1.

Seguimos hacia Río Mayo, capital nacional de la esquila, fiesta que se realiza la segunda semana de enero, no sin antes tener la peregrina idea de desviamos para dar un vistazo en el lago Fontana y el lago Plata, también conocidos por la pesca de salmónidos. En Alto Río Senguer, el viento huracanado casi nos hizo desistir de la idea. Hablando por teléfono en una cabina pública sin vidrios, las ráfagas eran tan fuertes que tuve que ponerme de espaldas para poder articular vocablo.
Río Mayo está estratégicamente ubicado entre los pasos a Chile de Coyhaique por Aldea Baleiro y por Balmaceda. Cuenta con un parque eólico constituido por cuatro turbinas que girando, girando, dan noble dimensión de la velocidad del viento a estas latitudes.
En Río Mayo hay que despedirse del asfalto y entregarse por entero a la ruta 40, el espinazo oeste de nuestro país. La ruta que viene desde el norte y acumula a esas alturas mucho más de dos mil kilómetros, podría por ahí desdibujarse y morir en algún lago. Pero no. Al entrar en Santa Cruz, la 40 es médula, cerebro y corazón. En más de un infinito tramo es el único camino. De él parten y en él mueren decenas de rutas provinciales sin las cuales, esa geografía estaría todavía más aislada.
Para los pocos presentes, la 40 es mucho más que una línea pespunteada que se niega al pavimento. En detrimento del supuesto progreso, por estos pagos todos son defensores del ripio. La 40 no sería tal con asfalto. Hay que amarla así, ancha y polvorienta.
|