Revista LUGARES Nro. 95
Pag. 108 al 116
Por: Gabriela Pomponio
REVISTA LUGARES
TIERRA DEL FUEGO
Ushuaia y sus alrededores proponen mucho más que una mera estadía contemplativa de las postrimerías del mundo: estancias, actividades en Kayaks, 4x4, canoas y navegaciones.
La ciudad nació mirando el mar, al borde del canal Beagle.
Fue tierra de onas, yámanas y alakalufes. Después vinieron los navegantes europeos, los pastores anglicanos y los primeros criollos. Buscadores de oro, estancieros, cazafortunas y presidiarios. Ushuaia es un destino para empezar de nuevo, una ciudad de almas tenaces.
Apenas llegamos cumplimos con el rito de caminar la costa hasta el puerto, donde esperan barcos enormes de todas las banderas. Más tarde, nos perdemos en la callecitas del centro y descubrimos algunas casas de la primera hora, en chapa acanalada y colores vibrantes. También están las casas trineo, pensadas para mudarlas enteras de un pueblo a otro. La tarde nos encuentra en bahía Encerrada, donde se fundó la primera misión anglicana a mediados del siglo XIX y hoy es un barrio militar. El esfuerzo vale la pena, allí se obtienen las mejores vistas de Ushuaia desde el mar.
En el otro extremo de la ciudad está el antiguo presidio convertido en museo. Visitamos las celdas que conservan la estructura original, y fueron recreadas para dar una idea de la vida entre rejas. Sus paredes guardan escalofriantes historias, la más famosa es la del Petiso Orejudo. También, hay anécdotas sobre detenidos políticos, aquellos que -como Ricardo Rojas- prefirieron el aislamiento austral al destierro. El resto de los pabellones alberga el museo Marítimo y el Antártico. Una vez más nos alojamos en Las Hayas. El hotel está ubicado en las afueras de la ciudad, a los pies del Glaciar Martial. Los cuartos, de dimensiones generosas, cuentan con todas las comodidades de un cinco estrellas de ley. Un túnel de vidrio conduce hasta el spa provisto de yacuzzi y piscina climatizada. El gimnasio fue diseñado con especial cuidado y está prácticamente sumergido en el bosque.
Dónde empezó la historia
Amanecemos temprano. Esteban Abregú, de Canal, nos pasa a buscar y partimos hacia la estancia Harberton. Primero hay que tomar la ruta 3 y luego desviarse por la ruta J. Nos detenemos en bahía Brown, sólo para mirar el mar y después cruzamos el río Lasifashaj.
Harberton es la estancia más antigua de toda la isla. Fue construida en 1886 por Thomas Bridges, un pastor anglicano que llegó desde las Malvinas para evangelizar a los indios. Está emplazada sobre el canal Beagle y el casco se mantiene casi idéntico al original: todo de madera revestido de chapa corrugada. Tenemos poco tiempo y hacemos una recorrida por el galpón de esquila y la carpintería. Si viene por su cuenta, puede tomar una visita guiada y conocer también el museo de la estancia, que tiene una colección de cetáceos y aves.
En el embarcadero nos esperan para navegar hacia la isla Martillo, allí los pingüinos de Magallanes se cuentan por miles y es una de las colonias más numerosas de la zona. Es nuestro día de suerte, porque también están los pingüinos de vincha, que son unos pocos pero hoy se muestran para nosotros.
El próximo destino es la isla Cable. En sus buenos tiempos, era el sitio elegido para que las ovejas de Harberton pasaran el invierno. A unos pasos, está la vieja casa de los pastores convertida en un simpático refugio; allí los chicos de Canal reciben a los visitantes. Como es temprano nos preparan una deliciosa picada y partimos a recorrer los alrededores. Somos los únicos en toda la isla y la idea es atravesarla de costa a costa.
Cruzamos un arroyo haciendo equilibrio sobre el dique construido por castores. Después, el camino nos lleva por un sendero de mata negra, renovales de lenga y calafates recién florecidos. Llegamos a un claro para observar la caprichosa línea de la costa salpicada de bahías. Regresamos por la playa. El agua del canal es tan mansa que a veces parece un lago; la probamos para sentir el sabor picante y salado que da fe de su origen marino. Al final del recorrido nos convidan unos riquísimos pescados a las brasas. Por la tarde, Beto Méndez, nuestro guía de kayaks nos conduce por una ruta de islotes hasta tierra firme. Desde allí partimos en la camioneta para encontrar los árboles bandera; el viento los "estiró" hasta lo increíble y ahora parecen dibujados sobre el cielo. Seguimos hacia la estancia Moat y encontramos la última luz de la tarde en una barranca frente a la isla Picton. Desde el camino, rodeada de guindos altísimos, se adivina una pequeña playa junto al mar. Juramos volver.
Cerro del Medio
Hoy planeamos un día a puro trekking. Daniel Catania y Marcelo Arias de La Compañía de Guías de la Patagonia, son nuestros lazarillos en medio de la montaña. Nos espera una larga caminata por el Cerro del Medio, que está justo detrás de Ushuaia. Nuestros compañeros de jornada son un grupo de franceses que andan por el mundo buscando una excusa para trepar en las alturas.
Partimos por un antiguo sendero de hacheros, el mismo que a principios del siglo pasado abrieron los presidarios en busca de leña. El primer tramo transcurre por un bosque cerrado, pero al final de la ascensión el paisaje se transforma. La cima es áspera y desierta, cubierta de piedras bien oscuras, donde sólo crecen unos líquenes azulados. A pesar del viento, nos damos el gusto de la victoria y nos quedamos allí arriba, haciendo equilibrio para no volarnos, con una vista única de la bahía de Ushuaia.
Parece que vamos bien porque Daniel y Marcelo deciden bajar por la ruta difícil. Ahí nomás enfilamos hacia un pedrero que está sobre la ladera del cerro. Descendemos como esquiando sobre las piedras sueltas y durante los 300 metros de "caída libre" intentamos no sucumbir al pánico y "disfrutar" de la bajada. Después, un merecido picnic. La travesía finaliza en un turbal, una formación típica fueguina, que los primeros deshielos convierten en una senda encharcada y pantanosa. Llegamos embadurnadas pero felices.
Caminos de adrenalina
Por la mañana nos mudamos a Los Fuegos donde nos espera Verónica Sisti, dueña y anfitriona. La hostería abrió sus puertas hace poco y está rodeada de un bosquecito de lengas que lleva hasta el río Olivia. Los cuartos huelen a madera y combinan la dosis exacta de modernidad y calidez. En el altillo está el living con la sala de juegos, y en todas partes abundan los tulipanes, que delatan la mano de Aad, el marido holandés. Después del desayuno, los chicos de Canal nos esperan con su Land Rover listo para una nueva aventura. La idea es llegar hasta el lago Fagnano por una ruta no tradicional.
Muy cerca del aserradero Bronzovich, hay una antigua picada que los lugareños usaban para sacar ganado cimarrón del bosque. Es una senda imposible para cualquier vehículo, pero Tito Baserga es un conductor de lujo y allí comienza la acción. Avanzamos "mordiendo" la costa del Fagnano. Por momentos, el sendero desaparece, y entonces la 4x4 continúa sumergida en el agua que amenaza con desbordar las ventanillas. Pero lo más emocionante llega cuando el camino se convierte en un chocolate espeso y resbaladizo con profundos huellones, entonces avanzamos inclinados, casi rozando el piso. No se trata de una metáfora, ni siquiera de una aproximación a la realidad: el escorímetro indica una inclinación de 30°-. Tito ni se mosquea y nosotros nos sentimos como el rubio del Camel Trophy. Al final, llegamos al refugio que está en la orilla del lago. Mientras preparan el asado, despuntamos el vicio de las caminatas. Algunos siguen el sendero que lleva hasta la laguna Pugliese; nosotras tomamos el camino opuesto, allí donde la costa está flanqueada por acantilados marrón azafrán y la playa se cubre de troncos con formas extrañas.
Por la tarde, la antigua ruta 3 nos lleva hasta el lago Escondido y hacemos una parada en la hostería Petrel. Después regresamos, bordeando el valle de Tierra Mayor, un turbal inmenso y rojizo, verdadera antesala de la ciudad.
El Parque y el Canal
Son nuestros últimos días en Ushuaia y decidimos pasarlos en Patagonia Jarké. Las hermanas María Teresa y María Cristina Escudero abrieron la hostería el verano anterior y la atienden personalmente para que uno se sienta casi como en casa. El sitio tiene la virtud de la cercanía pero conserva la intimidad que le da su ubicación en un alto. Los cuartos están equipados con todo lo necesario para una estadía agradable.
Hoy tenemos la última cita con los chicos de Canal y partimos hacia el Parque Nacional de Tierra del Fuego. Cruzamos el río Pipo y encontramos la estación del Tren del Fin del Mundo, unos kilómetros más y llegamos a la entrada del parque. Nos detenemos en bahía Ensenada frente a la isla Redonda, para seguir el sendero de la costa que nos conduce bordeando el mar hasta Bahía Lapataia. Son tres horas de caminata por el bosque y es una de las alternativas menos transitadas por los turistas, ideal para ver cauquenes, albatros y pájaros carpinteros. La costa está salpicada de unas piedras verdes que al sol adquieren reflejos dorados, es la andesita, la misma que los lugareños llama "el oro de los tontos". En el lago Roca nos espera el almuerzo. Un zorro colorado llega sin invitación, seducido por el aroma de la carne asada; está prohibido alimentarlo y todos nos quedamos con la intención a medio camino. Después, subimos a las canoas y remamos por los ríos Lapataia y Ovando hasta el mar, justo donde muere la ruta 3.
A la mañana siguiente nos despedimos de la ciudad navegando en el Patagonia Explorer, un pequeño yate que recorre el suroeste del canal Beagle. Primero rodeamos el Faro Les Eclaireurs que indica la entrada a la bahía de Ushuaia v luego avistamos la isla de los Lobos. Es casi mediodía y los machos -que son todos lobos marinos de un pelo- descansan al sol rodeados de un harem de hembras. En la isla de los Pájaros hay cientos de nidos deshabitados; nadie sabe por qué los cormoranes la abandonaron hace tres años. Parece que estas aves prefieren la isla Despart, donde nos resulta fácil distinguir al cormorán real, una variedad que lleva su penacho bien alto en tiempos de apareamiento. En la isla Bridges desembarcamos para una caminata breve. En verano, cuando los senecios florecen, el sitio se tiñe de amarillo y el aire tiene un perfume encantador. Todavía no es tiempo, pero nosotras quedamos fascinadas con la llareta, una planta que parece un puf gigante y crece en toda la isla. La costa está sembrada de unos caracoles diminutos, son tan delicados que resulta difícil imaginarlos carnívoros y capaces de perforar la cubierta de los mejillones y almejas para alimentarse.
Las estancias
A la tarde temprano partimos hacia el norte, rumbo a la estancia Rivadavia. La ruta 3 nos lleva hasta Tolhuin donde todo el mundo hace un alto en La Unión, para comprar pan recién horneado, tomar un café y disfrutar de la charla amable de Emilio Saez, el dueño panadero.
Después, por la ruta complementaria H, encontramos el casco de la estancia, una antigua construcción estilo malvinense en chapa y madera. Myrna Antunovic heredó las tierras y remodeló los interiores de la casa con especial talento. Rivadavia comparte una geografía de bosque y estepa, y además tiene costa sobre los dos grandes lagos de la región: el Chepelmut y el Yehuin.
'Myrna nos espera con Martín Vegino, que conoce los caminos de la estancia como ninguno. Tíenen los cuatriciclos listos para partir y allí vamos a recorrer el campo. Enfilamos por un bosque de ñires retorcidos y nos cruzamos con unos cuantos guanacos que crecen salvajes en los alrededores. Bajamos hacia el Chelpemut que parece un mar con las aguas encrespadas por el viento y bordeamos la costa. Retomamos el camino a campo abierto y llegamos a nuestro destino: el santuario de la truchas, justo donde el río Mimica desemboca en el Yehuin. Cada año, cientos de estos peces llegan a desovar en sus aguas. El sitio es ideal para merendar al atardecer, con el fuego encendido y una vista excepcional del lago que aparece rodeado de acantilados.
La estancia es un destino para andar en grande, se pueden visitar las castoreras, escalar los cerros vecinos y andar por el bosque casi virgen donde no pasa ni un alma. Muy cerca está la estancia Ushuaia. Ubicada en un valle rodeado por las sierras de las Pinturas, cuenta además con un sector de bosque donde abundan los ñires y las lengas.
Sigfrido Otto Federico Wolfsteller -Piti para los amigos- nos recibe con un hiperactivo plan de actividades. La idea es participar de cerca de los trabajos de campo. En los corrales nos quedamos largo rato admiradas con la tarea de los gauchos que enlazan con su habitual pericia, uno a uno, los terneros. Más tarde nos sumamos a un arreo de ovejas.
La estancia está preparada también para las travesías en bici, los paseos a caballo y salidas en cuatriciclo, son cinco mil hectáreas de campo patagónico para disfrutar.
Regresamos a Ushuaia al anochecer, justo a tiempo para tomar el último vuelo que parte a Buenos Aires. Mientras el avión gana altura, y por pura costumbre, nos quedamos espiando la ciudad que desaparece bajo de las nubes. Al rato, vemos la luna ensombrecida, sólo le queda una pequeña tirita iluminada. Es un eclipse, y nos parece el mejor de los finales para nuestro viaje, aquí en el último confín.
|