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Le avisamos que durante la alta temporada (de octubre a fines de marzo) las reservas deben realizarse con una antelación mínima de 30 días.


VERSION EN INGLES
ARGENTINA
Revista LUGARES Nro. 51
Pag. 60 - 69
Por: Soledad Gil


REVISTA LUGARES

SAN MARTIN DE LOS ANDES



San Martín de los Andes hormiguea. Aprovecha los últimos días de paz antes del trajín del verano. En enero y febrero el calendario viene sin días colorados: no habrá descanso posible entre tanta gente. Mientras tanto, los primeros calores entibian los preparativos de la temporada. Los ríos bajan torrentosos. Buen augurio. Un alivio, luego de la experiencia del último año, cuando la falta de nieve invernal repercutió en un verano caluroso y seco como pocos.

Hay un montón de novedades. En el pueblo y sus magníficos alrededores. El casco, del que quedan pocos rastros, cumplió 100 años el año pasado. De los pioneros, está firme y recuperado de un accidente en la ruta Aldo Peletieri, nieto de don Enrique Gingins. A pesar de que lo suyo fue más que un tropezón, Aldo ya está nuevamente en lo de siempre, listo para emprender cabalgatas de medio día, día completo o varias jornadas. "Mientras estaba internado me llamaba gente de Buenos Aires que había hecho cabalgatas con él para preguntar cómo estaba", nos contó emocionada Corina, su mujer.

En el mismo camino al Lolog, pero hacia la izquierda, está Yolo, que también organiza cabalgatas, navegación por el lago, o paseos combinados. Con él dimos una vuelta de dos horas, subimos por el filo de un cerro hasta que divisamos la punta azul del Lolog y bajamos por un bosquecito de maitenes y otro de cañas colihue.

Nos acompañó otro amigo, Osvaldo Chapitel, alias Chapi, que regresó a San Martín luego de tres años de múltiples vueltas por el mundo con Land Rover: además de dar clases de manejo, planea circuitos para acompañar pasajeros que lleguen con su 4x4 a este gran territorio de curvas y picadas, el mejor lugar para sacarle el jugo.

En la mini cabalgata, Chapi se bajó a buscar una botella de vidrio vacía. No tanto por afán de limpieza -ue nunca viene mal en medio de nuestra Patagonia sin Manliba-sino sobre todo porque, calentada por el calor del sol, es una de tantas fuentes de incendio. Ir siempre con una bolsa y llevar la basura que uno hace, es fundamental en circuitos de cualquier duración.

MANO VERDE.
Hablando de medio ambiente, a orillas del Lago Hermoso conocimos a Eduardo Castro Cisneros, más conocido como Gogo, presidente de la Fundación Península Raulí. La fundación tiene la única colección privada de semillas nativas de la región, con la que abastece un formidable vivero experimental de especies autóctonas de la Patagonia.

Allí crecen mínimos cipreses, diminutas araucarias, más grandecitos los coihues y las lengas, raulíes, radales, notros y un montón de flores y arbustos: amancay, mutisias, retamos, michai. Desde hace siete años, su desvelo mayor es la restauración de ese suelo que parece infinitamente pródigo pero cuyo equilibrio es bastante frágil. "Las especies del bosque de esta región están mucho mejor que el algarrobo y el quebracho en otras zonas del país" nos explicó, "pero un incendio hoy por hoy, puede resultar desastroso. No porque el fuego sea malo, sino porque al tratarse de áreas habitadas por el hombre y sus animales, cuando el bosque vuelve a nacer, pasan las vacas, los chivos, las ovejas y se lo comen".

El acceso a la Península Raulí no es sencillo, pero Gogo lleva a los entusiastas del mundo vegetal, previa entrevista, y con verdaderas ganas de hablar del tema.

LAS MESAS.
En materia gastronómica, qué decirles. En este viaje, sí que actualizamos la información a fuerza de ciervo, jabalí, pastas y otras delicias menos típicas pero igualmente ricas y calóricas. Todo sea por los lectores de LUGARES. Uno de los padecimientos más meritorios fue el té que tomamos en Arrayán. La casa está en el circuito homónimo, ex ruta principal a Bariloche. Hoy se conserva como ruta panorámica a la que hace honores a cada paso.

La historia de esa entrañable cabaña de madera -declarada patrimonio histórico de San Martín- es una mezcla de tragedia y romanticismo: está emplazada en el lugar que conquistó el corazón de Renée Dickinson, joven inglesa que llegó hasta ahí caminando distraídamente desde la villa un día de 1936, cuando visitaba a su hermano Barney, empleado en una estancia de la zona. El promontorio en el que se yergue la casa de té desde 1939 era -y es el último lugar en el que pega el sol al ocultarse tras la cordillera.

La vista conmovió a Renée, como conmueve con puntualidad religiosa a todo aquel que se siente allí por la tarde. Por eso se comprende el vía crucis que ella pasó al regresar a Buenos Aires y remover cielo y tierra hasta obtener autorización de Parques Nacionales para construir allí su morada. Tras largo peregrinaje, lo consiguió con la condición de ofrecer un servicio turístico al público. Arrayán complementa su glorioso té (de formidables tortas y/o ahumados y escabeches) con dos cabañas, una de ellas -Notro- de ubicación inmejorable. Ambas cumplieron su deber mientras la ruta fue extensamente transitada, hasta los '60. Pero Renée prácticamente no vio nada de eso. Cuenta la leyenda que el cacique que ocupaba la zona, ofendido por lo que consideraba indigna usurpación, le ofreció matrimonio como única forma de lavar la afrenta.

Renée declinó amablemente la propuesta y dicen que entonces él echó una horrible maldición sobre el lugar. Lo cierto es que Renée murió de cáncer en 1943, seis meses después de haber conocido finalmente el amor, tras un fallido matrimonio anterior. Arrayán fue heredado por su sobrina Janet, que vive aún en la zona, pero vendió la propiedad recientemente. Administrada por Gloria Ocampo y su hija Agustina Buzzo -que manejan en el pueblo El Radal, noble heredero de El Raulí-, este clásico sanmartiniano ha recuperado después de varias temporadas su antiguo brillo.

En la villa, la versión '96 de La Tasca ha redundado en beneficios. Mantiene el clima que sólo Alejandro Zolezzi y Jorgelina Mir podían darle. Sigue con esas pantagruélicas picadas con las que nació cuando no tenían gas, allá por el '89, pero han agregado platos calientes extraordinarios como el ciervo La Tasca. La carta de vinos es una excursión más. Está escrita en hojitas de papel madera chiquitas, a razón de dos bodegas por hoja, y hay como 15. Así que saque la cuenta. Uno se marea con sólo leerla, pero encuentra vino seguro.

Dos nuevos-nuevos son Pionieri y Avataras. El primero se lleva las palmas en cocina italiana; el otro intenta salir del ciervo y la trucha con celebrados platos de inspiración thai, mexicana o hasta china... Por diferentes, ambos fueron muy bienvenidos.

Para no terminar rodando como nosotras, sobre todo si la estadía es larga, la "onda" son las cabañas en las que cada uno elige su dieta. Aunque está claro que curtir un poco de regionales es un deber para asumir con gusto.

RAFTING. Para quemar calorías y liberar adrenalina el rafting es perfecto. Se hace en el río Hua Hum, de 14 km, que nace en la Argentina en el lago Nonthué y desemboca en Chile en el lago Pirehueico. Nunca había cruzado la frontera en un gomón. Y menos a la velocidad de los rápidos.

Agua por todos lados y en borbotones que horadan las rocas desde tiempos inmemoriales. Julie se quedó en tierra porque con la primavera en su esplendor y el río cargadísimo, no se habría salvado ni una sola de sus cámaras. Yo, al agua. A ver cómo es eso de ir río abajo en balsa. Otro debut en mi sufrida labor para LUGARES.

Primero, a remar a todo vapor hasta llegar a los rápidos. El máximo son diez personas. Esta vez éramos siete. El Hua Hum es un río que, según su caudal, oscila entre las clases II y III (los grados de dificultad van de Ia VI): ideal para inexpertos y novatos. José Luís y Guillermo Carnaghi, los "capos" de Ici con quienes compartimos la aventura, se lo saben de memoria y comparaban cada piedra de fines de la primavera con la imagen que más ven, cuando hacen ese trayecto dos veces por día durante el verano. Aprovechamos para inaugurar la pre-temporada con lo que será la novedad de este año: en lugar de la "toletera" o "frame" y que todos bajen agarrados a una soga, hay palas para que todos remen, señores. Derecha, izquierda, adelante, atrás.

Básicamente, ésas son las instrucciones del capitán. Todo esto y mucho más tardamos remando, remando hasta llegar al primer rápido. Yo lo veía acercarse y no sabía qué esperar de esas aguas oscilantes. Pensaba además que ya estaba muerta antes de empezar. El ruido constante y sobre todo la abundancia de rápidos, además de las explicaciones de cómo poner los pies si te caés al agua, colaboraron a una mayor descarga de adrenalina. Mejor y más divertido.

El primero pasó sin que entendiera mucho de qué iba. Lo que sí sé es que Guillermo iba adelante y lo vi bañarse entero con algo que técnicamente no se llama ola pero parecía exactamente eso. Gritos y un montón de agua dentro de la balsa. Risas y otra "ola". Los que van adelante se ensopan y se divierten más. Atrás, yo me reía de la mojadura ajena, hasta que encaramos un salto de costado y les tocó vengarse a ellos.

Me empapé, pero todos nos "escurrimos" al sol, junto al pozón de aguas termales que todavía no se dejaban sentir porque el río trae en octubre demasiado caudal frío. En verano, en cambio, cuando el calor aprieta, bañarse en el río es una gloria que los guías aprovechan haciendo "volcar" a los que se envalentonan y comentan "en este río no pasa nada"; después los siguen los demás y encima, luego, aguas termales... Los remansos sirven para recuperar el aliento, achicar el agua que entra en cada salto y encontrar algún recoveco donde volver a descansar y comentar los últimos rápidos. "A la playita, a la playita", gritaba el capitán y todos remábamos para evitar que la corriente nos arrastrara más allá de esos enclaves extraordinarios donde amaina el torrente verde.

Así llegamos al puesto de gendarmería chilena de Pirehueico donde nos esperaba la camioneta. Nos secamos, nos cambiamos, nos tomamos unos piscos con tortas fritas y empanadas, y volvimos como a la ida, en la Mirenchu, la súper lancha para 18 personas que Ici tiene en el Lácar. Sólo que esta vez, sumamos el sol del atardecer sobre la cara y viento a favor. Una siesta merecida para una tarde divertida como pocas.

UN DIA PINTADO.

Otro placer es navegar el Lolog en un día tranquilo. Para eso, fuimos hasta las Cabañas Andina, sobre el río Quilquihué y al pie del lago. Ya son 17 cabañas muy confortables y a prudentes 12 km de San Martín. Por supuesto que son óptimas para pescadores, y si no pregúntenle a Eduardo Furlong qué hace instalado ahí como guía de pesca profesional desde el `88. Con él nos subimos al semirrígido al que bautizamos internamente "El Acorazado" cuando nos contaron lo bravo que podía ponerse el Lolog con el viento. Por suerte, a nosotros nos recibió hecho un espejo. Dibujo perfecto, reflejo de cumbres nevadas al revés.

Sol calentito y brisa en la cara. Inmejorable. Después de una hora llegamos a lo del ruso Iván, que no es otro que el pintor Karl Moritz. Moritz Karl en realidad, porque Iván Moritz es nombre y Karl, apellido. Húngaro que vivió sólo cuatro años en Hungría y otros cinco en Alemania antes de emigrar definitivamente a la Argentina con sus padres. Su vida entera son las aves que pinta con precisión de escalofrío, no sólo por la exactitud, sino también por la pasión con la que anidan para siempre en su papel.

Las pinta desde hace mil años, pero supo que serían su vida cuando regresó de México, adonde había ido a estudiar ingeniería en los tiempos en que su hermana se había radicado allá. Llegó hasta tercer año y luego volvió, tras la pista de quien fue su maestro, Axel Amuchástegui. En esos tiempos, además, empezaba a acompañar amigos en cacerías por el sur. El nunca le disparó a nada, sino que aprovechó para hacer cacería ocular: retener en su memoria los detalles de lo que veía, para pintarlo de regreso a casa. Al cabo de unos años sintió que ya no podía hacer más pintura de "laboratorio", es decir, trabajar sobre un animal, ave o planta que no hubiera visto. Y qué otra manera de ver que internarse en el corazón del bosque a vivir como lo hace desde el año `77. Por aquel entonces, se había dado cuenta mientras leía un libro, que todas las emociones venían de ahí, del papel, y que se estaba perdiendo de vivirlas sentado en un sillón del living.

Allá partió: alquiló mil hectáreas porque fue lo único que pudo conseguir en plan de vivir lo más lejos posible de la civilización, y utilizó sólo los 50 metros de la casa. Le sobraba la Naturaleza entera para salir al encuentro del chucao, el huec-huec y el rayadito, entre otros. Se mudó al Lolog en 1986 y todos afirman que, si no fuera por él, hace tiempo que no habría quedado nada de esa ex-seccional de guardaparques. Tardó varios años en sacar la basura acumulada de individuales, inocentes, sucesivos días de playa. Mantiene entre la primavera y el verano una huerta con hierbas y verduras. Se distrae con los visitantes, pero sobre todo pinta... Pinta, que es lo que mejor hace.

HUECHULAFQUEN.
Un poco más allá está otra de las grandes salidas, la que dejamos para el final y que nos llenaba de ansiedad: el Huechulafquen y el volcán Lanín. El cono perfecto que le da nombre a todo un Parque Nacional.

Este año se cumplen cien años de la primera ascensión y alcanzar su cumbre es todo un símbolo. Pero ojo que no es para cualquiera. Los guías de montaña tienen mil cuentos de gente que llega con cara de no puedo ni escalar una silla y aparece por ahí averiguando por el Lanín. Son dos días de pendiente constante, hay grietas y hace un frío considerable.

Cada uno debe llevar unos diez kilos de equipo... No hay que tener experiencia pero sí buen estado físico. Si no, mirarlo desde el lago con un picnic regional y un buen champagne, les aseguro que tiene satisfacción garantizada y ningún esfuerzo.

Para llegar hasta ahí, nos pusimos en manos de José Luis otra vez. La buena experiencia del rafting nos alentó a seguir con él. Además, para esta temporada, Ici, Tiempo Patagónico y Pucará se unieron en un pool que propone una excursión combinada. Un grupo sale en Trafic y pasa por el Curruhué Chico y Grande, las lagunas del Toro, Verde y Escorial - metros del inquietante terreno en el que se amontonan los restos oscuros de la lava solidificada del volcán, Huanquihue- y llega al Puerto Pesquero, a orillas del Epulafquen.

Ahí el grupo que vino por agua parte Poztierra y nosotras nos montamos rumbo al Huechulafquen. Almorzamos en el parador de Vera Yeiro, en Puerto Canoa, y dormimos una siestita monumental sobre la arena tibia. Antes de regresar por la ruta 61, pasamos por la hostería Huechulafquen, a orillas del lago. Está en manos de Sergio Bergadá, primo segundo de Julie, que aprovechó la ocasión para conocerlo. Abre y cierra con la temporada de pesca -que aseguran fabulosa pero esa panorámica del Lanín compite y gana con la trucha más grande del planeta. Unos metros más adelante, probamos las altamente recomendadas tortas fritas de Doña Argentina, mapuche de ley. Volvimos mientras el sol caía amarilleando la silueta del relieve dibujado sobre el lago. Pasamos casi de noche por la boca del río Chimehuin y Junín de los Andes, un clásico de la pesca, y regresamos a nuestro hogar sanmartiniano en Rincón de los Andes, donde dormimos como reinas todos los días.

Al otro día, hicimos una escapada para espiar cómo iban los preparativos estivales de Chapelco, que muta de centro invernal en insólito Parque de la Aventura: ideal para ir con niños, un pasaporte de entrada ofrece diversión en versiones varias, todas no electrónicas por fortuna. Y es además la tercera temporada de verano para Los Techos. La hostería por excelencia cuando nieva, ahora también saca a relucir sus encantos con los calores veraniegos.

De despedida, retomamos el camino de los Siete Lagos y nos desviamos para ver cómo andaba Meliquina. Allí, a 36 km de San Martín, donde termina el lago y empiezan a mermar los bosques, crecen de a poco los complejos de cabañas y los visitantes durante la temporada. El alto obligado es el Patagonia Saloon, una insólita mezcla de proveeduría, casa de té y picadas, con ambiente de bar del Lejano Oeste, pero en este, nuestro no tan lejano sur.





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