Revista
LUGARES Nro. 95
Pag. 60 al 73
Por: Rossana Acquasanta
Fotos: Nacho Calonge
REVISTA LUGARES
A PUNTA NINFAS
EI
largo itinerario al este patagónico arrancó en Buenos Aires. Hubo
parada y fonda en una estancia de Olavarria, y a partir de Viedma
el recorrido ya casi no se despegó de la costa. Atravesando médanos
y flanqueando playas con acantilados, siguió por Península de Valdés
en una vuelta completa, tocó Puerto Madryn y continuó a Punta Ninfas,
lejana conclusión de mar bravío y pedrales sin fin.
En principio iba a ser un clásico de Valdés, pero quisieron los astros
que fuera un proyecto más abarcativo, y ahí apareció Nissan con el
bombocito de la XTerra. Nadie la pidió, vino sola. Pero no la ignoramos:
haríamos turismo carretera, estilo bienamado de los argentinos. De
paso, ya que íbamos a llegar tan lejos, mejor lo estirábamos un poco
para ver qué nos depararía de interesante la costa más allá de Puerto
Madryn. Punta Ninfas se convirtió en nuestra meta.
Eramos tres los integrantes del equipo LUGARES: el fotógrafo (Nacho)
y su batería de cámaras, lentes y trípodes; Carolina Aldao que no
quiso perderse la oportunidad de manejar la 4x4, y yo, feliz de que
otro se encargue del volante. Abandonamos Buenos Aires un miércoles
a la tarde, con el tanque lleno de gasoil, pilas de cd y casettes,
mapas, set completo de mate, y a tirar millas. Directo a Olavarría.
La Magda
Sin abandonar el asfalto, enfilamos directo a la estancia a tiro de
piedra de esa localidad, donde dormiríamos. La llegada nos sorprendió
con un recibimiento inmerecido: al filo de la medianoche, ahí estaba
la familia Larrañaga en pleno -sus propietarios Cristian y Claudia,
con los pequeños Pilar e Ignacio, en piyama y un amigo, esperándonos
con mesa puesta como si fueran las nueve... Pero enseguida nos disculparon
asegurándonos que en la casa son todos tardíos para ir a la cama,
y haciendo honor a la palabra, después de una generosa anche saludable
cena, preparada por Claudia, estiramos la sobremesa hasta la madrugada.
A la mañana siguiente recorrimos parte de la propiedad, en la que
no faltan caballos ¡ni llamas! Es un lugar perfecto para venir con
chicos; sólo hay dos habitaciones para huéspedes, que suelen ser ocupadas
por una familia; los padres en una y los hijos en otra. "Así nadie
los molesta y nosotros podemos atenderlos sólo a ellos", comentó Cristian.
Llegó el mediodía y en el ambiente empezó a difundirse un olorcito
a asado que, en segundos, nos llevó de las narices hasta el quincho.
Allí estaba don Roberto Valenzuela, septuagenario baqueano de Olavarría
y con más energía que todo el pueblo junto, aplicado a distribuir
las brasas debajo de la carne. El hombre se ocupa de las vacas y los
caballos de la estancia; discreto y eficaz, no bien el asado estuvo
listo, don Roberto dijo permiso, que tengan todos buen provecho, y
se fue.
Dimos cuenta de las empanadas y la parrilla, y pipones de buen trato
nos despedimos. No dijimos adiós adiós, sino hasta la vuelta, que
así sería nomás.
Viedma
Para matizar el tedio de la llanura, nos desviamos apenas hacia el
oeste y pasamos por Sierra de la Ventana. Las sinuosidades de la ruta
nos reconfortó, y hasta Bahía Blanca Caro no clavó los frenos. Una
tormenta se avecinaba.
El mundo se llenó de nubes ominosas que se
fueron haciendo más pesadas, descargaron una andanada de rayos y un
rato después, agua a baldazos. El diluvio no cedió hasta casi llegar
a Carmen de Patagones. Caro, no obstante el cansancio, estaba satisfecha:
es otra cosa con una máquina como ésta, dijo palmeando el volante.
A partir de ese momento, la 4x4 pasó a llamarse Bala Plateada, adjetivo
que inspiró su color gris acero.
Entramos a la última población de
la provincia de Buenos Aires, dispuestos a dormir en cualquier cama.
Pero no fue posible. Así que cruzamos el río Negro para hallar cobijo
en Viedma, la ex futura capital de los argentinos.
Un garbeo veloz por la costanera, recorriendo la avenida Francisco
de Viedma y más allá, nos devolvió la imagen de una ciudad tranquila,
con una ribera llena de árboles y un río -el que le da nombre- espléndido.
Dos puentes vinculan ambas costas; también hay un muelle del que sale
una embarcación haciendo el trayecto de Patagones a Viedma y viceversa.
Luego nos dirigimos a la rotonda y buscamos la salida a la lobería.
Con esta referencia llegamos al balneario, y próxima a la entrada,
vimos una oficina de Información Turística. Bajé a pedir folletos
y plantear algunas dudas, pero no tenían nada y en cambio me pidieron
todos mis datos, porque en realidad se trataba de un puesto policial.
Adujeron que lo hacían "para seguridad del viajero, así, si pasa algo,
ya lo tenemos fichado". También nos dijeron que el camino de la playa
era transitable, "porque estuvo lloviendo, la arena está firme y los
médanos no taparon el ripio".
Seguimos la ruta en dirección al mar, cercanía que anticipó el farito
(tirando a maltrecho), a la izquierda. Tomamos a la derecha y ya estuvimos
seguros de que no dejaríamos de ver el azul marino por horas; de haber
seguido la ruta 3 que arrima directo a San Antonio Oeste, nos habríamos
perdido este trayecto, bellísimo. Acantilados de un lado y estepa
del otro.
El aire estaba invadido por enormes bandadas de loros de
plumaje amarillo y rojo en el pecho- que anidan en los acantilados;
pegado al camino, las espigas de la avena salvaje disputaban territorio
a la uña de gato, atiborrada de flores rabiosamente fucsias. Tres
kilómetros después de pasar el complejo turístico de la playa de La
Lobería, el asfalto se acabó.
Llegamos a Bahía Creek en un alto de
los médanos, zona urbanizada que reúne un puñado de casas con sus
molinos. Cuando empezamos el descenso, entendimos a qué se había referido
el policía de Viedma: el ripio "desaparecía" prácticamente en la arena,
perdiéndose en las dunas. Recién llegando a Caleta de los Loros, se
recuperó el trazado visible del camino. Nos "subimos" a la ruta 3.
Disfrutamos del asfalto liso y parejo hasta Salinas Grandes, pero
luego se volvió desastroso, emparchado sobre emparchado.
Chubut
Fue pasar la frontera y como por arte de magia el asfalto se convirtió
en un billar. La 3 siguió guiándonos rumbo al sur; apareció el monolito
que soporta una cola de ballena, tristemente cubierta de graffitis,
y eran las siete en punto de la tarde cuando accedimos al área protegida
de Península de Valdés. Pagamos el ingreso y cubrimos los 35 km. del
Istmo Ameghino, largo nexo entre el continente y la península. En
su parte más angosta, el istmo tiene siete kilómetros; al norte se
abre el Golfo de San José, y al sur, el Golfo Nuevo. La estepa estaba
muy verde, mandato primaveral bienvenido.
Puerto Pirámides apareció allá abajo, con sus casas desparramadas
hasta los médanos; se veían los barcos de los avistajes que ya se
habían retirado de la bahía, pero Nacho, que en el último tramo había
sufrido como una madre porque "este viaje es más largo que un culebrón",
sólo quería salir corriendo a ver ballenas. Caro frenó en el estacionamiento
de The Paradise, nuestro hotel favorito en Pirámides, largamos los
bártulos en las habitaciones (¡a nosotras nos tocó la del jacuzzi!
) y nos fuimos a la playa.
No importó que las aguas del Golfo Nuevo estuviesen más plomizas que
las del Mar del Norte; no importó el repentino frío y las ráfagas
que encabritaron las olas. Había que salir a ver ballenas y salimos.
Ni hablar de hacerlo en semirrígido, ahí sí que no se pudo. Hay varios
operadores autorizados para los avistajes en barco, y LUGARES ya había
probado con casi todos. Pero no con el equipo de Peke Sosa. Sus hijos
son los encargados de atender este requerimiento de los turistas que
recalan en Pirámides de a cientos por día. Una locura. Nos sumamos
a un discreto grupo, que también se había empeñado en hacerse a la
mar, y abordamos el Azul Profundo.
Me gustó el estilo de los Sosa;
nada de arrimes compulsivos, nada de persecuciones, nada de altoparlantes
a todo decibel, no señor. Las maravillosas bestias aparecen y los
motores se apagan, los relatos se hacen aún más breves y en voz casi
baja. Sólo los que miramos nos permitimos expresar las emociones.
El
otro programa que no hay que dejar pasar, es el buceo. Nacho y Caro
tuvieron su zambullida de bautismo con Juan Benegas, experto explorador
de las aguas del golfo. Caro, que es pura serenidad, se lo pasó bomba;
en cambio el ansioso de Nacho tuvo que salir de inmediato: alucinó
que de entrada podía desplazarse como un torpedo y así le fue. Juan
es toda una garantía y nadie se frustra con él. La ceremonia bautismal
la hicieron en Punta Pardelas, donde los farallones se continúan mar
abajo. Aún para los no iniciados, es toda una aventura.
Punta Pardelas
A
meros 17-18 km. de Pirámides, nos desviamos hacia el mar y Ilegamos
a Punta Pardelas, lugar para quedarse horas. La marea estaba baja,
dejando al descubierto una vasta planicie delimitada por un gran barranco,
al que Nacho trepó para apreciar ese escenario desde lo alto. El playón,
lleno de charcas con bordes irregulares, era el cielo fragmentado
en la tierra. Las olas pegaban con fuerza contra una orilla escarpada,
llena de cuevas y calas que devolvían al aire una lluvia de espuma
salada. Y las ballenas. Oh sí. Benditas ellas. Ahí estaban retozando
en libertad varias madres con sus ballenatos, sin apremios de embarcaciones,
resguardadas de nuestra codicia. Nunca más dejamos de ver ballenas
a partir de Punta Pardelas, nunca más.
Punta Delgada
Se
ve desde el camino la Salina Grande, estela apaisada color rosa furioso.
Pero el rosado es un espejismo, efecto del reflejo del agua. Más adelante
apareció la Salina Chica, y antes de llegar al faro, a la derecha,
entramos a Rincón Chico. María Olazábal, una de las herederas de la
estancia, y Agustín Ayuso, su pareja, gestionan el emprendimiento
hotelero que arrancó hace menos de tres años y ya no pararon más.
Rincón Chico es perfecto para buena vida con avistajes de fauna, que
realizan con la estricta guía de una bióloga. Un lujo en la estepa.
Tal como aparecimos, desaparecimos con Agustín rumbo a la costa a
ver elefantes marinos. Las hembras estaban todas con sus cachorros,
así que había calma en la comunidad, con un relajado macho alfa que
dormitaba desparramando sus tres toneladas de peso, y los periféricos
resignados a su condición de outsiders.
La
presencia de animales es casi constante. Las maras por ejemplo, están
correteando todo el tiempo a pasos de la casa; pero no se dejan.
En cuanto uno amaga con acercárseles, pfiumm, salen a los brincos.
Intento imaginar lo que debe haber sido el este patagónico antes de
la llegada de los galeses a mediados del siglo XIX, cuando maras,
choiques, martinetas, zorrinos, armadillos e incontables cantidades
de aves de muy numerosas especies dominaban el espacio entre el aire
y la tierra. Cuando no había necesidad de liebre europea ni de zorro
colorado; cuando lobos y elefantes marinos debían tapizar, literalmente,
la costa atlántica entera.
Sin hombre blanco ni ovejas. Nunca había
presenciado una esquila. Y justo un día llegó la máquina. La tarde
anterior, habíamos vuelto de una escapada a Trelew lo hicimos en un
Cessna 182 con el piloto Oscar Fratesi, de esa localidad- y aterrizamos
en la pista de la estancia; como en los viejos tiempos, cuando recibían
correspondencia y mercadería vía aérea. Todavía excitados por el vuelo,
nos fuimos derecho a los corrales: estaban haciendo la boqueada de
ovejas, que consiste en mirar los dientes de los animales para determinar
su edad y hacer el recambio de los más viejos.
Me
impresionó la esquila. La resignación de las ovejas; la máquina antediluviana
con correas yendo y viniendo en un laberíntico sistema que activa
las afeitadoras; los trabajadores, abocados a una acción que no entiende
de gestos imprecisos. Nadie hablaba. En el galpón de luz avara reinaba
un clima de gravedad y urgencia. A la noche nos fuimos al pub del
Faro de Punta Delgada, lugar que siempre justifica una visita. El
hotel, además, está muy bien. Pero el pub tiene mesa de pool, una
tentación para apalancarse largo después de cenar.
Punta Norte
La
estepa hervía de vida nueva. Las choiques con sus charitos, y las
copetonas con sus pollitos mínimos, las guanacas con los chulengos
y las veguas con los potrillos. Así fue que el camino al norte nos
llevó a La Ernestina en un tiempo que se nos antojó breve.
Nos recibió Juan Copello, bronceadísimo iy guapísimo! A Juan le sienta
de maravillas la vida de campo, y además no para de añadir mejoras.
La casa de huéspedes creció. Ahora son cuatro los cuartos con baño
privado, y el comedor se transformó: una parte es living y mira al
mar, como toda la casa, lujo impagable; y la otra, en un desnivel,
es el comedor, al que se vincula con un par de escalones y una ventana
abierta en la pared divisoria.
Punta Norte debe ser uno de los destinos
naturales más impresionantes y más bellos que guarda el planeta Tierra.
Y si no lo es, lo merece. Por ese mar enérgico que moldea playas en
declives muy altos y en extensiones que sólo la bruma salada es capaz
de desdibujar. Por el pedregal que las cubre en tantos colores intensos.
Por los médanos. Por las irregularidades del terreno que sube y baja
en abruptas lomadas. Por la fauna que eligió residir aquí.
Los pingüinos, los lobos marinos, y las orcas, que llegan cuando está
mandado y los cazan.
La Ernestina tiene el privilegio de ocupar una
considerable porción de Punta Norte, y Juan lo sabe. Por eso no deja
jamás que un huésped deambule por las suyas; se encarga él mismo de
llevar la gente hasta la pingüinera y recorrerla siguiendo sus estrictas
instrucciones. Y hay que verlos, caminando en línea recta desde el
nido al mar, se zambullen, nadan y vuelven al punto de partida. En
línea recta, claro. Es vital no asustarlos. Juan suele premiar la
buena conducta de sus huéspedes con escapada al faro a la tardecita...
Y gin tonic que se preocupa de preparar in situ. El primero se bebe
a pie de faro, mientras la vista no logra despegarse de las restingas
mayúsculas que deja al descubierto la bajamar. El segundo hay que
beberlo arriba; subir a la torre por la escalera caracol y desde ese
improvisado "bar", trago a trago, entre risas y charlas sin importancia,
ver cómo el cielo enrojece y las nubes se difunden en festones violetas,
azules, naranjas, todo a la vez, hasta culminar en una escenográfica
concentración de rojos.
Caleta Valdés
La
estancia La Elvira es una excepción en la propuesta natural de Península,
que es vivirla desde la perspectiva que le otorga el mar. Abrió al
turismo hace un par de años, ya sea por el día o para quedarse. El
casco está tierra adentro, en una depresión de la estepa, lo que implica
hacer vida de puro campo. Para compensar, tiene el Parador de Caleta
Valdés, ubicado en un sitio inmejorable: sobre la costa que aquí es
elevada y de cara al azul inmarcesible. A la izquierda del parador,
se extienden las lenguas de tierra y agua de la caleta. Hay un camino
de pasarelas que propone diferentes puntos de observación. Y por lo
mismo que el parador es stop obligado de los que recorren la isla,
el casco de La Elvira es una alternativa para hacer noche y seguir
viaje.
El Golfo San José
-¿Le gustan los caracoles?
-¿Los encontraste vos?
Si quiere, se los vendo.
-¿De dónde los sacaste?
Los grandes a $2 y $1 los chicos.
Juan, diez años, tiene un botín en caracoles que va dejando la marea,
o que sacan buceando. El pequeño Rolando imitó a Juan y trajo otro
caracol.
- Mírelo contra el sol y va a ver cuántas rayitas tiene.
-¿No te da lástima venderlo? Sí... Nnno.
Y además apareció el más chiquito, Javier, con unos dientes de tiburón
(que no eran de tal), también dispuesto a convertirlos en monedas.
Del mar llegaron Jesús y el hermano con un cajón repleto de róbalos,
pejerreyes y cornalitos que venderán en Pirámides.
Todos
ellos son habitantes estables de Playa Larralde, un villorrio cuya
entrada está enmarcada por costillas de ballena a modo de arco. Habíamos
llegado hasta acá bajando por la ruta 3, y adentrándonos por un camino
que nos llevó directo a Playa Villarino, "al lado" de Larralde. Ambos
son asentamientos de casas rodantes, colectivos reconvertidos en vivienda,
y casitas precarias que ocupan los pescadores con sus familias. La
mayoría, cuando llega el invierno, levanta campamento y huye.
En el Centro de la Reserva Faunística de la Isla de los Pájaros (la
isla está ahí nomás, enfrente), no encontramos a nadie. La réplica
de la capillita del Fuerte San José que el malón de tehuelches arrasó
en el pasado, tiene pinta de estar un poquitín descuidada, pero aún
así conmueve. Terminamos de nuevo en Puerto Pirámides. Con tiempo
espléndido y un mundo de ballenas retozando en el mar. En un santiamén,
ya estábamos con Micky Sosa y una pareja de ingleses saliendo en el
semirrígido.
La
tarde declinaba y las condiciones no podían ser mejores, cero viento,
cero nubes, cero olas. El mar estaba espeso y calmo como un estanque,
no se podía creer. Y el ballenato apareció, sacó su grandiosa cabeza
pegada al gomón; su madre, a cierta distancia, nadó hacia nosotros,
llamando a su bebé, jugaron un rato juntos y de nuevo el ballenato
volvió a la carga. Nadó por debajo nuestro, una y otra vez. Su madre
hacía la plancha y allá iba el pequeño, se le trepaba y quedaban pegados,
las aletas caudales palmeándose. Nos quedamos hasta que la noche nos
echó del agua. Fue como una epifanía sentirlos a centímetros de la
propia piel. Cómo pueden estos cetáceos ser tan enormes y delicados,
tan dulces. Será por eso que verlos da paz. Una paz infinita.
Punta Ninfas
Primero hicimos parada y fonda en Puerto Madryn. Nos alojamos en El
Solar de la Costa, hotelito de lo más agradable que está en el mejor
barrio de la ciudad, el Barrio Sur, y ubicado sobre la avenida que
da al mar. Bien dormidos y luego de una ducha reparadora, partimos
rumbo a la estancia El Pedral, que está ahí nomás de Punta Ninfas.
Llegar no es evidente, pero Wendt von Thüngen, marido de María José
González Bonorino, una de las propietarias, había sido preciso con
las indicaciones: hay que pasar la estancia Los Pinos, Bahía Cracker,
hacer 10 km. más hasta una tranquera blanca maltrecha, y otros tres
campo adentro. El camino llega hasta un barranco que debe bajarse
por una huella empinada y en estado calamitoso. Pasada la curva, vimos
la casa. Está en una hondonada, la torre colorada asomando entre las
copas de una añosa y tupida arboleda.
Este refugio secreto fue construido por el bisabuelo de María José,
don Félix Arbeletche, a finales del siglo XIX. Lo hizo para aliviar
la nostalgia de su mujer por el País Vasco natal; de ahí la arquitectura,
propia de las casas solariegas francesas, muy de la época; de ahí
la arboleda y sus sombras anchas. Pero la mujer no llegó a conocerla,
porque falleció antes de que concluyeran la obra; doble dolor para
don Félix. Hoy sigue siendo el punto de reunión de toda la gran familia,
en tiempos de fiestas navideñas, así que la casa se llena de niños
y mucha gente joven.
La casa es tan linda que no dan ganas de salir. E irse de recorrida
implica volver aquí, a esta placentera soledad rodeada de tantas flores
y árboles; a la comodidad de sus ámbitos y a los detalles y muebles
antiguos que le dan sentido.
Luego está todo lo demás, que no es poco. Caminar hasta una playa
toda de piedras que siempre está lejos. Llegar a los acantilados,
navegar este mar, pescar. Y tarde o temprano, ir hasta donde la tierra
concluye en altísimos, áridos acantilados, y un faro. Un finisterre
deshabitado. Eso es Punta Ninfas. |