Revista LUGARES Nro. 82
Pág. 44-53
Relato y Fotos: Soledad Gil
REVISTA LUGARES
PARQUE NACIONAL LOS ALERCES
EL OESTE DEL PARAISO
Todos los caminos conducen a Esquel. Como quien abre una naranja, los gajos de la región salen de este centro: los galeses, la pesca, los alerces y los lagos, los soberbios paisajes, las estancias. Luego, cada ítem se entrelaza con los otros, y así unos días en los alrededores acaban trayendo todo eso en un "combo" perfecto, del que uno regresa con la impresión verde del río Arrayanes, con el baño de modestia que le provoca pararse junto a un alerce milenario, con los nervios hechos seda después de hacer canyoning, puenting, rafting y cualquiera de esos "ing" que tanto relajan el espíritu y que aquí se practican todos.
PARQUE LOS ALERCES.
Es el corazón natural del lugar. Sus 263 mil hectáreas llegan hasta la frontera con Chile -sin paso fronterizo- donde continúa en un sector como Parque Nacional Pumalín. La mayor parte del territorio es área intangible, tesoro que alberga el Alerzal, el glaciar Torrecillas, el salto Cisne, el lago Rivadavia o el Kruger. Inaccesibles quedan el Lago Chico y el Stange, entre otros. Algunos, sin embargo, pueden visitarse con guía y permiso especial de Parques Nacionales. Lleva un día entero encontrar las palanganas del Frey, subir al cerro Dedal y al Petizo.
Los más deportistas tienen un programón de tres días: lanzarse desde el lago Cholila en canoa por el río Carrileufu y cruzar los lagos Rivadavia, Verde y río Arrayanes -pasando debajo de la pasarela de la foto- para desembocar victoriosos en el Futalaufquen. Los burgueses asumidos, en cambio, preferirán seguramente embarcar en puerto Limonao y hacer el camino al revés. Con las embarcaciones con motor no es posible llegar al Rivadavia, pero la vista desde arriba, yendo por la ruta 71, es tan valiosa como la que unos pocos tienen desde abajo.
A muy pocos kilómetros de Puerto Limonao, el camino termina en la Hostería Futalaufquen (y ojalá todos los caminos terminaran en sitios semejantes). La hostería es un ejemplo perfecto de la arquitectura de Bustillo y se amalgama de maravillas con el resto de la Villa Futalaufquen, donde están la intendencia de Parques, el almacén, las casas de los guardaparques, todas hechas de troncos.
Como un Llao Llao en miniatura, el Futalaufquen tiene una vista descomunal, y unos interiores revestidos en madera que parecen continuarse de las escaleras al piano y de la barra al comedor. Es sin dudas, la mejor alternativa en la región y desde que cerró Cassis en Esquel (snif), se ha quedado solo en el podio de la cocina gourmet de la zona.
EL ENCUENTRO
A 30 km de Trevelin y a 10 km de la frontera con Chile, el lodge de Michael y Jane Beale está literalmente colgado sobre el Futaleufú. El Encuentro y el río son un solo corazón. Si no fuera un poco drástico, uno podría lanzarse al río desde la ventana, pero mejor dejarse llevar por Michael. Conoce todos y cada uno de los rincones de ese cauce. Los intuye, adivina. Sabe, bah. Como que está en la zona desde 1977, cuando ambos llegaron a Leleque desde Buenos Aires. "Tomamos el tren a Jaco-
bacci y de ahí La Trochita", cuenta Jane. "Yo estaba embarazada y me acuerdo que me bajé en ese páramo, con ese viento, y pensé qué estoy haciendo acá". Los Cipreses -a 2 km del lodge- de páramo no tiene pizca, y los Beale, que reciben hace poco tiempo, se las están arreglando de perillas. Michael sale con los pescadores y Jane se ocupa de entretener a las señoras, llevarlas al museo de los galeses en Trevelin y contarles la historia de estos pioneros. El museo, además de la riqueza de sus piezas, es una síntesis perfecta de la historia del pueblo: funciona en el ex Molino Andes y Cía, que operó entre 1918 y 1953, cuando Perón les prohibió seguir con ese cultivo. Vendieron las máquinas en Bahía Blanca en 1959 y estuvo cerrado hasta que reabrió como museo regional. Jane también visita el pequeño molino Nant Fach de Mervyn Evans, quien lo hizo de cero, pero según la técnica aprendida de sus ancestros. Sin embargo, las atracciones no se agotan con los galeses. Visitas a Esquel, a los saltos Nant y Fall o a Futaleufú, son todas salidas diferentes y en un radio bastante acotado. Quienes se entusiasmen con este último programa deberán tener en cuenta que para cruzar a Chile es preciso tener los cristales grabados con la patente "nueva" (3 letras y 3 números). En Los Cipreses, poblado minúsculo, hay un señor que se gana la vida haciendo eso, sin tener que volver como en el juego de la oca 60 km. para atrás, hasta la ciudad de Esquel.
ESQUEL.
Es la ciudad más importante del oeste de Chubut, y la que concentra la actividad comercial de la región. En Esquel, "hay que" tomar un helado en Mayor, subirse a La Trochita, sentarse en El Argentino, anotarse en alguno de los programas de EpA o ubicar guía de pesca y entregarse a ella por completo.
En plan descanso brutal, Jane tiene una amiga, Guingui Williams cuya cabaña.
El Cóndor -cabaña porque tienen 1.800 ovejas, no porque tengan bungalows vale la pena conocer. Está muy cerca de Trevelin y ocupa 1.500 hectáreas sobre una majestuosa vista de la cordillera. Perteneció al bisabuelo del marido de Guingui, el pionero Llwyd Ap Iwan, quien la recibió del gobierno en mérito a su labor como colono. "Fue cuando la división de tierras, hacia 1865. Las autoridades distribuyeron 50 leguas entre los galeses y mi bisabuelo recibió una de ellas", recuerda Michael Gough. En efecto, tanto Guingui como Michael son tan galeses como la torta, eran vecinos de estancia y comparten -como la mayoría en Trevelin- las raíces, la cultura y la lengua original, de la que conocen pocas palabras. "Mi abuelo Mihangel Griffydd Ap Iwan empezó con la cría de lanares merino australianos -sigue Michael y fue así que en 1912 fundó El Cóndor como cabaña de esa raza". Aquí la que recibe es Guingui. Michael se ocupa de los carneros y las ovejas y si quiere hablar largo con él, no tiene más que sacarle el tema.
Por su carácter rural y sus amplios espacios, pero sobre todo por la simpatía de Guingui, El Cóndor es una manera diferente de acercarse a Trevelin, Esquel y alrededores. Si en cambio, la pesca es el objetivo, entonces regrese a Esquel y combine con Andrés Müller. Si el apellido le suena del Cassis de Mariana, es porque es nada más y nada menos que el hermano. Los Müller son unos cuantos, vivieron de chicos en Esquel; de adultos muchos volvieron, fueron y vinieron, pero Andrés es de los que se quedaron y la pesca tiene todo que ver con ello. Sus lugares favoritos son, además del Parque Los Alerces, el Arroyo Pescado -a 35 km al este de Esquel, la laguna Willmanco y el río Futaleufú o Grande. Los conoce como la patria chica y si bien trabajó y es amigo del "prócer" del lugar, Raúl San Martín, hace años que también se mueve solo y airoso tras los pasos de sus propias truchas.
CHOLILA.
No hay viaje a estas latitudes que no pase por Cholila. Era noviembre y los lupinos reventaban de fucsias, violetas y blancos. El río Carrileufu, ese curso transparente que parece habitat natural de esta especie introducida, pero que tan bien le sienta a la zona, debía estar radiante. Y un día de sol de esos que se graban para siempre en la memoria, Chela Ruiz de la Hostería El Pedregoso hizo la invitación: "vengan que está divino". Cómo negarse. Andrés Müller se ofreció, santo, no sólo a ir, sino a ir por la ruta 71, que es más larga que la 40 (110 km. contra 80 km.), con mucho más ripio, pero inmensamente más bonita. Pasa, de nuevo, por los lagos del Parque, de modo que resultó imposible no hacer nuevas paradas: las fotos aparecían solas, una atrás de otra. Un notro, una muticia, mil lupinos, el pueblo de Cholila, hasta el desvío del Carrileufu, final sublime consumado por la hostería de Chela. Para llegar hay que cruzar una pasarela a la que no acceden los vehículos. Tras avanzar unos pocos metros, el techo gris y las paredes amarillas del Pedregoso se recortan sobre la cordillera. En el punto exacto de la unión entre el lago Cholila y la naciente, ahí está la hostería. El Dos Picos enfrente y el cordón del Cholila a la izquierda.
Los que pescan, de parabienes, tienen el universo para ellos, y otro experto guía, Tito Tagle, a dos "cuadras", o sea, a unos 30 árboles de distancia. Y si no, el museo de Leleque, la comarca andina, Bariloche o cantidad de senderos a voluntad. Es cuestión de decidir por dónde empezar.
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