Revista LUGARES Nro. 95
Pág. 76 al 83
Por: Julia Caprara
Fotos: Alejandro Peral
REVISTA LUGARES
ISLA DE LOS ESTADOS
Es una lejanía escarpada de la que apenas los navegantes guardan memoria. Llegar no es difícil pero si fascinante, hasta allá fuimos, a bordo del Ushuaia, para explorarla a lo largo de su costa norte.
Fue reducto de bandidos, dio letra a cronistas y escritores, y sirvió de guía a incontables navegantes en el bravío Atlántico Sur. Los holandeses Jacobo Le Maire y Cornelio Schooutten la descubrieron en la Navidad de 1615; es una isla minúscula que se detecta al este de la gran insularidad de Tierra del Fuego. Casi cuatro siglos más tarde, su extraña geografía escarpada, su fauna, bosques y turbales, siguen siendo motivos de interés para investigadores y científicos. Y ahora lo serán también para cualquiera que desee visitarla como turista. Tuvimos la suerte de participar de un crucero organizado para los biólogos del Centro Austral de Investigaciones Científicas (bajo la dirección de Adrián Schiavini), de la Fundación Patagonia Natural y del Conicet, más un reducido grupo de agentes de viaje.
Cinco días duró la navegación, que además de cubrir la distancia que separa Ushuaia de la Isla de los Estados y viceversa, fue trazando un itinerario a lo largo de su costa norte desde la Bahía Franklin hasta el Puerto de San Juan de Salvamento. La parte sur de la isla, de abruptas y afiladas paredes rocosas, hacen que los desembarcos sean casi inviables.
Los objetivos fueron específicos de cada grupo, y por lo tanto, disímiles. Unos se aplicaron a fichar animales, otros a estudiar "la contaminación por metales e hidrocarburos de los sedimentos en la isla" (sic), y nosotros a vivir la experiencia para poder contarla.
A bordo
Zarpamos del puerto homónimo un miércoles entre las cinco y seis de la tarde. El barco arrima a los 85 metros de eslora y tiene una capacidad para 74 pasajeros; nosotros éramos 45 en total, así que fuimos tomando posesión del puente, la cubierta, el salón de lectura, el comedor, los camarotes y hasta un bienvenido pub, según las horas y sus circunstancias.
Cruzamos el Canal Beagle y salimos a mar abierto, hacia el este; fue inevitable experimentar un cierto dolor por nuestra soberanía mermada en esas latitudes...
Al rato de zarpar tuvimos reuniones sobre varios temas la seguridad a bordo y en tierra, el itinerario y los lugares precisos a visitar- que, con toda claridad, fueron desarrollados por el Dr. Schiavini. Casi no nos dimos cuenta cuando llegamos al Mar Argentino Austral, bordeando el sur de Tierra del Fuego. A las nueve ya estuvimos dispuestos para la cena. Hubo comida sabrosa y charlas animadas; para todos era la primera vez en ese viaje al confín patrio, así que el entusiasmo y las expectativas alargaron la sobremesa.
A eso de las cuatro de la mañana, el barco comenzó a moverse como una batidora; mi máquina de fotos, apoyada en la mesa de luz, voló con la ligereza de una pluma, la silla que sostenía mi ropa tampoco se salvó de ir a parar al suelo, y yo, ahí, en la soledad del camarote, apenas si podía ver por el ojo de buey cómo el mar se sacudía. Estábamos pasando por el estrecho de Le Maire, del que tanto me habían hablado; el estrecho separa la Isla de los Estados de la Península Mitre (extremo oriental de Tierra del Fuego), tiene 24 km. de ancho y es el punto preciso donde la corriente marina pelea contra la fuerza implacable del viento. Si bien estaba preparada para el sacudón
largamente anunciado, admito que no pude evitar el clásico pensamiento de "quién me mandó meterme en esta aventura". Pero todo duró menos de lo temido. Por lo pronto, acudí a la pastilla antimareo, me relajé, y enseguida entendí que mi cuerpo se tenía que acostumbrar al vaivén del agua.
El prímer desembarco
Se llevó a cabo en Bahía Franklin; pero sólo lo hicieron los científicos que se iban a quedar trabajando en tierra durante tres días. Su objetivo: colocar transmisores satelitales a 15 ejemplares de pingüinos penacho amarillo. Les dijimos hasta la vuelta y alrededor del mediodía llegamos a Bahía Crossley. Fondeamos y salimos para la costa en los Zodiac. Tal como nos habían explicado, lo hicimos enfundados en chalecos, botas de goma y gorros de lana, y después de marcar rigurosamente nuestra salida.
Llegamos a la playa donde el Comandante Luis Piedrabuena izó, en 1862, la bandera nacional. Todavía hay restos de la base que se construyó, una chacra y descendientes de aquellas cabras y ciervos colorados que, vaya uno a saber por qué, hizo traer Parques Nacionales. Un carancho patagónico, infaltable en estas latitudes, nos sobrevoló, y pudimos notar que es mucho más emplumado que sus parientes norteños.
Vimos un montón de algas enormes llamadas Lessonias, que están fijas en el fondo del mar, sujetas con una especie de "hueso", dando lugar a un auténtico bosque subacuático. Así me lo comentó uno de los científicos, experto en botánica marina. Luego visitamos el sitio arqueológico donde Anne Chapman hizo excavaciones en la década de los '80; la etnógrafa franco americana es conocida por haber documentado la vida de Lola Kiepja, la última ona que aquí habitó.
Otra vez al barco y a seguir navegando. El atardecer nos encontró en el puente, contemplando los fiordos -increíbles- y el mar calmo, mientras llegábamos a Puerto Parry. Atrás habían quedado el Cabo San Antonio y Puerto Hoppner, antiguo asentamiento de una factoría de lobos. En Puerto Parry se encuentra el Apostadero Naval Isla de los Estados, pero el viento era tan fuerte que nos impidió entrar.
El Faro del Fin del Mundo
El Ushuaia ancló antes de la medianoche frente al Puerto San Juan del Salvamento, punto en el que se yergue el célebre faro. Y, tal como estuvo programado, desayunamos casi al alba antes de bajar a puerto. Ante nosotros teníamos una empinada y barrosa pendiente, que trepamos ayudados por una soga. La referencia a Julio Verne no se hizo esperar: el escritor nunca había estado aquí, y sin embargo en su novela Le Phare du Bout du Monde describe este paraje a la perfección.
Así llegamos al sendero que, a principios de 1998, trazó el grupo de franceses que inició la construcción de un nuevo faro. Lo hicieron a imagen y semejanza del original, con forma de casilla octogonal y de madera; en su interior se hallan testimonios de varios visitantes más de lo imaginado, como banderas, leyendas, escudos, etcétera. Aquel faro habilitado el 25 de mayo de 1884 por una expedición de la Armada Argentina al frente del Comodoro Augusto Lasserre, quien además instaló en la isla una subprefectura y un presidio militar- cumplió funciones de salvataje hasta 1902, año en que quedó destruido por los furibundos y constantes vientos de la región. Cotlvengamos en que su ubicación inicial no fue la mejor, ya que los barcos no podían distinguirse nítidamente más allá de los ocho kilómetros, a causa de las islas que hay delante. Por eso se lo reemplazó por el de la Isla Observatorio, y recién en 1904 se instaló el de Cabo Vírgenes para señalar la entrada al Estrecho de Magallanes. En 1997, una misión rescató lo que quedaba del antiguo faro, como lo describiera en LUGARES (N° 28) el recordado Adrián Giménez Hutton.
Bahía Cook
Los restos del antiguo presidio y cementerio, que guarda Puerto Cook, nos sorprendieron. Caminando entre los restos de pilotes enterrados en la playa, llegamos al camposanto erizado de cruces, en el que descansan -dicen- las víctimas de incontables naufragios.
En 1898, después de su visita a la isla, el periodista Roberto J. Payró escribió en La Australia Argentina: "La Isla de los Estados parece hecha expresamente para presidio y para fortaleza. Huir del presidio para vagar por la isla, imposible". Pero el proyecto no prosperó y la prisión tuvo un final trágico, cuando en 1902 decidieron trasladarla a Tierra del Fuego; durante el operativo los presos se sublevaron, mataron a los guardias y se fugaron en tres botes. La mayoría fue recapturada un año después.
Las últimas horas
Desde Puerto Cook y por un estrecho istmo, pasamos al otro extremo de la isla para conocerle la cara sur. Salimos a la Bahía de Vancouver, sede de otra casa del Comandante Piedra Buena que sirvió de refugio para náufragos. Un bosque de guindos tapiza las laderas escarpadas. Atravesamos una playa elevada que separa las dos costas, y aquí pudimos constatar la diferencia entre ambas. Recorrimos un valle de turba, que se revela mullido con cada pisada, revestido de vegetación.
Había algas por todas partes, cachiyuyos y las llamadas pardas, gigantescas ramificaciones con consistencia de cuero que nos incitaron a jugar como chicos.
A la tardecita volvimos a nuestra casa flotante. El día había sido perfecto y lo celebramos con todo: comida rica, buen vino y fiesta en El Chunchungo, el pub a bordo, así bautizado en este viaje en honor a la nutria marina local.
Antes del amanecer, el Ushuaia puso proa a la Isla Observatorio, así llamada por la instalación del ídem meteorológico en 1902. La misma forma parte del archipiélago Islas de Año Nuevo, según lo bautizó Cook, el famoso navegante británico, cuando lo visitó. Divisamos su faro pero no pudimos llegar hasta él, porque las condiciones no eran las apropiadas. O sea que mientras el grupo de científicos se aplicaba a buscar muestras, nosotros nos fuimos de excursión en los semirrígidos y dimos con una colonia enorme de cormoranes imperiales.
A la hora en que el sol declinaba, ya habíamos llegado otra vez a Bahía Franklin para "rescatar" al contingente de estudiosos que habíamos dejado el primer día. Por la noche y por ser la última, hubo acción en El Chunchungo; campeonato de truco, dardos, ping pong, elección de la Reina del Viaje, champagne y baile... al ritmo que impuso el vibrante cruce del Estrecho de Le Maire.
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