Revista LUGARES Nro. 44
Pag. 28 - 33
Por: Julia Caprara
Fotos: Carolina Aldao
REVISTA LUGARES
EL GLACIAR EN OTOÑO - UNA PROPUESTA IMPERDIBLE
Vamos hacia el glaciar de noche. Queremos llegar a tiempo para verlo relumbrar con la salida del sol. Entramos al Parque Nacional Los Glaciares con la fresca otoñal; los tonos rojizos se van abriendo paso entre el tupido verde. Una secuencia de ñires, notros, calafates, lengas y matas negras subraya el paisaje. El camino sigue la ruta que bordea el lago y al dar la vuelta en la "curva de los suspiros" -calificativo nada casual- vemos la enorme lengua blanca.
Pocos pueden reprimir los ohhhh, ahhhh, huauuu que esa imagen provoca. Algunos cóndores y águilas moras vuelan tan alto que se antojan manchas diminutas. Abajo, el turquesa del Brazo Rico del lago Argentino se extiende como una alfombra a los pies del Moreno. Misión cumplida: sobre el horizonte de hielo se hace la luz del amanecer.
Una sucesión de pasarelas acerca al glaciar en la Península de Magallanes. "Wonderful, incredible", gritan japoneses, americanos y franceses. El hielo reina. Gobierna un territorio tan vasto como la superficie de la Capital Federal sobre el que, durante milenios, las acumulaciones de nieve se fueron compactando en paredes que miden entre 60 y 80 metros de alto. Ver esa mole de cinco kilómetros de largo frente a nosotros es para embobar a cualquiera. Pero tratar de entender semejante magnitud no nos libra del asombro, porque un glaciar "no sólo es una masa de hielo, sino sobre todo, una masa de hielo en movimiento", como aclara Miguel Alonso en su Manual del Lago Argentino.
Una frecuencia de rugidos nos alerta y enseguida el hielo se desmorona. La masa se divide en trozos que llegan al lago con tremendo estruendo, provocando grandes olas. El agua es una agitación de bloques despedazados que emergen y se sumergen, arrastrando témpanos menores. Hay peligro, hay respeto. Se impone ser prudente y no salirse de las pasarelas habilitadas dentro del parque. Hubo varios accidentes fatales -32 muertes entre 1967 y 1988- por no poder anticipar la fuerza de las olas y de las esquirlas que se desprenden de los bloques e impactan contra las rocas.
Si bien hay desprendimientos varias veces al día todo el año, éstos nada tienen que ver con la llamada "rotura del glaciar", que solía ocurrir cada tres o cuatro años. La última ruptura sucedió hace diez años y desde entonces el paso entre el Brazo Rico y el Canal de los Témpanos no ha vuelto a cerrarse. Cuando esto ocurría se formaba un dique natural que cortaba la salida del Brazo Rico, las aguas subían de nivel e iban ejerciendo una presión sobre la pared de hielo hasta partirla.
La caminata sobre el glaciar asegura momentos imborrables. Para ello una embarcación traslada a los turistas hacia el otro lado del lago, y desde el Puerto Bajo de las Sombras se cruza el Brazo Rico para llegar al refugio: desde aquí salen los grupos del minitrekking. Cada cual se enfunda el calzado con grampones por debajo de los zapatos y atiende las instrucciones para caminar sobre el hielo.
Al principio nos sentimos como monos de andar torpe, pero después de un tiempo de adaptación, nos lanzamos a trepar y descender con movimientos más ágiles.
Los guías son jóvenes y se mueven confiados en esa especie de freezer a puertas abiertas que nos va revelando cuevas de hielo y lagos subterráneos. Parecen creados por la imaginación de Julio Verne, pero son reales y están ahí, a tiro de nuestra curiosidad. Deslizarse entre la nieve y el hielo nos hace sentir livianos. Los azules se profundizan en las grietas y los seracs (puntas de hielo) combinan perfecto con el día soleado y el cielo limpio.
"¡Caro brindemos, esto es alucinante!", le dije a mi compañera de vuelta al punto de partida. Y así fue que chocamos nuestros vasos de whisky, gentileza de los guías que todos aceptamos con placer.
El Calafate y las estancias
El Calafate dejó su pasado de posta de carretas y pueblo de estancias a orillas del Lago Argentino. El nombre deriva de la acción de calafatear (tapar las junturas de las maderas de los barcos), ya que antiguos navegantes, a falta de brea, utilizaron la resina de ese arbusto de pequeños frutos renegridos.
Su proximidad con el Glaciar Perito Moreno la convierte en la puerta de entrada que, para comienzos del nuevo milenio, tendrá aeropuerto propio. De esta manera los 320 kilómetros que lo separan de Río Gallegos dejarán de ser, para muchos, un escollo déscorazonador después de las tres horas de vuelo de Buenos Aires a Río Gallegos.
A ambos lados de la calle principal de El Calafate, una diversidad de comercios sacia reclamos turísticos. Hay hoteles de primer nivel y sencillas hosterías y entre todos prestan sus servicios con mucha amabilidad. Acá nada es barato, pero en la promoción de otoño los precios tientan por ser más accesibles.
Tampoco hay mesas lujosas -sólo algunos restaurantes de hotel tienen carta gourmet- sin embargo ninguna deja de ofrecer centollas y truchas frescas. A seis cuadras del centro, siguiendo la Avenida del Libertador está la laguna Nimes. Esta laguna se llena de flamencos, patos, cisnes y macás plateados. En el invierno se congela y es utilizada como pista de patinaje. La nocturnidad busca amparo y calor en el pub Don Diego de la Noche, con piscos y canciones de todos los tiempos que su dueño interpreta con talento.
Los comienzos de El Calafate se remontan a fines del siglo pasado con la fundación de las primeras estancias y como posta de carretas en la llamada Ruta de la Lana, cuando se transportaba la lana prensada hasta los principales puertos del Atlántico.
Fuera de la ciudad, a pocos kilómetros, comienza el Camino de las Estancias. Algunas abren sus puertas a todo público y otras se reservan exclusividad como Alta Vista. De la Anita, la última comparsa de esquiladores partió a finales de febrero después de la esquila de ojos, dejando los galpones solitarios. Más allá de los límites de esta estancia, el fantasma de la Patagonia trágica aviva el relato de los sucesos de 1921, comentario obligado en la visita a esos parajes.
En El Galpón de Atice -también convertido en hotel- proponen demostración de esquila y ver trabajar a Sheila, una perra que sabe conducir al rebaño con mucha destreza. El restaurante de este lugar alberga a 120 personas y son famosos sus sabrosísimos corderos a las brasas.
Frente a la estancia se observan las aguas del Lago Argentino que resplandecen de atardecer.
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