Revista
LUGARES Nro. 39
Pag. 62 - 67
Por: Soledad Gil
Fotos: Federico Quintana
REVISTA LUGARES
EL PEDREGOSO
En Epuyén comenzó nuestro descenso. Cierto es que lo de abajo y arriba
en materia de geografía es un error, y que subir y bajar -en términos
universales- no es más que una convención. Sin embargo, en la Patagonia,
nos invadió la certeza de que íbamos hacia abajo. En efecto; con el
descenso bajan también las temperaturas. Y será porque el frío lo
endurece todo, que la absoluta presencia de la nada y sus pocos detalles
se fueron haciendo más valiosos.
Enchastrados hasta la nuca de jugo de ciruela emprendimos junto a
Mario la ruta 71-258 en el mapa que conduce hacia Cholila.
El pequeño pueblo tiene algo. Tiene, por lo pronto, lo de siempre:
el almacén de ramos generales, la Casa de Piedra donde alojarse y
tomar el té, y la ya clásica Hostería El Trébol. Nos pareció advertir
además una intensidad distinta de la luz y un cierto halo de leyenda.
Basta saber de las temporadas que Butch Cassidy, Sundance Kid y Étta
Place pasaron en Cholila y espiar algunas de las fotos del lejano
oeste patagónico en la primera década del siglo para sentir una irrefenable
curiosidad.
Nos
convencimos todavía más después de conocer -a 15 km del pueblo y sobre
el lago Cholila- la Hostería del Pedregoso, noble heredera de la Hostería
Lago Cholila, del entrañable Pedro Torres.
María Silvia Ruiz está a cargo de este perfecto reducto para el descanso,
la pesca y la caricia gourmet patagónica a la hora de la cena. Está
emplazada sobre el mismísimo lago y en las nacientes del río Carrileufú.
Para llegar, es preciso dejar el auto en el "parking" antes del puente
colgante y atravesar los tablones movedizos por sobre el río Pedregoso.
La ubicación no atenta contra el servicio: en la hostería siempre
encontrará un botones improvisado o la misma "Chela" dispuesta a ayudar
con el equipaje, para llegar fresquísimo a la encantadora casa de
dos plantas amarillo huevo con techo gris de zinc.
Los tonos se funden lo más bien con los intensos verdes, marrones
y azules del altísimo cerro Dos Picos. Además, es un buen color para
quienes lleguen o salgan a dar una vuelta en ultraliviano, pues divisarán
la hostería enseguida. Por dentro, los grandes ventanales sobre el
lago, las chimeneas en cada habitación y el acogedor hogar del living,
le dan a la tranquilidad un clima tibio y tan benigno, que roza con
la paz total.
Los pescadores estarán aquí de parabienes. Se pescan truchas Arco
Iris y Fontinalis, perca y salmón. En el río, la devolución es obligatoria,
no así en el lago, excepto los salmones. Alquilan lanchas con guía
por medio día y día completo. Tienen canoas, y una sillas comodísimas
en el jardín que rodea a la casa, donde es irresistible el placer
de tirarse en plan lagarto al sol, libro en mano y sandwich de ese
pan casero que se imprimió en mi memoria casi casi como la magdalena
de Proust.
Los días en el Pedregoso parecen tener muchas más horas, o minutos
más efectivos. Cuando partimos dejamos atrás un recuerdo pintado con
los tonos de esa luz y ameno como nuestra estadía. |