Revista LUGARES Nro. 97
Pag. 56 - 61
Por: Archivo Lugares
Fotos: Nacho Calonge
REVISTA LUGARES
EL PEDRAL
Queda camino a Punta Ninfas, punto extremo del Golfo Nuevo donde nada más hay un faro que señorea sobre el acantilado. Si la geografía yerma de esta :conclusión terrenal es impactante, el casco de lo que fuera una productiva estancia del sur, tampoco se queda atrás. No es obvia su existencia y aunque en el mapa así lo aparente, llegar hasta allí implica seguir adelante cuando parecería que ya no quedan caminos por recorrer. E inesperadamente sucede: los ojos descubren esa morada increíble, la torre puntiaguda sobresaliendo entre la copa de los árboles, los techos en desniveles a dos o más aguas, los tirantes de madera a la vista. Señorío es lo que rezuma su arquitectura, exquisita e insospechada en este territorio áspero.
Fue cuando el siglo XIX expiraba que don Félix Arbeletche, oriundo de Endaya, País Vasco, llegó a Península Valdés junto con su cuñado Félix Olazábal, y se instaló en un paraje al que llamó La Cantábrica. Antes había trabajado de peón en Tandil; luego compró ovejas y, como era costumbre entonces, se las llevó arreando a Península. Mandó a buscar a su mujer, y así empezó una nueva vida que supo hacer próspera. No había sino motivos para sentirse feliz.
Muy distinto era el sentimiento que experimentaba María Olazábal, su mujer, para quien la severidad del paisaje mesetario no lograba doblegar el apego por su tierra natal, y el aire salobre del mar sólo acentuaba la nostalgia. El hombre no lo pensó dos veces; para acabar con la pena del desarraigo de
una vez por todas, primero ordenó que se plantaran pinos, después hizo elevar el terreno a pura pala, y encima fue cobrando cuerpo un caserón sustentado con materiales que llegaron de Francia. El diseño reproduce con minuciosa fidelidad el estilo de las mansiones del suroeste francés, pero, hélas, a sus 42 años María partió de este mundo sin llegar a ver la obra concluida. Don Félix no volvió a casarse y a su muerte, quedó La Cantábrica para su hijo Juan y El Pedral para Sofía, la hija.
Las tierras terminaron vendiéndose y de la estancia sólo quedó el casco, un bien preciado del que nadie quiere desprenderse. Tres generaciones después, no deja de convocar a la familia año tras año, especialmente en las fiestas de diciembre, y buena parte del verano.
Una de las actuales propietarias es María José González Bonorino, bisnieta de don Félix, casada con Wendt von Thüngen, argentino de padre alemán, perteneciente a una familia con estancia en Santa Cruz.
Wendt en persona se encarga de recibir y atender a los huéspedes. Va a buscarlos al aeropuerto, se ocupa de organizarles actividades, de guiarlos, y no se desentiende hasta que no los deja al pie del avión, enteros y satisfechos.
Por supuesto que caballos, trekking y mountain bike también son parte de la propuesta clásica. Pero salir a navegar es "el" programa que el hábitat pide a gritos, ya sea para el simple reconocimiento de estas costas poderosas con ocasionales avistajes de fauna acuática, en activa excursión de pesca, y para medirse con el esquí acuático. En cualquier caso, valdrá la pena hacerse a la mar.
Los más perezosos querrán no abandonar la casa ni por equivocación, con tantos ambientes por descubrir y con tantos espacios para disfrutar, dentro o fuera. En el jardín de invierno, en esa terraza impagable frente al azul infini
to, libro en mano o mente en blanco; en la placidez de las galerías y en el recoleto ámbito de la biblioteca donde se conserva, por ejemplo, una preciada colección de revistas editadas por La Anónima hace más de medio siglo.
En la cocina, mientras tanto, siempre hay algún joven gorro blanco -que se contrata cada vez que hay huéspedes- aplicado a preparar, a la chita callando, verdaderos mimos gourmet.
La casita de huéspedes original -la que siempre estuvo- se agrandó para poder recibir, actividad que iniciaron en el 2000. Tiene capacidad para 12 personas; los cuartos son pura sobriedad, muy agradables. Igual, nunca falta el visitante que pide vivir en la casa-casa.
Los que aquí recalan, son extranjeros en su mayoría, y sin importar procedencia ni nacionalidades, es norma establecida no mezclarlos.
Más de mil pasos separan este refugio inigualable del mar.
La playa es un pedral desmesurado, y no hay más que caminarlo hasta las olas para entender por qué la propiedad se llama así. Un universo de piedras lisas y colores intensos que las mareas cubren o descubren, según pasan las horas. Para llegar a El Pedral en vehículo propio, y una vez en camino por la ruta 6, hay que dejar atrás Bahía Cracker y hacer diez kilómetros más hasta una tranquera maltrecha, pasarla y recorrer otros tres campo adentro, bajar un barranco por una huella empinada en pésimo estado (es así adrede), y ahí nomás, a meros metros, está la entrada. Pero antes de largarse, mejor hable con Wendt.
|