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EL CORRENTOSO

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Le avisamos que durante la alta temporada (de octubre a fines de marzo) las reservas deben realizarse con una antelación mínima de 30 días.


VERSION EN INGLES
ARGENTINA
Revista LUGARES Nro. 93
Pág. 62-67
Por: Gabriela Pomponio


REVISTA LUGARES

EL CORRENTOSO



La desembocadura del Correntoso es un sitio privilegiado. Después de un brevísimo trayecto, el río se pierde en la inmensidad del lago Nahuel Huapi. Cada año, centenares de truchas han repetido el ritual de desovar en sus frías y cristalinas aguas. No es el único lugar en el mundo, pero se le parece bastante. A unos pasos, el hotel Correntoso custodia la boca desde que el Villa La Angostura era un sueño en los escritorios de Buenos Aires. Corrían los primeros años del siglo XX y el gobierno estaba empeñado en colonizar la región para detener el avance chileno. Fue una pensión, después una modesta hostería y a partir de la década del '50, un hotel que supo cultivar el glamour patagónico hasta finales de los '70. Después sobrevino una historia olvidable.
Su reciente reapertura despierta nuestra curiosidad y hacia allí partimos. Cuando llegamos no lo podemos creer. ¿Será otro o el que era, o los dos al mismo tiempo? Ahí está como ahora es, todo piedra y madera con un aire de modernidad que deja adivinar sin esfuerzo la silueta original.

Nuevos aires
Atardece cuando entramos al amplio lobby y enseguida percibimos la calidez de la lenga y el ciprés, compañeros inseparables de los interiores. A un lado del hall principal cuelga el gran mapa de época, todo un emblema de los años '50 Los ventanales son enormes, pensados para que la naturaleza patagónica y la luz invadan esos espacios privados, sin pudor. Subimos hasta nuestros cuartos y descubrimos una vista única hacia el azul cobalto del Nahuel Huapi. La tina, integrada a la habitación, nos tienta, pero nos resistimos y la dejamos para el final del día. Un rito que el hotel ha reeditado y con éxito, es la hora del té. Sentadas en el comedor que da al lago, disfrutamos de la ceremonia. A lo lejos, se distingue una bruma suave y transparente sobre la superficie del agua; más allá, los cerros cubiertos de lengas y coihues. Son el Dormilón, el Panguinal, el Macal y el Machete.
El servicio del té propone blends exclusivos. Kiki -la fotógrafa- se anima al Ro- yal Fruit, una mezcla de mango, papaya, durazno y flores de hibiscus, sobre una base de té negro. Yo voy por un clásico: el English Breakfast, una fórmula elaborada con cosechas Premium de la India, Ceilán y China, que resulta delicioso.
La repostería reconoce la mano experta de María Stewart, que prepara verdaderas exquisiteces para la mesa de la tarde. Elegimos tarta tibia de manzana y la inolvidable torta de brownies, dulce de leche y merengue. Eso sí, perderse los scones, puede ser el peor de los errores. Con la última luz crepuscular, caminamos hasta el embarcadero. Junto al lago está el antiguo almacén de ramos generales, que pronto se convertirá en el restaurante de los pescadores. De regreso, decidimos recorrer los interiores en los que aparecen rastros del pasado: son objetos remozados con talento y que, combinados con otros ajenos a la historia original, redundan en un sofisticado clima de sencillez y armonía.
Los dormitorios, 22 en total, conservan las puertas de alerce, y los respaldares de las camas. También están las enormes vigas de madera, con dimensiones imposibles de reproducir en la actualidad. Parte de la boiserie es reciclada; "achuelada" e intensamente oscura, se descubre en algunas áreas.
El living fue diseñado alrededor de la gran chimenea y reconoce múltiples espacios que crean la ilusión de intimidad. Hay muchas maneras de disfrutarlo, yo prefiero acomodarme en un sillón y dejarme llevar por la figura del lago que se hace presente desde todos los rincones.

Historia de un proyecto
Hace cuatro años -nos cuenta Alex Laurence, dueño y artífice del nuevo Correntoso- estaba pescando en la boca del río, cuando se tropezó con un sacerdote empeñado en las plegarias matutinas. Palabra va, palabra viene, el clérigo le contó que el hotel estaba a la venta. Ese encuentro casual cambió su vida; compró la propiedad y se aplicó a la ardua tarea de reconversión con su mujer, Andrea Cattáneo. "Quiero que tenga nuestra impronta personal", subraya Laurence, y los varios objetos traídos de su propia casa así lo confirman.
Fiel a su espíritu inquieto, Laurence concibió una estadía activa, por eso los huéspedes son inducidos a realizar una serie de programas al aire libre. Los hay para pescadores, para los que gustan de la navegación y una múltiple variedad antiaburrimiento.

Cuando la villa aún no era
La historia del Correntoso hay que rastrearla de la mano de don Primo Capraro, un inmigrante italiano que llegó a la zona en 1903.
El hombre se instaló en el entonces Paraje Correntoso, a orillas del Nahuel Huapi. Había comprado un lote pastoril de 625 hectáreas y no salía de su asombro: poseía más tierra de la que ocupaba su pueblo natal, en Belluno.
Pero Don Primo carecía de dinero suficiente para pagar los terrenos y debió compensar la deuda con mejoras. Trabajó con determinación, fue constructor, dirigió un aserradero y se dedicó a la navegación. Sus lanchas fueron de las primeras en transitar por el lago con pasajeros; entonces la única manera de llegar a La Angostura era por agua. El camino terrestre sólo se hacía vía Chile.
Así fue que Capraro se convirtió en el empresario más importante de Bariloche y sus alrededores.
El hotel comenzó en 1917 como una hostería modesta -dirigida por la esposa de Don Primo, Rosa Maier- en la que recalaban los que venían del país vecino o iban para allá. Para los lugareños era la "pensión de doña Rosa". Con los años y las sucesivas ampliaciones pasó a categoría de hotel y en 1924 recibió el primer contingente de turistas. El sitio contaba con piano de cola, todo un lujo en esos recónditos parajes. En la década del '30, Francisco, el hijo mayor de Capraro, y su mujer, doña Emma, se hicieron cargo del emprendimiento. Los huéspedes solían pasar como mínimo 20 o 30 días, atraídos por los impresionantes paisajes. Pescaban, se iban en lancha a visitar la isla Victoria, y organizaban almuerzos de campo o mesas de té en el Brazo Ultima Esperanza. En invierno, los más intrépidos, esquiaban en el cerro Dormilón, con excelentes pistas naturales.
La fama del hotel se acrecentó y para finales de los '50 era todo un referente de turismo de élite. Conservó su buen nombre hasta que la familia decidió venderlo, en 1978.

Día de estancia
Claudia, guía especializada, nos acompaña en una caminata por los alrededores del hotel. Entre explicaciones sobre la geografía y observaciones de la flora del lugar, llegamos hasta las playas del lago Correntoso, amarillas de tanta retama recién florecida. Después, desde el puente que cruza el río, comprobamos que la abundancia de truchas no es un mito.
A media mañana, Alex nos propone conocer la estancia Huemul, en la península homónima. Durante el camino, el bosque espeso de La Angostura da lugar a la estepa patagónica. La transición es tan evidente como agradable. Al llegar, abandonamos la camioneta para explorar los alrededores en bici. También puede hacerse a caballo, o caminando. La estancia tiene playitas encantadoras sobre el lago: una réplica de ese paraíso privado con el que todos fantaseamos. Se cree que en algún lugar hay un cementerio jesuita muy antiguo, pero nadie ha podido encontrarlo.
Al mediodía, nos convidan con jabalí ahumado y un asado de corderito patagónico, además de una rataouille (sabrosa mezcla de ajíes, berenjenas, cebolla y zucchini), hecha al disco. Un manjar.
La propiedad tiene un atractivo adicional, los ciervos colorados. Aunque son muchos, es difícil verlos. En tiempo de brama, los llamados amorosos de los machos estremecen toda la península.
Regresamos al Correntoso al final de la tarde, justo a tiempo para una copa. Nahim, el barman, conversa unos minutos con nosotras y ya sabe qué darnos. Me invita con un frozen de frutos rojos; no se cómo adivinó, pero es mi preferido desde que probé los daiquiris helados en Centroamérica y muero por ellos. A Kiki, la ve experimentada en tragos fuertes, y la alienta a probar la copa de la casa: una versión personal de un Gibson de Martini.
El comedor está abierto para quien lo quiera disfrutar. La cocina reconoce la impronta del joven chef Sebastián Guevara. Su recomendación: magret de pato relleno con chutney de peras. Es noche de luna llena y bajamos hasta la orilla del lago. El agua tiene ahora reflejos plateados y la silueta orgullosa del Correntoso se recorta sobre la oscuridad, empeñada en vencer al tiempo.




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