Revista
LUGARES Nro. 58
Pag. 50 - 53
Por: Soledad Gil
Fotos: Carolina Aldao
REVISTA LUGARES
EL CATEDRAL - EL CORAZON DE LA MOVIDA
Nadie
lo puede creer todavía. Hacía años que no había tanta nieve en la
base. Es un placer. Todo está en su lugar. Los objetos encuentran
su razón de ser. En vez de mirarse con cara de aburridos, los encargados
de los negocios se ocupan de palear la nieve cada día. La plaza Catalina
Reynal -el gran rectángulo donde las escuelas les dan sus primeras
armas a los más chiquitos- recobra sentido frente a los múltiples
letreros de "sólo esquís". Las aerosillas regresan vacías y las botas
son el calzado de rigor de la mañana a la noche.
"Si
no hay nieve los jardines son una depresión, porque como están pensados
para inviernos blancos, nadie pone flores, ni plantas, ni nada", nos
dijo Popa Gardiol, socia y encargada del salón de María y el Lobo
una de las grandes novedades de la temporada. Le creímos pero no tuvimos
manera de comprobarlo.
Cuando llegamos todo estaba tapado de la nieve
para la que parece hecha el Catedral. No nos fue fácil encontrar el
restaurante, pero según Felipe Comas -vocero del grupo- esa es una
de sus claves. Como la versión original de la Barra de Punta del Este,
el María invernal está semi escondido a unos metros de la iglesia,
al lado de la antena de la telefónica, en lo que en otros años se
llamó Protocolo.
Lo redecoraron completo en colores fucsias y azules
que contrastan con el blanco de los pinos nevados. Pero el touch son
los cuadros de Aldo Cattivelli quien completa junto con su mujer Claudina
Damonte el cuarteto fundador. La propuesta es una carta breve pero
muy surtida elaborada por el cordobés Emiliano D' Alessandro. Incluye
un wine bar con vinos Los Cerros de San Juan -uruguayos como el cuarteto-
y se complementa con el catering del Lucky Site, el flamante refugio
ultra moderno a la salida de la Aerosilla Militares -prohibido para
peatones- que la gente de María lleva adelante con Hernán Amorrortu.
Hay más novedades del lado de Alta Patagonia. Ernesto Schilling construyó
un restaurante de 140 metros cuadrados que aprovecha aún más la insuperable
vista del refugio Lynch: es una de las opciones preferidas de los
peatones -no tirabolas- que llegan por el cablecarril y un corto tramo
de aerosilla.
El otro clásico de esa zona, El Barrilete, también fue renovado por
Lía Petroccelli. Pero sigue siendo de acceso exclusivo para esquiadores.
En la base, siempre vigente con buenas pastas y parrilla están El
Rodeo y el patio de comidas del shopping Las Terrazas, a la salida
de la séxtuple.
Del lado de Robles, por su parte, cumplen nuevas temporadas el Tage
de la base y el de la telesilla de La Hoya, la confitería de Punta
Princesa y la de Plaza Oertle.
Una
verdadera noche de acción -mezcla de romanticismo y aventura- implica
anotarse en los programas de Ricardo Stemberg y su restaurante La
Cueva. Se llega sólo en moto de nieve, en un tramo de unos veinte
minutos por sendero bien marcado desde la entrada de la villa. La
cueva está a unos pocos metros de la pista Amancay, que Robles nunca
inauguré. La visita diurna incluye la aproximación hasta ese punto
y escalas para apreciar más el camino, la insólita arquitectura de
la cueva y la espléndida vista del lugar.
Pero de noche es otra cosa.
Por supuesto que no hay luz eléctrica y sólo cuando cae el sol cobra
ese aspecto de "caverna fashion", con farolitos y sol de noche, fondue
de queso hecha en horno de leña y el sonido de los troncos crepitando
en el hogar tallado en la propia roca. Este año, su sexta temporada,
tiene una novedad bienvenida: calefacción. Y vaya sistema.
Se trata de un motor a vapor portátil que servía para aserrar los
bosques. Se lo llevaba hasta el lugar, se lo cargaba de leña, se encendía,
se talaba el bosque y luego partía el Locomóvil -muy parecido a una
locomotora- con otro rumbo. Sólo alguien como Ricardo capaz de idear
La cueva podía concebir el locomóvil como sistema de calefacción.
Lo consiguió, tras larga búsqueda, en un aserradero de Esquel, y lo
trasladó con calculadas maniobras -y en verano- hasta el lugar que
hoy aparece cubierto por un metro y medio de nieve.
Funciona a vapor
a través de cañitos de cobre que atraviesan todo el ambiente por debajo
de los asientos -cubiertos con piel de oveja- y las roscas de madera
que cubren el piso. "Losa radiante de asiento", quién lo habría dicho.
Un consejo: no deje de ir al baño, aunque sea por curiosidad. Descubrirá
un inodoro que funciona con agua caliente (antes del locomóvil el
agua se congelaba) y una decoración digna de revista.
Para celebrar los éxitos -de por sí garantizados- de una semana de
esquí esta temporada, reserve una noche en el restaurante de Mallmann
en el Pire Hue. Eso, si no tuvo la feliz idea de alojarse allí y salir
con los esquís puestos todos los días, regresando "de cabeza" a la
pileta in-out que tienen en el spa. A veces pensábamos que los vidrios
que rodean la piscina los pusieron no tanto para evitar colados como
para impedir que los huéspedes se tiraran con los equipos puestos.
La decoración del restaurante es coherente con la del hotel, es decir
super ecléctica pero muy cálida: todos los muebles son de anticuario,
elegidos especialmente para cada rincón por su propietario José Noguerol.
Si
de pronto descubre que no puede despegarse de tal mesa, que tal rincón
es ideal para leer, que se "cuelga" mirando siempre por esa ventana,
sospeche.
Parece casual pero está todo calculado. Especialmente en estos días
en los que hay nieve mire para donde mire. Y lejos de ser monótona,
entretiene, ejercita, divierte. |