Revista LUGARES Nro. 38
Pág. 44 - 51
Por: Julia Caprara
Fotos: Federico Quintana
REVISTA LUGARES
DIA DE BALLENAS
Puerto Pirámides es un pueblo de casas bajas desparramadas sobre la
Bahía del mismo nombre que mira al Golfo Nuevo. Tiene menos de 150
habitantes y todos se dedican al turismo. Es uno de esos lugares en
el mundo en donde la población animal supera a la humana. Alrededor
todo es Península de Valdés.
El Istmo Ameghino -35 km- es su nexo con el continente. En su parte
más angosta mide unos 7 km, punto desde el que se aprecian los dos
golfos, el Nuevo al sur y el San José al norte. La entrada al istmo
está delimitada por una barrera y más adelante está el Centro de Interpretación,
stop obligado para aprovisionarse de material gráfico e informativo.
Cuando la llegada de las ballenas acontece, no hay como instalarse
en Puerto Pirámides. Desde aquí parten los operadores autorizados
para el avistaje de estos cetáceos que llegan en mayo y se quedan
chapoteando hasta mediados de diciembre. En las inmediaciones las
playas se ven coronadas por acantilados -bardas- que semejan pirámides,
aprisionando entre sus pliegues millones de años de vida marina fosilizada.
Al pasado ganadero de la aldea le siguió, a principios de siglo, la
explotación de dos salinas; embarcaban la sal en el antiguo muelle
después de traerla por un tren de trocha angosta. Ahora su supervivencia
depende del turismo, nos ilustra Guillermo Sar Olazábal, descendiente
de Félix Olazábal, pionero y terrateniente que llegó a la Península
en 1897.
Pinino
se gana la vida embarcando turistas en su lancha para acercarlos hasta
donde retozan las bestias grandiosas. Y con él fuimos, Federico y
yo, en procura de espectáculos en el mar. Un petrel gigante, seguramente
ya adaptado a la dádiva de la galletita, se acerca en busca del alimento
fácil. Pinino instruye sobre el método de las agujas del reloj para
localizar ballenas sin errarle; en lugar de gritar ¡alláaa! sin saber
dónde queda allá, da la hora: ¡a las nueve!, ¡a las once! o a la que
una aleta anuncie llegado el momento. Cuando esto ocurre, Pinino apaga
motores y el silencio cunde. Todos miran hacia la hora señalada. A
la primera aparición, se van sumando otras y otras. Las ballenas gozan
y los mirones miramos. Dos machos, a veces más, persiguen a una hembra.
Ninguna zafa. Amarse, en el reino animal, es multiplicarse. Vientre
contra vientre, él abajo y ella encima. Cuando la hembra dice no,
sólo tiene que ponerse ociosa: panza arriba. Los machos tratarán de
hacerla girar, confabulados en una difícil misión llamada "comportamiento
cooperativo", única forma para asegurarse de que todas sean debidamente
fecundadas.
Moles descomunales, extrañas, que largan alientos en chorros de agua
vaporizada. Las ballenas, curiosas ellas, deslizan sus 15 metros -uno
menos si es macho- debajo de la embarcación en una exhibición perfecta,
ejercicio que a los humanos nos impresiona bastante. ¿Y si volcamos?
Pero no.
Son la mar de mansitas. A menudo regalan a la platea saltos admirables,
se elevan en vertical sacando todo su cuerpo afuera y caen con un
ruido que puede oírse a varios kilómetros. Por
largo rato dejan la aleta caudal erguida fuera del agua como una metáfora
triunfalista. Y después, inmersión total.
La ballena franca austral fue declarada Monumento Natural. Se calcula
que el 20 por ciento de la población mundial llega a las costas de
Chubut. Gabriela Moreno Raiti -guardafauna del Istmo Ameghinoasegura
que todavía es muy poco lo que se sabe sobre estos bichos. Se arriman
a Valdés quizás por la calma y temperatura de sus aguas. Se piensa
que van a la zona subantártica por las grandes concentraciones de
krill y plancton, sus únicos alimentos que filtran a través de sus
barbas o ballenas: recuerde que no son dientes. Cuando tienen necesidad
de mares más cálidos aparecen en Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda
o por las islas del Pacífico sur. Otra incógnita son las callosidades
que lucen en la cabeza, ceja y mandíbula. Son engrosamientos de la
piel y los traen al nacer, característica típica de las ballenas francas.
¿Porqué se llaman así? "Porque se cree que son francamente cazables",
apunta erudita Gabriela. "Son muy lentas en su natación y cuando mueren
flotan; esto permite a los cazadores trabajar sobre el cuerpo antes
de embarcarlas." Sobrevolarlas esto da una experiencia. Lo hicimos
en un Stynson 1947 cuatro plazas de lona color rojo fuego. Bordeamos
la costa a una altura que variaba entre los 150 y 200 metros de altura
mínima obligatoria, pero perfectamente adecuada para ver las ballenas
desde el aire. Había un montón, y se distinguían muy bien las parejas
en el mar. Lo más agradable de la avioneta de Popeye, es que se puede
abrir la ventana en vuelo. Federico, encantado de la vida.
Valdés ocupa 3.625 kilómetros cuadrados y sus playas son un hervidero
de elefantes y lobos marinos, pingüinos, gran variedad de aves, riquísima
fauna que anualmente se da cita en este paraíso austral. Toda la Península
es Reserva Natural. Tierra adentro en la semiaridez esteparia, despunta
una flora hecha de molle, jarilla, piquillín, quilembay, algarrobito
y una mata que llaman brasilera. En ella se guardan choiques, matas,
guanacos, zorros grises y flamencos. Vida salvaje en estado puro,
muy vulnerable. Se mira y no se toca.
En Punta Norte vive Roberto Bubbas, guardafauna investigador de orcas,
personaje cuestionado por su técnica de llamarlas con su armónica.
Tiene estudiados más de 20 ejemplares que llegan de visita cada tanto,
y su método no falla: el hombre se acuartela en la orilla, pela armónica
y las enigmáticas orcas nadan hacia la seducción de su música. Estos
cetáceos también portentosos, sí tienen dientes. Llegan de marzo a
abril hasta Punta Norte para alimentarse de bebés de lobos y elefantes
marinos. La técnica que emplean para capturarlos se llama "varamiento",
que consiste en acercarse con sigilo a la playa, barrenar y sglup.
Las orcas paren una cría cada siete años y sólo tienen cuatro en toda
su vida. Se mueven en pequeños grupos.
El camino sigue por la costa
rumbo sur hacia Caleta Valdés y los acantilados de Punta Delgada,
último apostadero de elefantes marinos donde se decide la territorialidad
del grupo. Los machos entablan peleas impiadosas. Las hembras por
su parte, que llegan preñadas del año anterior, cumplen con el esfuerzo
de ser madres y en diez días máximo entran otra vez en celo olvidándose
por completo de sus crías, después se van y no vuelven hasta la próxima
vez. Para alimentarse los elefantes se sumergen a mil metros, comen
hasta hartarse, energía que necesitarán para reproducirse y mudar
de piel en tierra firme. En este tiempo ahorran todo esfuerzo y se
quedan tirados como sacos en las rocas.
En Punta Loma, Madryn, se nuclean más de 400 lobos marinos de un pelo.
Habitan por aquí todo el año y tienen una corta migración entre apostaderos
dentro del Golfo Nuevo y la Península. Los machos, mucho más grandes
que las hembras, tiene melena y también se pelean fiero; establecerse
con un harén de diez hembras no debe ser fácil. |