REVISTA LUGARES N. 82
pag. 54 al 71
Por: Soledad Gil
Fotos: Federico Quintana
REVISTA LUGARES
DE CHILOE A BAHIA MALA
Basta mirar en el mapa para darse cuenta de que es selva fria y mar. Un mundo aparte, hecho de archipiélagos pescadores, pueblos peatonales y la lluvia que perpetra el verde de la selva austral.
Palafitos. Tejuelas. Trasbordadores. Mejillones. Fiordos. Estamos del otro lado. No hay cómo omitir el carácter marino de la Patagonia chilena. Pero no es sólo eso: de pronto hay vacas, hay césped, hay carteles. La primera impresión al cruzar Puyehue es la de una región económicamente productiva. También encontramos hotelitos, encanto, color, si bien se nota que aquí los lunes no son iguales a los domingos. Tenemos muy poca información previa, una imagen de Chiloé que incluye una casita de madera de techo colorado que echa humito mientras una nube envuelve el agua oscura. O era que llovía? Decidimos dejar que el lugar nos diga si existe tal cosa.
Mientras tanto, en Osorno nos perdemos entre los puentes de tantas rutas que se cruzan. Pagamos dos veces el peaje hasta encontrar el camino hacia el Llanquihue. Después de recorrer unos 53 km nos alegramos de haber llegado a Puerto Octay. Es el primer contacto con un pueblito, y la verdad, nos gusta. Dice la guía que el nombre le viene de "donde Ochs hay": Octay. El tal Ochs tenía un almacén, claro. Y parece que tenía de todo... También menciona un museo del Colono, pero nos tienta más el cementerio alemán. No por necrófilos ni religiosos, sino por la vista: es la mejor del Osorno. Pienso que casi da gusto morirse si lo van a enterrar a uno ahí Se ve el lago azul, azul, azul y la silueta triangular del volcán con esa cumbre siempre nevada.
Seguimos hacia Frutillar bajo, un pueblito de inspiración alemana que se desparrama a los pies del Llanquihue y que tiene la misma, pasmosa vista del Osorno. Es ínfimo, apenas unas diez calles, pero muy bonito. Y se nota que lo saben, lo cuidan y lo explotan. Parece un placer quedarse en cualquiera de los hoteles que miran para allá, o sentarse a tomar el té, o caminar por esa cuidada costanera. Debe ser. Pero nos quedamos con la duda. Vamos a dormir a Puerto Montt.
PUERTO MONTT
No sabemos dónde, pero sabemos que no queremos parar en un hotel grande e impersonal, tipo "habitación 1500, piso 15". La ciudad tiene ese montón de casitas que se descuelgan de las laderas de las montañas sobre el mar con olas. Estamos en el Pacífico, ¡queremos verlo! y comer pescado. Damos un par de infructuosas vueltas por el centro y desistimos. Cansados, nos metemos en un barrio con más onda "casitas" diciendo "no puede ser que no haya un hotel más chico...." y aparece Viento-Sur. Eureka.
Exactamente lo que buscamos. Objetos, colores pastel, terraza y un restaurante donde nos atienden bien y se come muy rico. Al día siguiente, desayunamos como reyes y partimos hacia Angelmó, el famoso mercado de Puerto Montt. Ese sí que es todo lo que nos imaginamos y más. Están los piures, mariscos bien colorados que cuelgan secos y cosidos en largos collares; el curanto en olla y el caldillo de mariscos, dos brebajes humeantes que huelen bien y se venden como pan; los congrios y las almejas. También están los carabineros y los puestos de artesanías donde venden pulóveres fucsias y verdes y amarillos, los títeres de madera y los veleros miniatura. Verdadero color local. Nos cansamos de sacar fotos sin probar bocado.
Están acostumbrados. Pero se ve también que están trabajando y que sólo pescados y mariscos les importan, no las fotos, ni los turistas que las sacan. Qué bueno.
Antes de tomar el trasbordador hacia Chiloé, vamos a merodear por Chinquihue, a empaparnos más del carácter marino y urbano que Puerto Montt lleva tan junto, tan hecho piel. Encontramos otro sector hotelero y de restaurantes que tampoco parece mal. Visitamos un par de lugares y ahora sí, encaramos hacia Pargua, desde donde parte el ferry a Chacao, la primera localidad de la isla chilota. De 6 a 24, hay uno cada 10 minutos y de 24 a 6, cada media hora. Demora unos 30 minutos en llegar y nos cuesta unos $6.500, aproximadamente u$s 10.
CHILOE.
Desembarcamos con un nudito en el estómago. No disponemos de muchos días y queremos entrar en todas las localidades de Chiloé. Que son muchas. Ancud, Castro, Quemchi, Chonchi, Quellón. Y hay un montón más. Ancud aparece mucho antes de lo que pensamos. Son sólo 27 km. Y cómo no, si la isla en total tiene 180. Es la segunda más grande de Sudamérica, después de Tierra del Fuego. Cumplimos con la visita al mercado artesanal, pero nos interesamos más por el Polvorín del Fuerte San Antonio, construido en 1770.
Dice la guía que fue la última guarnición donde flameó la bandera española en Chile, el 19 de enero de 1826 y la penúltima de Sudamérica, pues seis días más tarde cayó la de El Callao, en Perú. Chiloé sí que tiene historia. El Perito Moreno de Chiloé fueron los jesuitas dos siglos antes: ellos llegaron a Castro en 1608 y su tarea evangelizadora fue un verdadero éxito. De hecho, conocer las iglesias chilotas implica un viaje aparte. En total, hay más de 150. Claro que no todas son de aquella época, pero las hay, como la de Achao, y muchas otras que fueron iniciadas por su orden y quedaron inconclusas cuando los echaron del continente, en 1767.
Su arquitectura, las torrecitas de madera y las paredes de tejuela son una de las cosas para ver, iconos del lugar y tema de estudio para los profesionales del mundo entero. Parece que no hay muchos ejemplos de ese tipo de construcciones en el siglo XVIII. Definitivamente, las diferencias no son sólo naturales.
A medida que avanzamos, el contraste con nuestra imagen -por no decir pálida idea- se hace mayor. La ruta 5 la única y principal que atraviesa la isla es angosta, de dos manos, pero toda pavimentada. Circulan camiones de los grandes, hay estaciones de servicio... El trazado entre Ancud y Castro data de 1781. En Chiloé viven más de 130 mil personas. No sé qué nos esperábamos. Y sin embargo, no puede decirse que haya perdido el carácter insular, interior de pueblitos pesqueros. Aún siendo uno atrás de otro, son eso, pueblos. Todos de madera, con su mercado artesanal, sus hotelitos y algún museo donde reafirman la identidad, asociada justa mente con la madera, la artesanía y el mar.
Así, atravesando las ondulaciones del terreno -que no superan los mil metros, aunque nos imaginábamos más alto llegamos a Dalcahue. De aquí parten las excursiones a Quinchao, una de las islas más pobladas del archipiélago, y el camino a Achao desde donde se visita la isla Llingua, conocido centro de cestería artesanal. Aunque vinimos para ver el mercado y erramos el día -bastante variable- resolvemos dormir en Dalcahue para conocer Castro al día siguiente. No nos queda mucho tiempo. Un llamado a Transmarchilay nos confirma que hay un solo transbordador hacia Chaitén por semana y es otro día por la noche. La línea pespunteada que figura en el mapa y que conecta Chaitén desde Chonchi hace ocho años que no opera ese servicio. Chonchi es puerto de carga. Les regalaría una goma a los que hicieron el mapa.
Salimos de Dalcahue bien temprano y la mañana nos descubre observando las casas sobre paIafitos a la entrada de la capital chilota. Castro recuperó el título -que le había robado Ancud en 1788- recién en 1982, pero hoy lo detenta con orgullo.
La catedral de San Francisco es un buen ejemplo. Se me caen las medias al descubrir semejante iglesia toda revestida en madera de piso a techo. Con razón no se ven muchos árboles en el camino, pienso.
La guía habla un poco del desmonte y de la importancia de la madera en la economía regional. También cuenta sobre el Parque Nacional Chiloé, a donde se ingresa por Cucao, uno de los pocos poblados al oeste en esta isla donde todo se ha establecido al este. Lo leemos mientras almorzamos en Años Luz, casa de chapa amarillo furia que resulta ser un hallazgo.
Dentro el ambiente es de lo más agradable y tiene una barra hecha con la ! punta de un gran bote que es de lo más original. Está decidido: a la tarde iremos a Cucao. Pero antes, un pequeño lujo que sólo podemos darnos en la capital. ¡Un café que no sea instantáneo, por favor! Nos vamos a tomar express al otro lado de la plaza. El nescafé en estas latitudes es un hábito del que no somos devotos.
Ahora sí estamos listos para la aventura. La sola idea de que sean unos 35 km de ripio y sin tránsito, nos entusiasma. Pasamos antes por Huillinco, otro pueblo de casas de tejuela en el que descubrimos a Simón, personaje de melena rubia que está haciendo piruetas en el muelle. Tiene cara de gringo, es hijo de alemanes, pero vive en Chiloé desde chiquito. No cumplió los 15 años y ya es ídolo indiscutido.
Nos internamos en el camino que bordea las aguas casi negras del lago Huillinco. El día está un poco nublado y hay un aura de misterio en el aire.
Tras un alto en las cabañas Puquelahue para arrepentirnos cristianamente de no haberlas conocido antes, seguimos hacia Cucao.
Encontramos algún que otro bote de pescadores, arrayanes florecidos, unas cabañas y varios letreros del Parque Nacional.
Esto es otra cosa. Tampoco es lo que nos imaginamos, pero se nos antoja mejor. Jamás habría dicho que este extremo sobre el Pacífico podía ser así, sin acantilados, ni peñascos. La sorpresa me deslumbra y dejo que me envuelva. De repente me acuerdo de Valizas, en Uruguay. Mil veces más chico, más lejos de la playa, pero con esos colores y esa magnífica luz. La vegetación es totalmente diferente. Aquí también hay médanos, pero les crecen unas especies de pangues, nalcas o ruibarbos, no sé qué son, pero son tan grandes que las vacas se camuflan en su grueso y pinchudo follaje. En definitiva, un lugar rarísimo, en el que nos quedaríamos felices. Pero tenemos que llegar a Quellón para tomar el trasbordador. No es cuestión de radicarse en Chiloé.
EL PANGUE
El viaje hasta Chaitén demora unas siete horas. Dormimos en la camioneta para protegernos del frío y el viento, que son muchos. Bajamos cuando recién empieza a clarear, o es una forma de decir, porque para variar, en Chaitén llueve. Y cuánto. Tenemos la espalda rota y muchas ganas de café.. Pero aquí están todos durmiendo todavía. Es muy temprano, de modo que resolvemos avanzar.
Ah, estas son las montañas que imaginábamos antes de salir. Estaban acá. Finalmente. Verde, nubes, lluvia y cordillera. No hay mejor síntesis de la carretera austral. También hay desmonte y restos de incendios, pero el verde domina la escena. Un tronco caído es un documental de la National Geographic: lo habitan cientos de insectos minúsculos, plantas microscópicas, líquenes, musgos.
Y hay cientos y miles, como para detenerse delante de cada uno a observar tonos, texturas y formas. En Villa Santa Lucía conseguimos un vecino solidario que nos abre la puerta para que tomemos café. Buen día. Cargamos combustible en La Junta y nos arrimamos a nuestra escala más austral en este viaje: las cabañas de El Pangue, el tesorito de Heidi Barentin y Ramiro Calvo a orillas el lago Risopatrón. Creo que si Rossana Acquasanta no me hubiese dicho que entrara, jamás habría ido y ¡lo que me habría perdido! A saber:
- El muelle que se interna en el lago, justo donde bajan abruptos dos cerros que forman una V de la más perfecta Vista que uno pueda añorar.
La comodidad de sus cabañas, todas bien distribuidas en un área parquizada donde es un placer caminar, cruzar puentecitos, practicar fly cast en el estanque o jugar con los gatos, perros, chanchos, llamas, entre otros ejemplares de granja que los Calvo tienen en el jardín.
- Los jacuzzis exteriores que están justo sobre el lugar más correntoso del río Risopatrón, donde abundan los pangues que le dieron nombre al lugar y donde uno se bañaría hasta fruncirse como uva pasa.
La senda que se interna selva adentro a lo largo de los tres kilómetros, más monocromática y maravillosamente verdes que uno haya visto jamás.
- La simpatía de Heidi y Ramiro.
- Para ir abreviando ya, la buena cocina casera y el entorno glorioso de los ríos Palena, Figueroa, Rosselot y Ventisquero, entre muchos otros detalles.
Almorzamos con Heidi mientras nos divertimos escuchando cómo sus cuatro hijos se las arreglan para no alejarse mucho -a pesar de los estudios en Santiago- de su querido lugar.
EL YUNGUE Y BAHIA MALA.
Esta vez es Federico Quintana el que tiene un buen dato. Su amigo belga Hubert Gosse está por inaugurar unas cabañas de lujo en Bahía Mala, al sur del pueblo peatonal de Raúl Marín Balmaceda. Yo miro el mapa. ¿Y cómo se llega?, le digo azorada. Por agua, claro, me dice. No me alcanza la imaginación para pensar cómo será Bahía Mala, justo frente a la Isla Refugio, bastante cerca del archipiélago de las Guaitecas.
Esa noche, Juan Carlos, el encargado de Lago Yungue, la otra propiedad del grupo belga Burco sobre el río Palena, relata anécdotas de su infancia en la región.
Escucho atenta las historias que hablan de buzos que "cazan" locos poniendo en peligro su vida, de la madera de ciprés de las Guaitecas, de los brujos que viven en la isla Repollal. Nos cuenta de los lobos marinos, los albatros y los delfines. Me entusiasmo. Dicen que uno no sueña con lo que no concibe previamente y a mí, esa porción del mapa, no me entraba en la cabeza. Pero la vida te da sorpresas, y vaya sorpresas te da la vida.
Al día siguiente, la vista del río Palena desde mi habitación en el Yungue me conquista del todo. El día no está despejado y los 45 minutos de bajada del río, más los 45 minutos de mar me tienen un poco amedrentada. Pero no voy a arrugar ahora.
Una yunta de bueyes lleva nuestra versión de equipaje reducido hasta la lancha. Cruzamos el Palena y avanzamos en camioneta por el camino que están construyendo hacia Raúl Marín.
Ahí nos espera la embarcación hacia un verdadero viaje de aventuras, no apto para quienes le teman al agua: si el mar está bravo, el barco puede sacudirse lindo. El nombre -no es que los quiera intimidar-, viene de esa maldad, justamente, con la que tanto colabora el clima (hay quienes dicen que llueven 300 de los 365 días del año).
A nosotros nos toca uno de esos. Pero llegamos y me alcanza con ver dónde están emplazadas las cabañas y a un par de toninas nadando juntas desde la playa para relajarme por completo.
El cielo cubierto y los tonos oscuros de la selva impiden ver más allá. Hubert nos habla de islas y parajes que no llegamos a distinguir entre las nubes. Mañana será otro día. Sale Febo, alabado sea. Es como un milagro: quien consigue estar en Bahía Mala con un día de sol, pasa a considerar un contrasentido absoluto ese nombre, puesto que no hay lugar más inofensivo y benigno al espíritu. Playas de piedra sobre un mar calmo -pacífico por fin; cabalgatas para perderse en el monte o la posibilidad para montañistas o amantes del buen trekking de lanzarse al glaciar del volcán Melimoyu, que también se divisa en los días claros.
El viaje en esas condiciones hasta Raúl Marín Balmaceda, el poblado de 400 personas que está a 45 minutos de Bahía Mala, es el antónimo del martirio del día anterior. Me siento una mezcla de Cousteau y Colón, navegando entre islotes donde descansan los lobos marinos y las aves, y rodeada por delfines que nadan junto a la embarcación y se pasan de un lado a otro a toda velocidad.
Almorzamos en Raúl Marín en un restaurante que no nos esperaba, ni a nosotros ni a nadie. Aislado como está, no tienen muchas visitas por estos lares. Sacamos unas fotos en el muelle, tratamos de encontrar más delfines y desandamos el camino, mar, río, ripio, Yungue.
Al otro día, la camioneta bien cargada y en tierra firme, nos despedimos del Palena y encaramos dos largos días de ruta. Para no perder la costumbre de los buenos paisajes, volvemos a casa por una de las mejores puertas que tenemos, el paso Futaleufú, abierto hasta las 20 horas.
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