Revista LUGARES Nro. 96
Pag. 70 - 75
Por: Ana Schlimovich
Fotos: Federico Quintana
REVISTA LUGARES
CHILLAN EN VERANO
Famoso por sus aguas termales, el resort chileno mantiene el buen nivel de su oferta hotelera y las actividades al aire libre. A los programas del rappel, escalada, cabalgata, trekking, y mountain bike, suma descenso a cierta mina de carbón e incursiones a las viñas y sus vinos.
Son casi las nueve de la noche y la luz del día no parece que vaya a retirarse por un largo rato. La ladera del Volcán Chillán brilla en pleno diciembre, despojada de la abundante nieve que la cubre durante el invierno. Desde la amplitud del ventanal de mi habitación se aprecia un paisaje pródigo en montañas y bosques frondosos que cubren diez mil hectáreas.
Las piscinas y baños termales del Gran Hotel completan el panorama, absolutamente prometedor. Aquí, a 480 km al sur de Santiago y a 1.650 metros de altura, en un verdadero spa natural, el resort Termas de Chillán combina a la perfección buena vida con una saludable propuesta de actividades. El volcán se encarga de liberar vapores azufrados y volcar aguas termales que llegan hasta el hotel por un eficiente sistema de desniveles.
Estas aguas balsámicas, repletas de propiedades curativas y relajantes, colman las distintas piscinas. Las hay cubiertas y al aire libre, equipadas con camas de agua, jets de hidromasaje y fuentes. Pero de todas las variables, ninguna puede superar la del baño termal nocturno, hundido hasta el cuello, con las estrellas como techo, a esa hora en la que el mundo duerme.
En minibus se accede al Parque de Aguas, donde hay cuatro piletas más, un tobogán acuático y juegos para chicos. Más arriba, trekking mediante, se llega a las mismísimas fuentes de azufre que brotan de la ladera del volcán; sólo hay que arrimarse a los densos vapores emergentes y untarse de pies a cabeza con un fango claro que casi no huele, y deja la piel reluciente y suave.
Los indolentes que no quieran dejar el hotel ni por casualidad, sólo tienen que recorrer la planta baja para elegir con qué terapia van a entretenerse: hidro(terapia), fango (terapia), talaso..., maso..., aroma..., reiki, shiatsu, y un largo etcétera. Los resultados, doy fe de unos cuantos, son maravillosos. Por ejemplo, disfruté muchísimo de la reflexología y los masajes relajantes que me prodigaron las benditas manos de Beva; y de¡ -para mí novedoso- tratamiento desestresante de la aromaterapia: 30 minutos dentro de una cápsula sensorial vibratoria, a una cálida temperatura, con suaves sonidos de agua y pájaros, música y perfume a lavanda.
Comprobé que tales tratamientos disuelven, efectivamente, el estrés, pero no el apetito, que más bien tiende a aumentar. En el restaurante Shangri-lá arman largas mesas que llenan de manjares para el buffet. Machas, picorocos -un crustáceo delicioso, típico de Chile-, salmón, truchas, gran variedad de pescados de mar y frutos de ídem, fresquísimos, traídos de Puerto Montt y Concepción, integran el elenco de las gourmandises estelares.
Además de los quesos, frutos secos, carnes, ensaladas y vegetales de estación. Si tiene dudas con la elección del plato principal, escuche las recomendaciones del maitre, Patricio Badillo: filete de mahi mahi -pescado oriundo de la isla de Pascua- con velouté de cilantro y quenelles de papa, congrio con salsa margarita, pierna de cordero rellena... Los golosos ya pueden ir reservándose para la pantagruélica mesa de postres que despliegan a modo de glorioso final. Una nutrida carta de vinos en la que destacan excelencias chilenas a valores de tembleque, cierran la propuesta gourmet del Gran Hotel.
Repasar la lista de actividades es tan cansador como intentar agotarlas en la práctica. Squash, tenis, golf de seis hoyos -a mediados de febrero está previsto la inauguración de tres más-, clases de aquaeróbica y stretching, tai-chi, yoga, caminatas de oxigenación, rappel y escalada en roca, bici, cabalgata, y hasta paseos organizados por el equipo de animación, como el que hicimos a la Gruta de los Pangues, ese yuyo descomunal chileno dado a brotar en los húmedos hábitats precordilleranos.
La ruta del vino
Más allá de los límites del complejo, uno de los paseos posibles es recorrer viñedos en el Valle del Itata, en la VIII región chilena, al sur de Chillán. Anote, de paso, que en esta localidad hay dos atracciones interesantes: el Mercado, uno de los más grandes de Chile, y la Escuela México, donde se conserva el mural que pintó el mexicano David Alfaro Siqueiros en 1941, durante su exilio en Chile.
En cuanto a la ruta del vino, propuesta novedosa del resort, todavía falta afinar detalles. En síntesis, se trata de visitar algunas de las bodegas que se guardan en el valle; primero se llega a Casas de Giner (el recorrido se realiza de la mano del enólogo Juan Ledesma), bodega que por más de 70 años se dedicó a la producción de vinos a granel. La finca colonial (1890), que parece salida de un cuento, incorporó en 1995 el cultivo de cepajes finos de Cabernet Sauvignon, Syrah, Merlot v Chardonnay; de los vinos obtenidos, la casa propone una degustación dirigida.
La segunda etapa del itinerario es la comuna de Bulnes, sede de Viña Tierra y Fuego, bodega de nueva estirpe (1999) perteneciente a tres suizos, aplicados a la elaboración del Dolce Vita, un vino licoroso exquisito, amén de otros vinos finos que se exportan prácticamente en su totalidad. La visita puede culminar con almuerzo en el restaurante de Tierra y Fuego. Tercera y última parte: la localidad de Quillón, donde se producen en forma artesanal vinos y licores de la zona.
De vuelta al resort, no hay más que darse un soberano remojón en sus piletas termales, de manera que toda huella de los excesos del día quede borrada por siempre jamás. El agua bendita de estas montañas obra también ese milagro purificador.
Á la mina de carbón
Lota, en lengua mapuche, significa pequeño pueblo. Así se llama el que surgió sobre la costa del Pacífico en 1662 bajo el nombre de Santa María de Guadalupe, enclave elegido por la familia Cousiño, la más acaudalada -dicen- de Sudamérica en el siglo XIX, para la explotación del carbón. De la próspera actividad dan fe los parques y palacios que también supieron construir. Hoy, uno de ellos es sede del Museo Histórico. El espacio verde más relevante es el Isidora Cousiño, 14 hectáreas que reúnen más de 350 especies traídas por la dama homónima de los lugares más remotos del mundo.
También se dice que Lota fue la primera población chilena en tener luz eléctrica, por un proyecto elaborado por el propio Thomas Alva Edison, y un año después de la invención del teléfono, ya había uno funcionando allí. La empresa de los Cousiño arrancó en 1852 y duró hasta 1970, año en que pasó a manos del estado, hasta que en 1997 cerró.
El Chiflón del Diablo es una mina que desde hace cuatro años está abierta al público. Tiene 800 metros de profundidad y 11 km de túneles que se adentran en el mar. Con el clásico casco minero bien calzado, y la guía de Jorge Calabriano, se realiza el descenso, en una jaula, hasta 40 metros. Es una experiencia escalofriante, tanto como los relatos de Jorge, que conoce la mina desde los 11 años, edad en la que empezó a trabajar.
Con la gracia de quien ha superado lo acaecido, el guía cuenta que llegaron a ser 2.400 los mineros; a cambio de cuatro fichas de paga por quincena -dos para ropa y dos para comida- tenían que llenar, cada uno, 20 carros de 500 kg de carbón en 14 horas. Convivían con el peligro de desprendimientos y explosiones causadas por los escapes del gas grisú que, hasta 1980 -año en que se introdujo el metanómetro- era detectado, a veces a tiempo, por un pajarito atado a una vara: si éste moría, es que había gas.
La excursión concluye en la localidad de Chivilingo, donde se estableció en 1897 una central hidroeléctrica, cambiando para siempre la historia de la industria del carbón en Chile. Y pegadito a esta central está el Casino; lugar en el que comían los trabajadores y ahora lo hacen los turistas. La cazuela de jaiva con queso parmesano es una delicia. Saboréela después del pisco sour, como debe ser.
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