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VERSION EN INGLES
ARGENTINA
REVISTA LUGARES Nro. 13
Págs.: 24 - 35
Texto y Fotos: Guido Chouela


REVISTA LUGARES

CHAPELCO, EL ESQUI PLACER



CHAPELCOLas pistas se abren paso entre bosques encantados y miran a una lontananza acaso eterna, de lagos y picos nevados que provocan un horizonte deslumbrante. Más alta que ninguna, la punta del gran volcán, el Lanín, se corona con un círculo de nubes, como si el firmamento canonizara tanta imponencia. La presencia del Lanín se siente: pero también se lo ve nítidamente desde casi todas las pistas altas.
"Esto es calidad de vida", me dice Nelson Williams, director de la escuela de esquí del Cerro, mientras respira hondo el paisaje desde la cumbre de El Filo. "¿Y podés creer que hay gente que no lo aprecia?". Desde donde estamos, el punto más elevado de la montaña, igual que desde la punta de El Teta; se admira no sólo el horizonte que da hacia el Lácar y el Lanín, sino también -no hay más que darse vuelta- los fabulosos relieves escabrosos de la precordillera, que asemejan un océano petrificado en la tempestad.
CHAPELCOEl bosque es de lengas, muchas de ellas más que centenarias y todas con sus crecidas barbas del diablo, curiosos líquenes que dan misterio a los árboles y -contra lo que se suele pensar- no son una enfermedad forestal, sino un producto de la extrema pureza del aire. "Hace poco, unos alemanes se llevaron algunas barbas a su tierra -me comenta un patrullero, compañero de viaje en aerosilla-: querían saber cuánto aguantaban adentro de una fábrica". De hecho, los medios de elevación son panoramas móviles, ideales para observar -además de los porrazos de los esquiadores- las figuras encantadas que se forman en el bosque y los copos de nieve sobre las ramas, que cada tanto se precipitan como si fueran las tortas de crema de Los Tres Chiflados.
CHAPELCOEs la fascinación del paisaje, es el poder de la naturaleza, lo que forja la experiencia vital del esquiador, y en Chapelco se vive la montaña. Es cierto -como insisten los folletos- que es lugar apto para el esquí alpino y el nórdico, el monoesquí, el snowboard y el de fuera de pista. Pero sobre todo -me permito agregar- lo que ofrece es esquiar disfrutando, disfrutándolo todo.
El cerro está plagado de caminitos, de sosegadas travesías entre los árboles que llevan de una pista a otra y también a ciertos sitios especiales. Los ansiosos de velocidad y pendientes abruptas se aburren en estos meandros, pero a los disfrutadores les encantan. De la cumbre a la base hay 5 kilómetros de pistas, cinco telesillas, cinco pomas y una cabina ultramoderna. Remozados, los medios de elevación no provocan esperas y maximizan el tiempo propio del esquí.
CHAPELCOLas pistas de Chapelco son, ciertamente, de las más tranquilas que hay en nuestro hemisferio, y esto las hace ideales para iniciarse: los debutantes no se ven confinados a una o dos pomitas, sino que deambulan a gusto por gran parte del cerro a poco de intentarlo. Por esto, y porque está alejado del estilo de los centros show off, es el lugar ideal para ir con chicos o en grupo. Las pistas más fáciles se desarrollan desde la base hasta algo más de los 1600, donde hay una encrucijada de caminos que igual permite aventurarse a El Filo -ya más bravo- que tomar una silla cuádruple hasta el Teta. Salvo un corto cañadón que obliga a respirar hondo y acelerar -si no se prefiere subir a pie la fatigante pendiente-, el recorrido de El Teta no ofrece dificultades. Y el premio es una vista increíble y la posibilidad de llegar -aunque sea en los últimos días, cuando el público de ski-week se siente más seguro- al Mocho y la bellísima Pradera del Puma.
CHAPELCOPero bueno: también tiene Chapelco pendientes y pistas para desafiar al más guapo: La Pala, la del Patrulla, la del Tobogán. Por ejemplo, para ir a La Pala hay que poner sobreaviso a los patrulleros, o bien pedirles compañía directa, que es uno de sus servicios. "Fijáte que fueron los austríacos los que convirtieron en alpino el esquí nórdico", me informa El Gringo Reviriego, del staff de la escuela: nació en San Martín de los Andes, pero su pelo rubio le ganó el apodo. "Nosotros enseñamos la técnica austríaca -explica- y eso nos da una coherencia". Las características de las pistas se suman a la calidad de los profesores para hacer de la escuela un organismo muy efectivo. Una de las tantas travesías del cerro conduce a Los Techos, soñado conjunto de cabañas que asoma de golpe cuando se baja por El Caminito. Este lugar es una de las opciones para almorzar (un crocante asado) y la única posibilidad de alojarse en el cerro mismo, experiencia de lo más recomendable que permite despertarse con los esquíes puestos y seguir y seguir esquiando, con alguna pausa, hasta la última hora del día, para disfrutar finalmente desde las alturas la puesta del sol, que es un espectáculo fantástico. También se puede almorzar -ya no dormir- en la Pradera del Puma, vía aerosilla de El Teta, donde una cabaña reúne a los más cancheros en mesas de pizza y champagne.
CHAPELCOEn el Rancho de Manolo, encrucijada de las pistas de Los Italianos y la del Bosque, se junta la muchachada a escuchar a los Rolling Stones y otros astros del hard rock. El bautismo del rancho es un homenaje al venerable personaje que fue maestro, en San Martín de los Andes, de los pioneros del esquí, y que todavía -ya pasados sus 80 años de edad- sigue esquiando como si nada:
quienes vivieron aquellos tiempos, cuando se subía a la montaña para hacer un único descenso diario, cuentan que Manolo los cargaba al hombro -literalmente- en la Cuesta del Indio.
El Refugio Graef, en el centro del cerro, también nos remite a la historia de Chapelco: tiene un restaurante de comidas rápidas (delicioso su locro) muy frecuentado por los tomadores de sol y está pegado al viejo refugio, que no es otra cosa que la casa fundacional que un pionero alemán alzó en los años `40. Actualmente semienterrada en la nieve, la casita de herr Graef exhibe una enigmática chimenea con varias puertitas, por las que se salía al aire libre en las mañanas muy nevadas. "Me acuerdo de una vez que estaba cuidando unos cuarenta chicos -cuenta Berta Campos, de rasgos aindiados y profundos, también pionera del lugar-: fue tanto lo que nevó esa noche que tuvimos que salir por la puertita más alta". Por aquellos tiempos, Manolo fabricaba los esquíes con madero de lenga o cedro, y los adelantados criollos se largaban como podían y a la buena de Dios. "En 1965 instalaron la primera silla y todo empezó a cambiar -cuenta El Gringo-: muchos campeones argentinos salieron de Chapelco, como Willy Reynal, Quito y Nancy Astete, Mario Alvarez y Marisol Ibáñez, entre otros".
Según parece, en la decisión de elegir Chapelco como centro de deportes invernales no pesó tanto la calidad de su nieve -que la había mejor en otros sitios- como su paisaje y la cercanía de San Martín de los Andes, un pueblo que ahora se debate entre sus rasgos de ciudad moderna y su ánimo de aldea de montaña, sin que esto afecte su atmósfera de lugar muy especial. San Martín se extiende en un lugar privilegiado, la cabecera del Lácar, y es la población patagónica que más creció en los últimos años. "Se agranda a la velocidad de un hongo, en pocos años duplicó su población estable", confirma la intendente Luz Sapag, asidua esquiadora. "Muchos que nos visitan como turistas terminan convirtiéndose en nuevos pobladores -dice-, pero tratamos de que este crecimiento no lastime nuestra identidad montañesa".
CHAPELCO Con esa intención empezaron a surgir casas pintorescas, hechas con materiales de la región, que se asemejan a las de la Patagonia chilena: paredes de madera pintada y techos de tejuelas de alerce, que es lo mismo que decir artesanales. Taco Rey, un arquitecto porteño que -como tantos hijos de la gran ciudad- quiso echar raíces en la tierra austral, cree que Alejandro Bustillo, "en su etapa del sur, su etapa más coherente", plantó las bases de un estilo que se complementa con "las corrientes alemanas del sur de Chile": ahora, dice, "se trata de volver a cierta armonía y hacer una arquitectura del entorno". "No puedo vivir sin estética", proclama el chef de El Raulí, Luis Etcheverrygaray, otro porteño feliz de su éxodo: "El jabalí se alimenta de piñones y el ciervo adora ciertas hojas y ciertos colores -explica-: es lo justo servir todo junto". Una variedad de hoteles y restaurantes, bares cálidos y muy frecuentados a la noche, comercios que ofrecen de todo un poco -incluyendo dulces, conservas y otras delicias regionales-, y hasta un cine de estrenos, resumen las posibilidades de San Martín de los Andes, feliz complemento ciudadano de las bondades de Chapelco.
CHAPELCOY entretanto, en Chapelco, la nieve sigue invitando. El campeonato nacional de Snowboard, el Intercolegial de Esquí, el Triatlón, el Pentatlón y la ya famosa Fiesta del Montañés -que tiene lugar al principio de agosto., con bajadas de antorchas, competencias de hacheros, saltos, demostraciones y enormes fogatas- son algunos de sus hitos. Pero sin coincidir con la fiesta, quien quiera participar en una bajada de antorchas puede hacerlo cualquier miércoles, con sólo llegar al Refugio Graef y esperar -truco o backgammon mediante- que la noche cubra el cerro: y entonces hará una bajada tan maravillosa, tan fantasmagórica y relumbrante, que ya no podrá olvidar a Chapelco.




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