Revista LUGARES Nro. 56
Pag. 94 - 101
Por: Soledad Gil
Fotos: Gustavo Castaing
REVISTA LUGARES
CHAPELCO Y SAN MARTIN
No hay como la cumbre más alta de Chapelco para sentirse cerca del Lanín. Una semana entera es la dosis perfecta de nieve, montaña y ejercicio.
Llegar en vuelo directo al aeropuerto y alojarse en una habitación calentita o una cabaña que lo aguarda con el hogar encendido.
Abrir las maletas, preparar y ajustar el equipo y esperar a la mañana siguiente para lanzarse a las pistas... de esquí, claro. El primer día a pleno: de arriba abajo cada minuto. A gastar las ganas de esquiar contenidas durante todo el año. Y al otro día, un dolor de piernas, de espalda, de músculos ...de todo, que sin embargo no doblega el entusiasmo.
Salir por la noche, atiborrarse de ahumados, patés y truchas en La Tasca y Mendieta, hacer amigos, encontrarse en la Pradera del Puma al otro día, bajar la cumbre del cerro Teta, gastar las horas hasta que cae el sol y elegir un restaurante de pastas como Pionieri o la cocina étnica de Avataras por la noche. Así, a puro esquí y diversión llega indefectiblemente la última jornada de un ski week que rinde como dos.
Deporte, aire puro, música, baile y un montón de calorías de las más ricas hacen de Chapelco uno de los destinos más sensatos del universo de la nieve: por su aeropuerto, sus caminos asfaltados, la completa infraestructura y todos los servicios de la villa a sus pies, San Martín de Los Andes es uno de los preferidos argentinos. Literalmente, Chapelco es la razón de ser del invierno en la comarca neuquina. Los esquiadores se adueñan del lugar y hacen rodar su buen humor en el trazado regular de sus anchas calles.
En pleno centro, en la esquina de San Martín y Elordi, el Centro de Atención de Chapelco recibe consultas y expende pases para medios de elevación, clases de esquí, reservas de equipos. Un alto en ese vértice urbano es la mejor forma de llegar a la base, dejar el auto y tener todo listo para dedicarse a lo más importante: la diversión en sus múltiples versiones. Si anda a pie, desde la terminal de ómnibus a una cuadra de la costanera, dos empresas de micros tienen servicios de traslados hacia y desde el Cerro Chapelco.
Pero si un día le da fiaca, todo le duele demasiado, o va simplemente en carácter de consorte y ni se le cruza la idea de calzarse los esquís, también está en el lugar indicado. Un paseo por el Lácar -el lago propio de la villa-, las vidrieras de la avenida San Martín -especialmente Origen, La oveja negra y Raíces- y la cascada Chachín son parte de las alternativas que excluyen el plano inclinado. Para llegar hasta allí, es preciso tomar la excursión a Hua Hum de día completo que zarpa a las diez de la mañana.
Es ideal para conocer los bosques de araucarias -el árbol de la provincia del Neuquén- siguiendo los senderos nevados, con el rumor del agua de fondo. El particular sonido de las suelas de los borceguíes sobre la nieve aviva el paso de la gente y confirma la intensidad del silencio circundante. Una versión más breve -de sólo medio día- implica embarcarse en el paseo a Quila Quina, conocido enclave mapuche que hoy se ve enaltecido por la presencia de flamantes casas de veraneo. Se trata de loteos que cautivaron a sus dueños con los altísimos árboles de la zona y pronto hicieron de ella una agradable área residencial, en la que los mapuches conviven con los vecinos más ricos del lugar.
En el cerro, mientras tanto, a las propuestas clásicas del esquí y el snowboard se suman las motos de nieve, el snowshoeing -caminatas con raquetas-, los trineos tirados por perros y las cabalgatas por el bosque, entre otras actividades.
En todos los casos, el blanco domina la escena y la respiración agitada con "humito" es sinónimo del entusiasmo contagioso de la gente que llega en dulce montón apenas caen los primeros copos. Son adoradores de la nieve de todas las edades: familias, amigos, parejas y hasta solos y solas. Todos están ansiosos por subir, por llegar, por llenarse los pulmones de ese aire puro, fresco. En esquís, en tabla de snowboard, con maestría o a los tumbos, como puedan... Es la magia de Chapelco: es apto para todos los públicos, con todos los niveles de habilidades y la parafernalia entera que el esquiador exige en estos días.
Clases individuales y grupales, guardería y escuela para niños, primeros auxilios, refugios, restaurantes... Este año, además, sumaron un Plan Familiar con descuentos del 10% al primer hijo y del 20% al segundo en los servicios de pases, equipos y clases, si viajan con uno o ambos padres. Además, la temporada baja se extiende hasta la primera semana de julio y se estrena la escuela de snowboard, para convencer a los teenagers de animarse con uno de los deportes más "en alza" en materia de nieve. Basta dar una vuelta por esas pistas, reparar en la edad promedio de su público y los pantalones anchos, de tiro bajo, para entender que los snowboarders son los más cancheros de cualquier centro invernal.
Entre las novedades de la villa, por su parte, se anota el Redbus, un ómnibus de doble altura al mejor estilo Londres que ofrece city tours diariamente desde la Plaza San Martín. Además, los precios han bajado sensiblemente no sólo en el cerro, sino también en hotelería y restaurantes. Este año la presentación de la credencial de medios será suficiente para ser beneficiado con descuentos de hasta el 20% en alojamiento y comida.
Si a eso le suma la gran cantidad de cabañas -ya sea tanto al pie de las pistas al estilo Los Techos o más alejadas pero de primer nivel como Paihuen, plus la oferta inmensa de diferentes categorías con las que se ha poblado la villa en las últimas temporadas- y que permiten economizar bastante, dejando las salidas a comer afuera para ocasiones especiales, resulta que un ski week ya no es aquella vacación de lujo de otros años.
Para agendar, en el calendario 2000 se anotan las ya clásicas Ocho Horas de Chapelco (una carrera non stop, con la participación de las mejores parejas de esquiadores nacionales y representantes de los Estados Unidos, Austria y España) que se correrán el 2 de julio; y las veladas de los viernes que prolongan la jornada en la pista 63 iluminada, comiendo en Antulauquen y emprendiendo finalmente el descenso en telecabina o en la emotiva bajada de antorchas.
Por último, a la hora de volver el tiempo parece haber volado. Igual que al hacer slalom, al dejarse llevar por los trineos de perros o al hacer piruetas en el half pipe con la tabla de snowboard. El vértigo de la nieve. Basta con una semana para vivirlo a pleno.
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