Revista LUGARES Nro. 58
Pag. 46 - 49
Por: Soledad Gil
Fotos: Carolina Aldao
REVISTA LUGARES
CERRO BAYO EN FAMILIA Y CON BUENOS PRECIOS
Nieva. Los copos se acumulan en silencio sobre el suelo; se disuelven sobre el lago. Los charcos se congelan. Al revés que las olas y su constante vaivén sonoro, la nieve absorbe todo tipo de ruido. Las pisadas se hunden en la superficie y retardan su existencia mucho más que en la dupla exuberante de arena y mar.
Así es el invierno cuando nieva. Y hay que aprovecharlo.
Villa La Angostura se parece más a como era al principio. Un pequeño pueblo a orillas del Nahuel Huapi. La construcción no se detiene, ni aún con el rigor del frío. Será la falta de visibilidad, o que la gente se recluye más en su casa, pero algo disimula las dimensiones estivales.
Mientras tanto, las novedades no podrían ser mejores. Waldhaus, el restaurante de Gastón y Betina
Mulás marcha viento en popa con su cocina de inspiración germano-patagónica y su decoración cálida a la que el frío le sienta tan bien.
Las jovencísimas Sol y Guadalupe Montes mudaron la deliciosa cocina de Las Tres Caracolas de Bariloche a Las Lomas del Correntoso.
Lo decoraron super cálido y andan muy cancheras manejando con solvencia la carta que incluye crepes, fondue, truchas y un logrado lomo a la frambuesa. Desde el menú y en el salón ambas despliegan una dulzura contagiosa que conjuga perfecta con la amabilidad ya conocida del Lomas.
Esta vez nos alojamos al pie del lago, en Puerto Manzano, en una de las cabañas del complejo Punta Manzano. Son impecables, construidas en dos plantas, aprovechando los desniveles del terreno. Aunque parezca exagerado, la palabra "complejo" no le va chica: son sólo tres, pero
cada una es un mundo, y nos demostró que la Villa está creciendo bien, sólida, orientada a la gente que quiere vivir la Patagonia sin privarse de nada.
En ese sentido se anota también Naranjo en Flor. Flamante hostería de ocho habitaciones, abrió a fines de enero de la mano de Federico y Florencia Luque. Muy bien decorada, la arquitectura privilegia los espacios amplios y la vista al lago. El nombre es otro mérito en este rincón en donde todo se llama
"manzano". Vale preguntar por qué. La respuesta vino de Federico, joven ultrapelirrojo -detalle no menor- que nos explicó: "yo soy el naranjo, y ella es la flor", por el nombre de su mujer. Florencia, además, estudió cocina en Europa y con el sueño de la hostería está cumpliendo el del restaurante propio, que constituye toda una promesa.
Este año, el desvío de la ruta 231 que indica "Cerro Bayo 6 km" tiene más sentido que nunca. El camino
hasta la base abriga en cada curva una historia de sudor -mucho sudor- y quienes conocen a Jean Pierre Raemdonck saben de ella. El Bayo es el desvelo de este belga incansable que llegó en moto en 1960 y se mudó a La Angostura al año siguiente. Fue presidente del Club Andino del '74 al '84 y en esos años vislumbró la posibilidad de hacer en La Angostura un centro de esquí.
El Bayo tiene la medida de sus posibilidades que son muchas: de hecho fue él quien convenció a algunos pudientes socios de Cumelén de hacer la "vaca" con la que compraron el poma inaugural. Consistía en una rueda de camión en la base y otra de motocicleta como retorno. La aerosilla principal a cota 1500 llegó recién en 1990. Desde entonces, cada año han instalado un nuevo medio.
Esta temporada, se trata de una silla que va hasta 1200 y permite utilizar las zonas con más nieve, especialmente cuando los inviernos no son tan generosos como éste. Para el año que viene ya está proyectada la instalación de una quinta actosilla que reemplace al T-bar de la cumbre. Entonces, el acceso a las pistas provinciales -una zona enorme y magnífica pero que hoy obliga a unos 15 minutos de caminata- incrementará la zona esquiable para deleite de los expertos, y ampliará la asombrosa panorámica del lugar.
Por lo demás, el secreto del Bayo sigue siendo su familiaridad. Para ponerla a prueba, evalúe el entusiasmo que cualquier chico manifiesta tras una tarde en la escuela Los Copitos, la tranquilidad de los padres que esquian felices sabiendo que ningún novato snowboardista atropellará a su pequeño, o pregúntele a Lalo Bengoa por qué siendo correntino acompaña hace diez años a Jean Pierre en la aventura de ver crecer al Bayo.
A que la respuesta se parece a la de Rocky Marciani, director de la escuela de esquí, quien trabajó varios años en Catedral y hoy no cambia este cerro con 30 instructores por los 300 de la temporada alta en Bariloche por nada del mundo.
Lo mismo que Raúl, el fotógrafo y maestro escultor de muñecos de nieve... No son pocos los que se han puesto la camiseta del Bayo. Hay que estar ahí para entenderlos.
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