Revista LUGARES Nro. 95
Pág. 118-123
Por: Gabriela Pomponio
REVISTA LUGARES
MARE AUSTRALIS
POR LOS CANALES FUEGUINOS
De Ushuaia a Punta Arenas, por la intrincada ruta marítima que vincula ambos océanos.
Una navegación que en otros tiempos solía terminar en naufragio y hoy es un excelente programa, a bordo de un crucero de lujo.
Ibamos a viajar hasta el fin del mundo. Y la idea de navegar el sur-sur del océano Atlántico para llegar al Cabo de Hornos, nos entusiasmó desde el primer momento.
Durante siglos, el sitio fue el desvelo de los marinos más audaces. Rodeado de aguas encabritadas, se convirtió en el desafío de unos cuantos valientes empeñados en encontrar el bendito paso entre los dos océanos. Entonces señalaba el límite de la tierra conocida, después la nada.. . Ése era nuestro destino.
La travesía tenía algo de novela de Julio Verne, pero en lugar del viejo Nautilus nos esperaba el Mare Australis, un increíble crucero que navega a todo lujo al sur de Tierra del Fuego.
Hora de zarpar
Es una tarde soleada y estamos en Ushuaia, listas para partir. Nos esperan cuatro días por los canales fueguinos hasta la ciudad de Punta Arenas.
Nos acomodamos en el camarote y vamos hasta cubierta para ver cómo nos
alejamos de la costa y la ciudad de Ushuaia se hace cada vez más chiquita. El barco es un verdadero hotel flotante, con cuartos amplios y agradables. Además, están las salas rodeadas de ventanales donde uno puede disfrutar del paisaje helado mientras saborea una copa.
El Mare Australis cuenta con 63 cabinas y puede transportar 175 pasajeros. Fue pensado para la aventura. Todos los días, el equipo de exploración organiza bajadas a tierra con diferentes excursiones. Mauricio, Víctor, Rodrigo, Igor, Francisco y Nina son los encargados de guiarnos durante el derrotero. También hay un programa con charlas informativas que precede los desembarcos, para aprender un poco de todo lo que hay que saber: historia, geografía, anécdotas de los primitivos habitantes, y hasta una introducción a la fauna y flora del lugar.
Desde Ushuaia navegamos por el canal Beagle. Anochece cuando llegamos frente a Puerto Navarino; después la ruta conduce hasta bahía Nassau.
Nos vamos a dormir temprano pensando en el amanecer.
Segundo día
Las primeras luces nos descubren el perfil rocoso del archipiélago Wollaston. Avanzamos un poco más y aparece la isla Hornos. Es un promontorio de piedra oscura, donde las matas y las gramíneas apenas pueden crecer, azotadas constantemente por el viento.
El mar, de tan azul es casi negro. Lo imaginamos enfurecido, con vientos de 250 km por hora y olas de 6 metros de altura. Así lo encontraron hace dos semanas los tripulantes del Mare Australis; así lo habrán padecido los 800 navíos que naufragaron en sus costas y ahora duermen en el fondo del mar.
Pero hoy el día es increíblemente calmo. Abrigadas como osos, subimos a los Zodiacs y tras un breve trayecto saltamos a tierra. La brisa es suave y fría: todo un regalo para nuestra caminata.
Avanzamos al encuentro de Héctor Andaur, el alcalde de mar. Él y su mujer son los únicos habitantes de toda la isla. Están acostumbrados a la soledad, y sólo reciben las visitas esporádicas de los cruceros y los veleros empeñados en llegar a la Antártida. Héctor representa al gobierno chileno y es el encargado de controlar el tráfico marino en esas lejanías.
Vamos hasta el faro y luego entramos en la pequeña capilla.
En el otro extremo de la isla, hay un monumento con la figura de un albatros -un pájaro que según la tradición lleva el alma de los marinos muertos- y en este caso recuerda a todos los navegantes que se animaron a cruzar el cabo de Hornos. Fue construido por la Cofradía de los Cap Horniers, una antigua institución que congrega a los hombres que, alguna vez, enfrentarom a vela estas tormentosas aguas. Allí, hay una vista magnífica de los acantilados. A lo lejos se presiente la unión del Atlántico con el Pacífico. Estamos a 55 ° de latitud sur y a sólo 1.000 km de la Antártida.
Regresamos a desayunar y como hay buen tiempo, nuestro barco se da el gusto de navegar el sur del cabo rumbo al oeste, por el mar de Drake, un privilegio poco frecuente.
El próximo destino es bahía Wulaia, en la costa oeste de la isla Navarino. El sitio tiene su historia. Cuentan que allí el capitán Fitz Roy, descubridor del canal Beagle, encontró a cuatro indígenas y se los llevó a la corte británica con la intención de "civilizarlos". Uno de ellos era Jimmy Button, un yámana que subió al barco inglés a cambio de un simple botón; de él se cuentan increíbles historias. Cuatro años más tarde, en 1833, Fitz Roy los devolvió a su tierra y estableció en bahía Wulaia la primera misión anglicana. Esta segunda expedición tenía un integrante de lujo: Charles Darwin.
Llegamos antes del atardecer. El lugar hace honor a su nombre, que en yámana significa "bonita" y ahora, al fin de la primavera, luce todo de verde. Algunos aseguran que era un sitio sagrado. Aquí, los varones de la tribu cumplían con el rito de iniciación para convertirse en adultos. Es curioso, pero el secreto que se transmitían celosamente de generación en generación, consistía en una serie de técnicas para someter a las mujeres. Sí, sí, leyó bien. Al parecer éste era un tema central de la cultura yámana, que, en sus inicios, había sido un matriarcado. Según la tradición, con el tiempo, los hombres lograron hacerse del poder y debían mantenerlo a toda costa.
Con esa curiosa idea en la cabeza, desembarcamos. A unos pocos pasos encontramos un conchal, una especie de "basurero" donde los indígenas arrojaban sus desechos, y hoy es una buena referencia para presuponer la ubicación de las viviendas. Caminamos por un bosque de lengas y guindos hasta un alto donde se puede ver el mar. Allí nos quedamos un buen rato observando la caprichosa geografía de la costa, que parece dibujada sobre el agua por un cartógrafo profesional. De regreso, la gente del Mare nos sorprende con un bar improvisado en la playa; hay chocolate caliente, café y algunas bebidas espirituosas para contrarrestar el frío. La cena nos espera a bordo. José Gómez, el chef, nos tienta con las delicias de su cocina que abundan en frutos de mar. Más tarde nos reunimos para tomar nota del mejor pisco sour y de algunos otros tipismos de la coctelería chilena como la vaina y el pichuncho.
Tercer día
Las primeras horas de la jornada las pasamos a pura navegación. Es el momento ideal para conocer el barco. En el puente de mando nos recibe el capitán Enrique Reiman Franken. El nos muestra los sofisticados aparatos que controlan la embarcación y luego nos enseña la carta de navegación.
A la tarde, y después de recorrer los intrincados canales en la costa occidental de Tierra del Fuego, llegamos al seno Chico donde está el glaciar Günther Pluschow. La costa está cubierta de hielo y es imposible desembarcar. Ahí nomás, el Mare pone dirección al glaciar Piloto y, en menos de media hora, estamos allí.
El cielo color plomo anuncia la tormenta y enseguida comienza a llover. Nos ponemos los trajes de agua y bajamos a los gomones para recorrer el fiordo encajonado entre acantilados de piedra oscura. El agua tiene un tono esmeralda y junto a la costa se convierte en una sopa con témpanos que flotan aquí y allí. Nos detenemos frente a una cascada de agua glaciar. El silencio es profundo. Unos cormoranes nos miran como a intrusos, apoltronados sobre sus nidos cónicos. Cuando llegamos al pie del glaciar Piloto, para de llover y la masa de hielo turquesa nos deja pasmadas. Nos cuentan que el color depende de la cantidad de burbujas de aire que encierra esa masa de hielo. Regresamos con la última luz de la tarde.
Cuarto día
Durante la noche avanzamos por el Estrecho de Magallanes. Es el último día a bordo y nos levantamos bien temprano para conocer la isla Magdalena. En ese lugar abundan los cormoranes, las gaviotas y las bandurrias; a veces es posible encontrar lobos marinos de uno y dos pelos. Pero el rey es el pingüino de Magallanes. Son 60 mil parejas que llegan cada año para cumplir la ceremonia del apareamiento, siempre con el mismo compañero. Al bajar los encontramos atareados, empollando y reconstruyendo el nido. En el camino nos cruzamos con decenas de ellos que bajan hacia el mar, tambaleándose, de riguroso smoking. Regresamos. Nos quedan unas pocas horas hasta Punta Arenas y las pasamos en cubierta para despedirnos a puro mar de esos lejanos parajes.
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