Revista LUGARES Nro. 68
Pág. 50-55
Por: Julia Caprara
REVISTA LUGARES
BARILOCHE
Algunos cuentan que, en 1895, Carlos Wiederhol fue el primero en instalar un almacén de Ramos Generales, pero que recién en 1902 se le dio carácter fundacional a la villa con el nombre de San Carlos de Bariloche: Carlos en homenaje a Wiederhol y Bariloche por una deformación de Vuriloche, voz mapuche que significa gente diferente o del otro lado.
Lejos está la actual ciudad de aquel romanticismo y de la concepción que de ella tuvo el arquitecto Bustillo, en 1936, con la calidez de la madera y la piedra autóctona imprimiéndole carácter de villa alpina. No obstante la confusión edilicia, perduran algunos tesoros emblemáticos de la época como el Centro Cívico, la Capilla de San Eduardo y el impresionante hotel Llao Llao. Pero por encima de todo Bariloche sigue siendo la cuna del esquí para los deportistas "de toda la vida", fieles a sus espectaculares pistas.
Es cierto que durante la temporada los locos de la nieve no salen de la villa del Catedral, a 18 km de la ciudad, pero también es cierto que no son pocos los que adoran cultivar el rito gourmet o rastrear compras interesantes. Para este punto intermedio entre esquí y vida urbana, no faltan las buenas alternativas de alojamiento confortable. A sólo cinco minutos del centro, sobre el km 2,5 de la avenida Bustillo, Villa Huinid es un comodísimo referente que permite aunar esquí con vida nocturna. Contrariamente a lo que se tiende a imaginar, Huinid no es voz mapuche sino una fusión de nombres de sus antiguas dueñas, Winifred y Enid Meelboon. Las cabañas -rodeadas por un frondoso parque- son amplísimas, con la calidez que asegura la losa radiante y una vista increíble del lago.
A la hora de comer en el centro, los paladares refinados tienen oportunidad de medir sus exigencias en el clásico Kandahar, bajo la dirección de Marta Peirano y su hija, Violeta. Pocas mesas, un touch de casa paqueta, una carta con especialidades como la sopa de rosa mosqueta o los ñoquis rellenos de queso y albahaca con salsa de aceitunas, buena carta de vinos y precios razonables. Amantes de la fondue, no pueden pasar por alto a Chez Philippe, con su entrada de ratatouille y las codiciadas morillas.
La gente de cervecería Blest estrenó Pilgrim, un "celtic pub" sobre la calle Palacios, en donde incluyen una ecléctica combinación de platos irlandeses y tapas ibéricas. La Familia Verkys ha dejado El Boliche Viejo, sobre el río Limay y ha instalado Tarquino en pleno centro, manteniendo la calidad de sus carnes a las brasas. Por su parte la familia Weiss -la de los célebres ahumados patagónicos- también cambió de dirección el restaurante homónimo a la vez que lo amplió; ahora está en la esquina de Palacios y O'Connor. Días de Zapata, atendida por auténticos mexicanos que sirven platos de su tierra, es la gran novedad en el centro, muy exitosa por cierto: está siempre a tope.
Camino a la península de San Pedro y después de una agitada jornada de subidas y bajadas por las
blancas laderas, siguiendo el contorno del lago por la misma avenida Bustillo, El Boliche de Alberto -km. 8,8- sigue ofreciendo buena parrilla; también tiene sucursales en el centro. Unos kilómetros más adelante está la cervecería Blest, alto obligado para darse un atracón de ahumados locales con la rica cerveza de la casa, que elaboran en apreciables variantes.
Ya en la península de San Pedro, dos ítems: Villa Alpina que propone ambiente de montaña inserto en una chacra orgánica, ideal para almuerzos domingueros, y el Llao Llao, ese hotelazo que se despliega majestuoso sobre la bahía sumando lujo y goces gourmet para fanáticos de la buena vida.
Un somero recorrido por la ciudad y los alrededores lo llevará a descubrir la habilidad de algunos artesanos locales. Gustavo Amadeo realiza trabajos en madera y su tema son los pájaros de todo tipo. Alejandro Jurczuk también se dedica a la madera autóctona pero con otra temática: paisajes y figuras.
Daniel Nico pone su creatividad en el hierro fundido mientras su mujer, Silvina, elabora chocolates caseros. Y están las postales y fotografías de un casi anónimo Federico Bechis, verdadero captador de imágenes locales.
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