Revista LUGARES Nro. 47
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Por: Julia Caprara
Fotos: Carolina Aldao
REVISTA LUGARES
BALLENAS
El primer día casi no nos detuvimos en Trelew. Nuestro plan original era dedicarnos exclusivamente a las ballenas y estábamos ansiosas por lograr el primer contacto. Apenas llegamos, entonces, salimos hacia Puerto Pirámide, a unos 170 km de la ciudad.
Puerto Pirámide es el único lugar poblado de la Península Valdés. El centenar y medio de habitantes de la villa se dedica al turismo, que llega de todo el mundo para ver de cerca uno de los espectáculos naturales más conmovedores: la ballena franca austral, que entre mayo y diciembre se arrima en grupo a este sector de la costa patagónica por razones más bien imprecisas, relacionadas con su necesidad de alimentación y su ciclo reproductivo.
Ni ballenas ni turistas faltan al show: con puntualidad, unas y otros llegan cada año en mayo y van creciendo en número hasta hacerse multitud en octubre, cuando la temporada llega a su punto más activo.
Minutos después de cruzar el Istmo Ameghino, que une la península con el continente y forma el Golfo San José al norte y el Golfo Nuevo al sur, llegamos a Puerto Pirámide y nos embarcamos en un catamarán que nos llevaría al encuentro en altamar.
El catamarán navegaba literalmente a los tumbos sobre el mar furioso del Golfo Nuevo en busca de las ballenas. Por fin aparecieron. Emergieron enormes, oscuras, igual que submarinos, el agua escurriéndoles sobre el lomo. Mi primera sensación fue de envidia, al verlas moverse con cómoda suavidad, mientras nosotras nos agarrábamos de donde podíamos, sacudidas de aquí para allá por
el fuerte oleaje.
Por momentos parecían no animales, sino prodigiosos dispositivos mecánicos, algo así como reproducciones artificiales de Disney para divertir turistas, moviéndose con mansedumbre
sobre la superficie. Ocasionalmente, arrojaban sus increíbles chorros de agua atomizada estilo aerosol. O se sumergían y dejaban erguida fuera del agua la cola con su aleta caudal. El aire se llenaba entonces de exclamaciones de admiración y disparos de cámaras fotográficas. Pero el número más celebrado del show eran los colosales saltos: las moles de l5 metros de largo y varias toneladas se elevaban verticales y caían sobre el agua con un estruendo audible a kilómetros de distancia.
Luego de la excursión de avistaje -que se prolongó durante una hora o más- y antes de emprender el camino de regreso a Trelew, tuvimos en tierra otro tipo de contacto con lo marino: los increíbles calamares a la plancha que Mumo prepara y sirve en las mesas del Paradise, la próspera hostería y restaurante de Pirámide.
Lewis ya no vive aquí. La historia de Trelew comienza en l862, cuando los galeses decidieron establecer una colonia en la Patagonia y enviaron como representantes para tratar con el gobierno argentino a Lewis (Luis) Jones y al capitán Sir Love Jones Parry Madryn. De regreso a Gales, ambos declararon en un informe la necesidad de instalar vías férreas que unieran el Valle de Chubut con el Golfo Nuevo.
La labor de Lewis Jones culminó el 28 de julio de 1886 con la llegada a ese golfo del vapor "Vesta", con más de 400 inmigrantes y la primera remesa de material para la construcción del ferrocarril. Así fue que en torno a las instalaciones y casillas de la obra fue surgiendo un nuevo pueblo, bautizado luego Trelew en homenaje a quien había sido el propulsor de la idea. En galés el nombre de la ciudad significa "Pueblo de Luis" (Tre: pueblo y Lew: apócope de Lewis).
"Más de un siglo después, Trelew tiene una población de casi 100 mil habitantes, en su mayor parte dedicados al comercio y el turismo. Las actuales autoridades apuntan ahora a profundizar ese perfil, con un renovado Museo Paleontológico y el proyecto de un observatorio astronómico. Sobre la calle Fontana,
el Touring un antiguo hotel, conserva el encanto de las primeras épocas. Su bar es toda una reliquia, donde los parroquianos -que le profesan fidelidad eterna- se toman el tiempo necesario para el clásico vermouth antes de la cena.
Inaugurado hace 15 años en la vieja estación de ferrocarril, el Museo Regional Pueblo de Luis exhibe en seis salas más de mil piezas que son un recorrido por la historia de la región: desde los asentamientos de tehuelches y mapuches, hasta los rastros de viajeros y exploradores que se aventuraron en las soledades de estos rincones patagónicos entre 1520 y 1865. También se exponen en el museo elementos de la vida cotidiana de los pioneros galeses y un antiquísimo retrato de María Elizabeth Humphreys, la primera mujer blanca nacida en la Patagonia, en 1865. Además de recibir a los turistas, el museo se ha convertido en un activo centro de intercambio social de los locales, que se acercan a "matear" con los vecinos y a intercambiar datos sobre la historia de Trelew.
Un viaje a los orígenes. Trelew vivía una pequeña revolución a nuestra llegada: dos días después se inauguraba la nueva sede del MEF -Museo Paleontológico Egidio Feruglio-, que funcionaba desde l990 en un sencillo edificio.
Entre el desborde de técnicos, paleontólogos, escenógrafos y voluntarios, pudimos ver los preparativos para abrir al público las cinco nuevas salas distribuidas en 1.800 m2 con moderna infraestructura. Allí se exponen 1.700 restos fósiles de dinosaurios y de las distintas especies animales y vegetales que poblaron la Patagonia en la prehistoria. La propuesta del MEF, dirigido por Rubén Cúneo, es hacer un viaje al pasado a través de un recorrido por las cinco salas.
El itinerario retrospectivo comienza por los primeros habitantes, ll mil años atrás, y continúa con la época en que la Patagonia era un lugar cálido, hace alrededor de 30 millones de años. Se sigue con una visita a la era mesozoica, cuando aparecen los dinosaurios, y se termina en la era paleozoica, cuando surgieron organismos marinos elementales y las primeras bacterias. Como broche, un audiovisual sobre el comienzo del Universo y la teoría del Big Bang ilustra al visitante sobre el origen de todas las cosas. Un dinoshop y un dinobar completan el paseo, que exige un par de horas.
El museo ocupa además un sector, a 17 km de la ciudad, en el Parque Bryn Gwyn (Pueblo Blanco, en galés), convertido en parque temático y dividido en áreas que muestran la historia geológica a través de los restos fósiles. Sobre el valle del río Chubut, la recorrida comienza en las bardas -especies de médanosen dirección al llano, con una extensa caminata ascendente. Es necesario usar a fondo la imaginación para aceptar que el lugar estuvo alguna vez bajo el mar; pero los restos fósiles de focas, ostras y diversas especies de peces que cubren el terreno prueban que así fue hace millones de años.
Recuerdos de Gales. Es un pecado, estando en Trelew, no recorrer l2 km hacia el oeste por la ruta provincial 7 para conocer Gaiman y evocar los orígenes de la inmigración galesa que llegó a la Patagonia en busca de nuevos sueños. Fundada en 1874, Gaiman -palabra aborigen que quiere decir "piedra de afilar"es hoy una localidad de chacras y cultivos frutales, donde algunos descendientes guardan añejas tradiciones.
Sin duda la del té es la más celebrada. Un ritual que se practica puntualmente a las cuatro de la tarde -no a las cinco, como suele creerse- y que en Gaiman incluye todo tipo de scones y pasteles deliciosos, además de la célebre y especiada torta negra galesa.
Algunos lugares imperdibles de Gaiman son la antigua estación de tren, que funcionó desde 1886 hasta 1962; el museo; la vieja capilla del Moriah, junto al cementerio; la primera escuela de la Patagonia, construida en 1906 y llamada Camwy, antiguo nombre del río Chubut, y la primera casa galesa, toda de piedra, construida en 1874.
En estos paisajes patagónicos se tiene por momentos la sensación de que todo está aún por descubrirse. Y a veces esa intuición se confirma. Circulábamos por el valle del río Chubut. Recorridos 45 km, el río desapareció, todo cambió de golpe y la aridez cubrió el terreno. Sobre la ruta 25 tomamos un desvío y entramos a un campo lleno de troncos de árboles convertidos en roca sobre las márgenes de un río seco.
Estábamos parados sobre los restos de un bosque petrificado y enterrado, que afloraba en varios puntos de la superficie. Un grupo de científicos realiza tareas de investigación en el lugar, con el proyecto de abrirlo al público en breve.
El río Chubut nace del deshielo y baja desde Río Negro hacia la Bahía Engaño, en el puerto de Rawson. Los galeses, que lo llamaron Camwy, río de muchas vueltas, se establecieron siempre cerca de sus aguas cristalinas.
Siguiendo su curso siempre flanqueado por álamos, 12 km más adelante llegamos al Dique Florentino Ameghino, una gigantesca mole de cemento -tiene 176 metros de alto y 250 de longitud- que provee de energía eléctrica a todos los pueblos del valle, Puerto Madryn y Comodoro Rivadavia. Construirlo no debe haber sido sencillo: las obras comenzaron en 1950 y entró en funcionamiento en la década del `70. En el verano la práctica de deportes naúticos y la pesca de pejerrey, truchas arco iris y marrón, le dan al embalse y al pueblito de las orillas el perfil de una villa turística, aunque la única infraestructura está dada por un par de campings y hospedajes.
Con autorización previa, es posible visitar la represa y recorrer la usina, ver los generadores y caminar por los túneles internos de la gigantesca construcción. Realmente un monstruo.
Tras las toninas. La tentación de ver a las toninas overas nos llevó de regreso al mar. De la familia de los delfines, estos mamíferos tienen el aspecto de pequeñas orcas: "vuelan", saltan y nadan a una velocidad llamativa.
Se los puede ver desde marzo hasta mediados de enero.
Salimos en una lancha con motor fuera de borda desde Playa Unión, ciudad balnearia que se enciende con el verano a cuatro km de Rawson, la capital provincial. Mi grupo no tuvo mucha suerte: sólo vimos una tonina. Mayor fortuna tuvo Carolina, por algo es la fotógrafa.
De todas maneras, saboreé la navegación a mar abierto. El Atlántico era todo para nosotros, compartido con algunas colonias de pingüinos nadadores y cormoranes asustados por el ruido de los motores. Otro inolvidable almuerzo de langostinos, vieiras y rabas nos esperaba en un restaurante frente al puerto.
Por la tarde dejamos Trelew y la Patagonia, territorio de inmensidades, de imágenes desmesuradas. Un lugar donde la historia y la génesis misma de la vida juegan a parecer muy próximas, casi al alcance de la mano.
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