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INFIERNO EN LA PATAGONIA
Las causas de incendios en la Patagonia, al igual que en el resto del mundo, se dividen en dos grupos: las motivadas por el hombre, y las originadas en forma natural, por ejemplo: rayos en zonas de tormentas eléctricas. Estas últimas sólo ocurren en el norte patagónico (Neuquén, Río Negro, Parque Nac. Lanín y Parque Nac. Nahuel Huapi), por lo tanto en Santa Cruz los incendios forestales son causados principalmente por negligencia o por intencionalidad.
Cien años atrás, con el comienzo de la colonización, esta región se vio afectada por grandes incendios cuyo principal motivo fue abrir nuevas áreas para la ganadería.
Sin embargo, hay evidencia de que en Patagonia los incendios se suceden desde hace 10.000 años, lo que no se conocen son sus causales, ya que el hombre ya había llegado a estas latitudes. Considerando toda Patagonia, el número de incendios es debido, en un 93%, a causas humana, sólo el 7% a causas climáticas. Sin embargo, estos últimos arrasan la mayor superficie: el 57%.
En nuestros bosques la prevension es muy importante, ya que las causas de incendios son de origen antrópico en su totalidad. Los incendios más frecuentes tienen lugar durante el mes de febrero y las condiciones climáticas ayudan. Estos bosques naturales poseen una carga de combustible muy elevada (100 tn/ha o mas) de madera podrida, árboles caídos, etc. La humedad relativa de este material grueso llega al nivel crítico del 20% después de largos períodos de sequía que caracterizan los veranos de la zona norte de la Patagonia.
No todos los incendios provocan los mismos daños, éstos como es de prever, están directamente relacionados con la intensidad del fuego. Los incendios de baja intensidad se producen sobre poco combustible o combustible algo húmedo y el calor no alcanza a quemar raíces, por lo que actúan como una limpieza del terreno. Pocos árboles son afectados, por lo tanto, seguirán produciendo semilla y la continuidad o perpetuidad del bosque no se verá alterada. En un área similar, puede producirse un incendio de alta intensidad si, por ejemplo, se acumuló mucho combustible (rama, troncos, etc.) y tuvo tiempo de secarse bien. En este caso, el calor matará raíces y la biota del suelo hasta una profundidad variable y las llamas alcanzarán las copas matando a la mayoría de los árboles.
A diferencia de lo que muchos piensan, el bosque se sustenta en una capa de tierra medianamente fértil de unos 60 centímetros de espesor. Debajo de eso hay capas de suelo gredoso, arenoso, pedregoso y muchos más, todos inútiles para que algo crezca encima. Normalmente esta delgada capa fértil es sostenida por las raíces de los árboles, pero cuando se queman ya nada sujeta esta tierra y entonces es erosionada. El resultado puede ser una tierra yerma sin capacidad de regeneración a corto y mediano plazo. Mientras que en unos pocos años las plantas y arbustos pueden volver a crecer en terreno arrasado, si no hay tierra sobre la que sustentarse la recuperación se hace muy difícil.
Después de un incendio, el proceso erosivo será fundamentalmente eólico, sobre las laderas expuestas a los fuertes vientos, con pendientes pronunciadas y suelos poco desarrollados, no se vuelve a instalar la regeneración por pérdida de suelo (imposibilita la instalación de nuevas plántulas por medio de semillas).
Si existieran fuertes pendientes, actuará también la erosión hídrica que se verá potenciada por la longitud de la misma. En las zonas de bosque-estepa se observa una destrucción total de los bosques después de los incendios, con el agravante de la utilización de dichas áreas para pastoreo.
Dependiendo de la distancia de un incendio a un bosque cercano, la regeneración podrá establecerse nuevamente o no. Desde el punto de vista de esta, es muy importante la capacidad de rebrotar de tacón de algunas especies, como el ñire, que es capaz de esto e incluso de emitir brotes de raíz. Debido a que la lenga dispersa sus semillas valiéndose del viento, y como éstas no llegan más allá de los 50 metros de distancia del árbol madre, no podrán colonizar áreas mas alejadas que esa distancia y como rara vez se multiplica vegetativamente, se justifica practicar la recolonización artificial.
Afortunadamente, la segunda no es tan afectada por incendios, en parte debido a la altura de la copa.
Anualmente se queman en Patagonia Argentina unas 100.000 ha, de las cuales el 7% es bosque nativo y el 90% pastizal.
Aunque las organizaciones relacionadas con el control del fuego combaten todos los incendios, los fuegos debidos a causas naturales siempre han sido un fenómeno natural dentro del ecosistema. La eliminación total de los incendios puede producir cambios indeseables en los patrones de vegetación y puede permitir la acumulación de materiales combustibles, aumentando las posibilidades de que se produzcan incendios catastróficos. En algunos parques y reservas naturales, donde el objetivo es mantener las condiciones naturales, normalmente se deja que los incendios provocados por los rayos sigan su curso bajo una meticulosa vigilancia.
La naturaleza no permanece impávida ante el fuego. Tiene sus mecanismos para recuperarse, pero para esto hay que evitar tocarla, dentro de lo posible. En muchos lugares no es necesario hacer nada. La recuperación se inicia apenas pasa el fuego. Pero donde el daño es mayor se puede requerir la intervención humana para reconstruir lo que la misma mano humana ha destruido. Esto hay que tomarlo con pinzas, ya que es más peligroso hacer mal una recuperación que no tocar el lugar.
Los incendios forestales se deben a descuidos humanos y es por ello que somos nosotros los que debemos tratar de buscar una solución al problema., creando el sistema que permita localizarlos antes de que tengan ocasión de extenderse.
Obviamente todas estas catástrofes no son evitables aunque si, previsibles. En el caso particular de los incendios forestales por su recurrencia calendaria verano tras verano SON MUY PREVISIBLES; gracias a modernas técnicas de observación y seguimiento satelital se obtienen, computadoras mediante, pronósticos precisos sobre la conducta e intensidad de fenómenos devastadores que con un criterioso plan de prevención pueden disminuir sus nocivos efectos.
A nosotros nos toca con puntualidad, entre enero y febrero de cada año, lamentarnos por la desaparición de millones de ejemplares de irrecuperables especies.
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