Luego de Coyhaique la carretera Austral tenía un par más de kilómetros. de asfalto
y luego solo ripio. Mi idea era llegar a Chaiten, desde donde pensaba
embarcarme para cruzar a la isla Grande de Chiloé. El camino en este
trayecto alcanza su pico de belleza, los colores distraen la atención, los
costados del camino están adornados por retamas amarillas, el verde de la
vegetación se mezcla con este último y con ellos las hojas rojizas de muchos
árboles, las subidas y bajadas se alternan, curvas y contra curvas, luego de
ellas un nuevo paisaje y valles con sus pequeñas chacras, ríos que bajan sus
aguas claras de deshielo. Y por encima del límite de vegetación los picos
nevados de la armoniosa cordillera.
Entre lluvias, nubes y soles llegamos a Puyuhuapi, donde luego de recorrer
el pueblo encontramos la estación de servicio, la cual parece sacada de una
película de los 60s, los surtidores viejos aún en funcionamiento, y lo mejor
de todo, a buscar al encargado a su casa.
Seguimos, al llegar a la Junta nos informan que no hay servicio de Ferrys a
Chiloe hasta diciembre, con lo cual se nos modifica todo el plan, me siento
a comer algo mientras miro el mapa, no nos quedan muchas opciones, habrá que
cruzar por Futaleufú y de allí para arriba hasta La Angostura para entrar
nuevamente a Chile.
Salimos de Puyuhuapi y al cabo de una hora y media, saliendo de una curva,
una camioneta que venía como avión, salió de su línea y me pasó a
centímetros de la rodilla, ¡Safé! Pero no tanto, me arrancó la alforja
izquierda y con ella las pilchas estaban esparcidas por toda la carretera
Austral, tal fue el susto que no reaccionaba para decirle algo al infeliz
del conductor. Paró y me preguntó si me encontraba bien, luego de ello siguió
su viaje. Por suerte tenía un par de cuerdas extras, con ellas logré atar las
cosas e improvisar un poco la alforja deshecha, la del lado derecho no estaba
muy bien tampoco ya que con el impacto caí sobre el lado derecho, por ende
estaba bien abollada.
Seguimos y cada tanto ajustando las cuerdas y revisando los bártulos, susto
grande, pero alguien me sacó enterito de ésta. Cruzamos la frontera y con un atardecer espectacular llegamos a Esquel, arreglamos los bártulos y al día siguiente ya estamos de viaje nuevamente.
Paso por Bariloche, y los chicos, Guille y Pau me reciben nuevamente,
aprovecho para mandar muchas cosas a Buenos Aires, me quedo sin las
alforjas, ahora todo tiene que entrar en una pequeña mochila. Luego de
despedirnos salimos para La Angostura, allí me encuentro con Javi, y nos
ponemos en charlas de motos en medio de unas cervezas y se va la noche.
Al día siguiente paso por el local de Martín compro un par de repuestos,
entre ellos una goma nueva, hago el cambio de aceite y salgo para puerto
Montt, el mal clima parece venir en nuestra mochila.
Finalmente un día con sol y lo aprovechamos a más no poder, cruzamos a
Chiloe y llegamos hasta Ancud, todas las casitas del sur chileno y
argentino suelen ser de chapa o madera, pintadas con vivos colores, lo cual
les da un atractivo increíble, durante todo el camino el paisaje está lleno
de retamas, y entre ellas los tarros lecheros dejados al costado de la ruta,
de vez en cuando una yunta de bueyes tirando un carro lechero.
Luego de hacer las fotos respectivas volvemos y en vez de parar en puerto Montt
seguimos hasta puerto Varas, pueblo a orillas del lago Llanquihue y como fondo
el volcán Osorno y a su derecha el Calbuco. Es un pueblo lindísimo, un
equivalente a San Martín de los Andes en Argentina.
Cruzamos nuevamente a Argentina y luego de esperar unos días para hacer los 7 lagos con buen clima, salimos, una conjunción de lluvia y granizo nos siguen por el trayecto, llegamos a San Martín, esta vez nos quedamos en un hostel donde secamos la ropa. La idea es cruzar a Chile nuevamente, esta vez por el paso Carirriñe, al costado sur del lago
Huechulafquen, así que salimos y bordeamos el lago Lo log. Una vez en el
control de gendarmería soy informado de que el camino no esta habilitado para
el cruce, con lo cual no me queda otra que ir a Junín y de ahí cruzar por
Mamuil Malal.
El día anterior había nevado, estábamos en pleno noviembre, y el clima
seguía haciendo de las suyas. Ya entrada la tarde, cuando llegamos a Pucon, el pronóstico finalmente parece favorecernos un poco, está anunciado un buen clima para los próximos tres días.
El calor del sol me saca de la carpa, y con él salimos. Luego de pasar a
saludar a un par de amigos salgo para un sendero que me recomendaron hacer
con la moto y que muestra la cara este del Villarrica. El camino es
arenilla negra, volcánica y pedregullo de caliza, los minerales de la tierra
hacen que hayan retamas por doquier, voy costeando un escorial de lava, y
luego de un poco de saltos freno, el Villarrica sin ninguna nube yace ante
mí, sus fumarolas se elevan desde su cono enremolinándose a su alrededor.
Me quedo aproximadamente medio día recorriendo y sacando fotos. Volvemos y
luego de arreglar planes para la noche en la casa de unos amigos me voy al
muelle a esperar el atardecer que promete ser espectacular. Llega un
pequeño manto desgarrado de nubes que se posan a los costados del volcán
adornándolo con los colores vivaces de un sol que se apaga.
Me quedo hasta las dos de la mañana en la casa de Evangelina y José, donde
me comí un pescado impresionante, el cansancio nos avisa la hora. Me
despido y vuelvo para el camping.
Saliendo de Pucon el clima ya no se rige por el pronóstico, una vez más estoy en
la ruta 5, próxima parada Santiago, 700 km por delante que de a poco bajan.
Luego de unas cuatro horas de viaje un buen susto como para cortar la
monotonía de las rectas infinitas. Explota la rueda trasera mientras estoy
pasando dos camiones, la moto comienza a viborear, no toco los frenos y de a
poco salgo del lado izquierdo de la ruta. Un tajo de unos 20 cm se abrió en
la cubierta, irreparable, la cámara también está rota, por lo cual la única
solución es tratar de llegar a algún pueblo y cambiar la goma y la cámara.
A unos tres kilómetros me encuentro con un puesto de venta de quesos al
costado de la ruta, mientras me como un sándwich voy desarmando la rueda.
Dejo la Mula encargada, con promesas de comer otro sándwich a mi vuelta.
Comienzo a hacer dedo y no tardo más de 3 minutos en parar un auto, me
acerca hasta el pueblo siguiente y me deja en la misma gomería.
Cambiamos la goma y la cámara, no deben haber más problemas, ahora la vuelta
la hago en un camioncito lechero, el hombre va todo los días de pueblo en
pueblo vendiendo leche fresca a la gente, así que me ofrece llevarme de
regreso.
Armamos todo nuevamente y antes de partir un sandwichito con Coca.
No hacemos 200 km y ya tenemos un pinchazo; la mala suerte de hoy es
impresionante, ya son las cuatro de la tarde y aún tengo muchos kilómetros
por hacer por lo que luego de parchar la goma, esta vez la gomería estaba a
mil metros, decido pasar la noche en Chillan, y así llegar a Santiago al día
siguiente.
Partimos, y esta vez sin problemas llegamos a destino, consigo un hostel
donde puedo tener la moto poco más y al lado de mi cama. Me contacto con la
oficina de enjoy y por la tarde paso a conocerla. Luego de ello arreglo con
mi amigo Pablo Di Salvo y al día siguiente ya me estoy entregando al placer
de una comida casera y unos vinitos. ¡Pablo no me deja trabajar! Al día
siguiente me invita a un asado, ¡y termino haciendo el salmón yo! Y
nuevamente y para despedirnos me invita a perder al fútbol al otro día,
aclaro que al ping pong también, solo que éste fue un poco más reñido que el
fútbol!
Dejamos los placeres y las muy buenas atenciones, salimos rumbo a
Valparaíso, el cielo es totalmente gris y las nubes casi no dejan vislumbrar
el Pacífico que se encuentra a nuestro lado. Valparaíso es una ciudad que
parece haberse quedado en ciertos aspectos en el tiempo y ello le da un
toque especial, sus calles son recorridas por tranvías, autobuses eléctricos
que datan de unos cuantos años atrás. En sus cerros se ven los antiguos
elevadores que aún funcionan, todos ellos de diversos colores, llevando
gente constantemente. Pegado a Valparaíso está Viña, y por su cercanía el
mismo clima incide sobre ella. Se distingue claramente el atractivo de la
ciudad y sus playas aunque el clima no ayude.
Luego de mojarnos un poco seguimos para el Norte, próxima parada el Valle
del Elqui. Si bien los días seguían siendo fríos, es decir en la ruta aún tenía que
usar algo más que una remera, el clima de a poco comenzaba a cambiar y se
empezaba a sentir la primavera. El Valle del Elqui es un lugar muy extraño, dentro de toda su aridez uno puede ver viñedos por doquier y árboles de palta que dan al mismo un contraste muy peculiar. Llegué a Vicuña, pueblo de donde es oriunda la poetisa
Gabriela Mistral, el mismo está situado en pleno Valle del Elqui. Los
viñedos que se encuentran en todo este valle son usados para la elaboración
del Pisco.
Ya pasando por La Serena, nuevamente el clima cambia un poco y nos agarran nuevas nubes, seguimos viaje hacia el norte y los kilómetros pasan rápido. La velocidad impide que uno tenga calor, solo cuando paro a cargar combustible siento el agobio del denso aire y el sol intenso. De a poco y sin darme cuenta comienza a subir el terreno, la ruta ahora está a más de mil metros, y de golpe y en medio de la nada la moto comienza a fallar, de momentos parece funcionar solo con dos pistones, al rato se soluciona, y luego otra vez, comienzo a preocuparme. Ya estamos en la parte más árida y seca del mundo, el tráfico no es muy grande y para poder desarmar la moto y tratar de encontrar el problema necesito un lugar más cubierto del polvo. Finalmente y casi sin nafta, llegamos a Antofagasta, encuentro un local de motos y consigo cambiar las bujías, con lo que, según parece, se solucionó el problema.
Salimos rumbo a San Pedro de Atacama, pero luego de unos 150 km nuevamente
comienzan las fallas, lo cual me preocupa en demasía, no se me ocurre qué
puede ser, y por delante si bien nos quedan pocos kilómetros, comparando el viaje ya
hecho, aún nos queda la parte más alta, el cruce de Paso de Jama, donde uno
llega a 4830 metros de altura, en otras palabras, imposible cruzarlo con
la Mula en mal estado.
Al llegar a Calama decido buscar un mecánico y luego de muchas vueltas termino preguntándoles a unas policías, que me mandan a uno que parece ser muy bueno. Encuentro el taller, a simple vista no dice mucho, un par de motos de cross
y nada más, golpeo las palmas y sale la mujer del mecánico, me informa que su marido no está, a lo cual yo le cuento mi problema. Sin pensarlo mucho me hace pasar y le cuento un poco más de las peripecias vividas, para ese entonces también había tenido un corto en la moto y no podía arrancarla más que empujándola. Al llegar el marido ya entrada la noche me dice que la estaremos revisando al día siguiente, ya era tarde y estaba cansado. Me ofrecen un colchón y comida, ni lerdo ni perezoso agarro viaje. Luego de llenar la panza, voy a mi cuarto, el patio donde estaban los perros.
Me levanto temprano y luego de hacer tiempo leyendo, finalmente se levantan, desayuno por medio charlamos de la moto. Luego de desarmarla, solucionado el corto chequeamos el arranque y luego de un par de sustos, funciona, pero aún tenemos el problema de las fallas, terminamos sacando los carburadores y limpiándolos, no cambia nada. Sin más consuelo ni soluciones decido seguir viaje y tratar el cruce sin importar
qué.
Llegamos a San Pedro con la Mula predispuesta a fallar, mis preocupaciones son cada
vez mayores. Luego de armar carpa, salgo a caminar un rato por el pueblo y me encuentro con dos motos que llegaban de cruzar los salares de Bolivia, nos ponemos a
charlar y se vienen al camping donde yo paraba.
Son una pareja de austriacos que vienen dando la vuelta al mundo. Le comento a Eric mi problema y todo lo que he hecho, y él me dice que su Transalp andaba igual, el problema era el filtro de aire, según parece se apunaba de nada. Tomo la decisión de probar a andar sin el filtro al día siguiente. Luego de chequear la salida en aduana, comenzaría la parte complicada, una subida interminable entre rectas de pendientes andinas y zigzags. El día no puede ser mejor, hace calor en San Pedro, antes de irme del Camping dejo unos regalos de Navidad para un amigo que pasará pronto, un
paquete de yerba y un tarro de dulce de leche.
Partimos, chequeamos aduana, en cuanto comienza la pendiente paramos, la Mula fallaba, saco el filtro. Arrancamos, es un avión! Comenzamos a pasar autos a más no poder, a mi izquierda el Licancabur despidiéndonos. Una vez ya cerca de los 4000 m, ya estamos en esas semiplanicies de la puna, lagunas de colores impactantes bordean el camino, en ellas flamencos rosa, los colores son increíbles, extrañaba estas vistas, blancos de sal, azules tan fuertes que parecen sacados solo de una paleta, los rojizos, amarillos y naranjas, todos impregnados en el camino.
Llegamos al paso, finalmente. Ahora comienza lo interesante, el camino del lado Argentino es de ripio, y llego de huecos y serruchos, ahora ya no puedo ir rápido, al levantar polvo corro el peligro de que entre en el motor y lo dañe por falta del filtro. No sobrepaso los 40 km/h. Chequeo en el puesto aduanero y sigo. Al costado del camino se ven huellas de autos, el terreno parece menos irregular con lo que decido evitar el principal. Como se veía, el camino era mejor, saltamos un poco menos, pero luego de un rato la cosa se nos complicó, el terreno se volvió arenoso y con él, nosotros atrapados en un hueco de arena. La falta de adaptación a la altura hace que me falte el aire y empujar y tratar de sacar la Mula de allí se vuelve una tarea titánica. Luego de un buen tiempo, o al menos eso pareció, logramos salir, de ahora en más, todo por el camino principal. Los dientes no dejan de golpear unos contra otros, el camino no varía y por momentos parece empeorar, el ir despacio lo hace peor.
Finalmente comienzo a ver camiones y máquinas trabajando, están asfaltando el camino, ya pienso en subirme a éste. Un par de horas más y aparece el deseado asfalto, ahora sí, aceleramos!
Susques, un pueblito que de suerte se ve en el camino, era el lugar donde debía cargar nafta para poder seguir, con tan mala suerte que lo paso de largo por no considerar que era el mismo. Y gracias a esas inquietudes que a uno le dan en la panza, decido prender el GPS, ¡sí, lo habíamos pasado! Vuelta para atrás, y luego de encontrar la estación de servicio, dos surtidores casi deshechos, comienza la búsqueda del parquero, pregunto en una casa, en otra y al fin, una señora me dice, vaya búsquelo allí abajo, ha de estar
almorzando o durmiendo la siesta.
Seguimos, ya con el tanque lleno, ahora el tirón es hasta Jujuy y de ahí Salta. El descenso es aún más impresionante que su opuesto, los colores son más variados y con ellos las tonalidades, un interminable zigzagueo me lleva a Purmamarca, seguimos de largo y en cuestión de un rato ya estamos en San Salvador de Jujuy. Tanque lleno y pocos kilómetros por delante, la Mula quiere correr y yo le doy rienda.
Pasamos unos días muy buenos en Salta. Ahora solo eran 1500 km y estábamos donde empezamos, Buenos Aires, en día y medio llegamos, y la aventura llega a su fin, 20,000 km de por medio, la Mula se tiene que ir y yo la tengo que dejar, voy a extrañar a mi compañera. El viaje termina, pero solo para empezar otro.
M. Nicolás Olaciregui.
(Alias Nico)