
La Mula, como bauticé a la moto, me permite pasar varios kilómetros
y luego de un acampe en Río Colorado llegamos a Madryn, donde el día
no podía estar mejor, pocas nubes, aunque los días en la península
varían como el estado de ánimo de un ciclotímico.
Dicho y hecho: el día siguiente no se parece en nada al anterior.
El hielo se cierra tan rápido que una vez que llegamos a Puerto Pirámides
ya es demasiado tarde y la lluvia se hace presente. Mal tiempo por
unos cuantos días. Decido partir y así obtener un mejor clima en otro
lado.

El camino, una ruta poco transitada y casi en desuso, Ruta 23, atraviesa
la Argentina desde Sierra Grande hasta Bariloche, 90% ripio. El viento
se incrementa y es bastante peligroso, pues la mezcla de mucho ripio
y viento no es nada buena. Por la tarde comienza un agua nieve que
se convierte en una terrible nevada, la mayor de la temporada. Bajamos
la velocidad, dos patitas abajo y piloteando el camino, ya no había
opción, teníamos que llegar. Las manos congeladas, con guantes y todo,
y la temperatura de la Mula como si recién la hubiese encendido, y
finalmente llegamos al asfalto.
Llego a casa de unos amigos, Paula y Guille, que me ponen a secar
al lado de la estufa. Paso un buen par de días con los chicos que
me llevaron a conocer un par de lugares. La gran caída de nieve hizo
que las fotos tuvieran un marco espectacular con la cordillera. Incluso
llegué a hacer un poco de snowboard, ya que justo coincidí con un
camión de Exodus.

Hora
de seguir y partimos para el norte, pasamos por Villa la Angostura
y entramos al camino de los 7 Lagos. El tiempo varía mucho de un momento
a otro y el camino está cortado, por lo cual sigo por Villa Traful,
hago el paso Garibaldi que a mi vuelta me sorprendería lleno de nieve.

Una vez en San Martín el clima es otro. Me quedo un par de días, hago
algunas tomas y parto rumbo a Villa Pehuenia. Pasando Junín el camino
vuelve a ser de ripio, y la rueda trasera de la moto ya está lisa;
no hay muchos lugares donde cambiarla, así que sigue esperando y aguantando.

El camino es un interminable descenso hasta dar con el rió Alumine,
la vegetación no es mucha e incluso recuerda a paisajes del norte
cuyano, piedras de colores rojizos, pastos aún quemados por las heladas,
y en medio un río de colores alucinantes. El espectáculo es bonito,
todo ha cambiado al acercarme a la margen izquierda del lago: árboles
que aparecen por doquier, sobre todo pehuenes; es un paisaje que no
pensaba encontrar, me sorprende y me deja atónito.
Me quedo unos días. Los atardeceres son increíbles, las nubes ayudan
a dar diferentes tonos a los rojos, púrpuras y amarillos, que parecen
pinturas surrealistas. Seguimos viaje y decido salir hacia Zapala,
ya que tengo menos ripio, ello debido a que en el camino perdí en
algún lado el kit para los pinchazos.
En medio del trayecto y llegando al abra, antes de dos pinos, rafagones
empezaron a cimbrar, y con uno de ellos conocimos al costado del camino
su máximo detalle.

Estuve media hora hasta levantar la Mula y salir de allí, y en el
intermedio el viento no paraba y con él la nieve.
Pasamos rápidamente por Zapala y seguimos a Junín. Llegamos hechos
sopa. Un guiso de lentejas nos puso de pie nuevamente. Nos quedamos
unos días en Junín y partimos. Ahora sí, paso de Córdoba era un solo
e inmenso copo de nieve. Subimos en primera los últimos 5 km y lo
mismo en la bajada.
Nuevamente seguimos por Traful, donde el clima se portó ligeramente
mejor, de allí a La Angostura y nuevamente el clima empeoró.

Bariloche,
y al lado de una estufita nuevamente. Recuperamos fuerzas y bajamos,
El Bolsón, los Alerces, Esquel; de allí decido cruzar nuevamente el
continente, bajamos hasta Tecka y vamos para Gaimán, el camino es
espectacular, nos lleva por cañadones y quebradas dignas del norte.

En medio del trayecto pasamos por Paso de Indios; el paisaje es sacado
de una película del lejano oeste, y yo espero que los indios salgan
de los cerros.

Finalmente en Península de Valdés el clima no puede ser mejor,
me embarco para avistar Francas, el capitán me deja subir a una torre
de vigía, y desde ahí el movimiento es otro, pero la vista compensa
todo.

En Puerto Madryn un mecánico de motos me invita a dormir en su casa,
el Gato, un asadito a la noche y un par de cervezas nos aflojan la
lengua. Al día siguiente con la cabeza atada con la gotita salimos
rumbo a Punta Ninfas.

Una vez allí me busco la manera de bajar a la costa, donde me encuentro
rodeado por elefantes marinos y sus crías. Ya completando el periplo
de la costa Atlántica preparo todo y salgo rumbo al confín del mundo,
Tierra del Fuego.

Los vientos no nos aflojan y el frío es cada vez más seco y más helado.
Cruzamos la frontera, y con ella el estrecho de Magallanes. Ya está,
estamos en Tierra del Fuego. Llegamos al control argentino con el
olor del combustible, llenamos el tanque y partimos hacia Río Grande.
Hacemos noche y seguimos, en el camino nos toca de todo, agua, sol,
neviscas. Finalmente, y saliendo de una curva, el canal de Beagle,
Ushuaia, y pienso: ahora todo lo que nos queda es cuesta arriba, ja.
M. Nicolás Olaciregui.
(Alias Nico)